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barandal UNAM: ¿Reforma sin agenda?
Ciro Murayama
La demanda de ingreso a la Universidad Nacional cayó sustancialmente este año, lo que representa un síntoma más del daño sufrido por la institución a raíz de la huelga. La disminución del número de jóvenes que ven a la UNAM como su principal opción para realizar estudios profesionales alerta del monumental esfuerzo que se requiere para lograr la recuperación del prestigio y del sitio que le corresponde a nuestra universidad pública. Pero revertir esa devaluación no se conseguirá únicamente por el paso del tiempo y por la disminución, aparente, del conflicto. Se ha dicho una y otra vez, por la mayoría de quienes opinan sobre la UNAM, que la solución real a sus problemas y rezagos pasa por una reforma universitaria que, se ha acordado, fluya a través de un Congreso. Ese era el horizonte que pareció convocar los mejores ánimos una vez concluida la huelga pero que, a la fecha, más bien se ha desdibujado. Las sesiones que mantiene la comisión de la rectoría con el CGH, en torno a los "seis puntos" del pliego petitorio, se están convirtiendo prácticamente en el único foro donde la autoridad discute el presente y el futuro de la UNAM, sin que a la añorada reforma se le den tiempos y, sobre todo, agenda. Los encuentros vis a vis con el CGH pueden ser una tarea necesaria en todos estos meses, pero no pueden sustituir ni estar por encima de los espacios donde los académicos y los alumnos que no se sienten representados por los paristas puedan deliberar sobre la transformación de su universidad. Además, en los puntos que el CGH pone sobre la mesa no hay propuestas de reforma, por el contrario, plantean medidas administrativas que serían de hecho contrarreformas en temas en los cuales se había avanzado hasta antes de la huelga, como el que se refiere a la reglamentación del pase automático. Y mientras tanto, el resto de asuntos que han de ser abordados en un proceso que tenga como fin mejorar las condiciones reales de enseñanza y para la carrera académica ni siquiera se mencionan. El CGH está obteniendo, sin darse cuenta como es usual, otra victoria: la de acotar la discusión de la reforma a su limitado y erróneo pliego petitorio. A mi entender, el rector De la Fuente y su equipo tienen el respaldo mayoritario de la comunidad y sus iniciativas pueden gozar de buena aceptación, en parte por la animadversión que el CGH y sus aliados han sabido granjearse, pero es difícil discutir y eventualmente compartir un proyecto de reforma si no se da a conocer, si en los hechos es inexistente. Y mientras tanto el tiempo sigue pasando, parece que el conflicto ha ido a la baja, pero ahí están las deserciones masivas y la caída en la demanda, es decir, los efectos perniciosos siguen su curso y no se ajustan a calendario político alguno, por lo que la calma chicha no deja saldos favorables. Es del todo oportuno que el Congreso, de realizarse, independientemente de su formato, tenga lugar una vez pasadas las elecciones pues sería materialmente imposible hacerlo en menos de 50 días. Mas lo que sí puede darse, desde ahora, es una discusión medianamente organizada sobre los puntos que puedan ser la médula de la reforma. Por ejemplo, la presión sobre el nivel de bachillerato en los próximos años, dadas las tendencias demográficas y la población matriculada en la enseñanza obligatoria, crecerá de tal forma que sería necesario multiplicar la capacidad instalada seis veces, como ha dado a conocer el Consejo Nacional de Población. Por supuesto, resultaría poco conveniente que la UNAM se planteara una nueva expansión de su bachillerato, pero sí sería idóneo que en esta institución se discutiera el perfil de la enseñanza media superior en el país y se pusiera en práctica un modelo susceptible de ser seguido por otras instituciones que imparten estos estudios en el país. Eso implicaría, en primer lugar, terminar con la separación de la Escuela Nacional Preparatoria y del Colegio de Ciencias y Humanidades, que hoy se mantiene sin que ningún argumento pedagógico o curricular alcance a explicar la viabilidad que tiene esta fractura para los fines formativos del bachillerato. La reforma del bachillerato, además, sería la demostración de que no se pretende extirparlo de la UNAM -quizá, en algún momento, más adelante, exista un escenario para analizar la posibilidad de crear un sistema de bachillerato único en México, con dos ramas, una abocada a la formación profesional y otra propedéutica a la licenciatura, como ocurre en ciertos países desarrollados, pero hoy lo más pertinente resulta mantener al bachillerato de la UNAM donde está pero actualizándolo-. Doy otro ejemplo de lo que podría estarse discutiendo: la modificación al Estatuto del Personal Académico, esto es, las condiciones de ingreso, promoción y permanencia de los docentes e investigadores. Hay ya una serie de propuestas que fueron incluso aprobadas por el pleno del Congreso Universitario de 1990, que podrían ser el insumo fundamental de la reflexión sobre cómo mejorar la carrera académica en la UNAM. ¿A diez años, quién tiene fresco en la memoria el contenido de aquel planteamiento de reforma? Puede decirse que los menos, y resultaría muy útil que aquella propuesta estuviera en circulación. En los meses previos, durante el conflicto, fueron las obligaciones de los estudiantes hacia la UNAM las que se discutían, como la aportación que pudiesen hacer al pago de los servicios educativos que reciben, su permanencia acotada según el rendimiento académico, etcétera, pero casi nada se dijo de los académicos, que son quienes seguirán ahí, los que definen con su calidad lo que es la UNAM y sería hora de hincarle el diente al tema, como a varios más, si es que la reforma y el congreso van en serio Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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