![]() |
el país | campañas 2000 | dinero | el mundo |
| columnas | medios | ciberia | gente | |
| ensayos | tianguis | mañana | libros | |
| cultura | espectáculos | etcétera | ||
|
cultura |
||||||
|
exposición danza teatro
|
punto de fuga La mirada fuerte
Rocío Cerón
El arte no es concepto: el arte es cosa de los sentidos. A Arturo Córdova Just
La pintura, su sentido de materia, su impulso hacia los interiores, hacia los bordes menos explícitos donde la carne y el espíritu abandonan los rigores de las conjeturas binarias: el bien y el mal, lo negro y lo blanco. Pintura en que lo caliente y lo frío, la desmesura y lo contenido, dejan de sufrir escisiones para completarse en universos tangibles, sustentados en la solidez y pericia del dibujo. Antes de ser pintores, y volviendo a lo básico, es decir, al clasicismo, los pintores que conforman La mirada fuerte son excepcionales dibujantes. Aprendieron de modelos vivos, de horas y horas con carboncillo y papel, de tal manera que sus trazos nos llevan a lo que aspira el gran arte de las imágenes: a la encarnación de las mismas. La plasticidad es un tema que comienza con el reconocimiento de la piel, porque es la dermis la que da significado y consistencia al mundo. Paradójicamente es, a partir de la misma, que es posible pensar y transmitir la experiencia existencial. William Coldstream, David Bomberg, Francis Bacon, Frank Auerbach, Euan Uglow, Leon Kossof, Michael Andrews y Lucian Freud son artistas que parten de la idea de que en los sentidos radica el principio de la sabiduría. Sólo mirando a los otros, nos podemos mirar a nosotros mismos. La introspección es tan aguda en estos pintores que los cuerpos, paisajes y horizontes que crean existen por sí mismos. Más poderosos aun que los espectadores, van más allá del acercamiento que uno pueda hacer a sus pliegues, a sus luces y sombras, a sus perfiles extravagantes y aéreos. La pintura puede ser dislocación, rompimiento abrupto de lo constante, puede otorgarnos la sensación de agilidad congelada, éste es el caso de la obra de Francis Bacon y para ejemplo tenemos Two figures with a monkey (1973), donde animal y hombre, enlazados, estrechamente voluptuosos y al mismo tiempo fríos, distantes, soberanos, registran una cercanía palpable, un diálogo de formas pero una individualidad permanente, tiempos específicos y particulares de los personajes. Los claroscuros casi impenetrables, lúcidos de tanta perfección donde algunas mujeres observan al horizonte y desdeñan al ingenuo espectador que se acerca a ellos es el tono de la obra de Euan Uglow. Pintura que parecería un intento de perfección, de calibrada pincelada casi matemática pero que, sin embargo, guarda siempre una relación afectiva, calurosa con el observador. Por otro lado, tenemos el trazo psicologista, brumoso, empastado, de una densidad cercana a los largos inviernos europeos de Leon Kossoff, como si la paleta del autor tuviera no sólo una gama de colores, sino un estilete para abrir hendiduras en el espacio para poder penetrar en mundos que se encuentran ocultos, pero que él vislumbra y nos los hace visibles, baste acercarse a Portrait of Chaim (1985-1986) o a la casi gélida tarde de verano de la Christchurch (1994). El poder de estos pintores no es para la sumisión: es para la revelación. Piénsese en la negra aritmética, en la sangre metafórica de las ciudades de Frank Auerbach, donde todo parece incendiarse y curiosamente hay una caída en el congelamiento, en el asombro al descubrir la otra forma de ver, la otra forma de sentir, como si la pintura hiciera despertar a las ciudades para que las descubramos con otro estilo. Los enmascarados retratos de Bomberg (el artista más viejo de todos ellos, antecedente importantísimo de esta pintura figurativa) tan irregulares frente a la norma que es necesario olvidar que miramos para aprender a mirarlos. En su pintura hay agilidad e independencia, una distancia crítica en relación con los posibles espectadores, el lector de su pintura no puede ser un hermano o alma gemela; por el contrario, con su pintura nos enteramos por fin, en el año 2000, que la originalidad sí existe, que un artista de su naturaleza representa una opción única e irrepetible. Bomberg es un vivo modernista. En esta muestra el visitante podrá redescubrir la desnudez casi romántica en la pintura de Willian Coldstream, o las quimeras nocturnas de las fiestas metafísicas, atemporales, urbanas, pero personales de Michael Andrews, pintor para noctívagos, para hombres y mujeres que no requieren del disfraz para ser vampiros ni de tocarse o entrelazarse para devorarse los unos a los otros. En este pintor la fiesta, el movimiento de la vida, sí poseen una épica, un lado que no es domesticable y donde los personajes saltan la barrera de lo ordinario para convertirse en extraños habitantes de antros filosóficos, o auténticamente literarios. Capítulo aparte merece el pincel de Lucian Freud (del cual ya he comentado en esta misma columna, etcétera, núm. 377), donde no hay confusión entre día y noche; donde los cuerpos reaparecen para hacerse memorables y, por lo tanto, invencibles. Aquí el hermano mayor se llama Francisco de Goya y Lucientes. En esta obra no se ve la pintura sino la metapintura: idea y color sin separaciones, maestría sin fisuras. La obra de Lucian Freud se encuentra despojada de obviedades, a ella no se pueden acercar los faltos de alma, porque va más allá de la narratividad acostumbrada por el abstraccionismo y no tiene ningún nexo con el primitivismo emocional de cierto tipo de pintura que nos ha invadido, en México, desde la Generación de la Ruptura. Lucian Freud parece decirnos que es fundamental retornar a la figura, al dibujo, al retrato, tal como nos lo dicen Velázquez, Goya, Orozco o Rivera, aunque le pese a las modas. Pintores londinenses por antología (aunque dos de ellos no nacieron allí, Auerbach y Freud emigran de Berlín a Inglaterra desde pequeños), su obra ha sido conjuntada en esta muestra porque a los ocho artistas los une una particular manera de observar la realidad: calles, edificios, retratos, paisajes y desnudos son los ejes en los cuales se desenvuelve la mayoría de su producción, aunque cada uno presente discursos plásticos propios y distintivos. De vuelta en la figuración, La mirada fuerte nos hace ver que el mundo es terrible pero que si no somos capaces de verlo, éste nos devorará. Una inmejorable opción plástica para el deleite del espíritu, se exhibe en el Museo de Arte Moderno y estará abierta al público hasta el 11 de junio Rocío Cerón es poeta. |
|||||
|
|