etcétera el país campañas 2000 dinero el mundo
columnas medios ciberia gente
ensayos tianguis mañana libros
cultura espectáculos etcétera
campañas 2000

ideas en campaña
....
Francisco A. Eissa Barrosos

con el candidato
....
Marco Levario Turcott

campaña en el interior
....
Gustavo Ogarrio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

campaña en el DF

Silva Herzog: Administrando la derrota

Carlos Bravo Regidor

Jesús Silva Herzog Flores podrá ser un político honesto, pero no es un candidato combativo. Y es que el suyo es un perfil que corresponde con la política de otras épocas, un carácter poco propicio para el tipo de contienda en la que está involucrado.

Y es, además, un candidato abandonado por su partido que, temeroso ante la posibilidad de perder la Presidencia de la República, ha decidido sacrificarlo para concentrar sus recursos en la campaña de Francisco Labastida. Como si más hombres y más dinero fueran a reparar lo que de todos modos una pésima campaña sigue estropeando.

De ahí la desidia que transmite. La actitud de Silva Herzog no es la de un adversario a la mitad de la pelea: es la de un hombre que se sabe derrotado. Su imagen inspirará todavía confianza, pero no despierta ya ni el menor de los entusiasmos. Proyecta, más bien, desaliento: las circunstancias le son irremediablemente adversas pero no puede abandonar la competencia. Tiene que insistir -más por disciplina que por otra cosa- en la viabilidad de una candidatura que, silenciosamente (aunque ni tanto), está dada por vencida.

Lo que le queda es, entonces, administrar la derrota. A estas alturas, cuando revertir las tendencias en la intención de voto parece tan poco probable, lo único que Silva Herzog puede procurar es serenidad sin derrotismo. Resignación, pues.

El problema es que un candidato con tan poco que ofrecer termina invitando a la deserción. ¿Para qué seguir apoyándolo cuando su fracaso se anuncia con tal anticipo? El desafío ahora es evitar un éxodo en el PRI capitalino: gestionar la solidaridad en la bancarrota, la unidad en el naufragio.

Y no debería sorprender a nadie. La dinámica de la elección explica, en buena medida, este fenómeno. Para el PRI, como para cualquier otro partido político, no es lo mismo competir para recuperar lo perdido que para conservar lo que todavía le pertenece. En este sentido, la posibilidad de no ganar la jefatura de gobierno del Distrito Federal pierde toda la importancia ante la posibilidad de perder la Presidencia de la República. Los empeños del partido, en consecuencia, están en otra parte. Pero eso no es todo. El candidato tampoco ayuda. Silva Herzog no ha sabido contagiar coraje, no ha mostrado la ambición para sobreponer semejante panorama. Su discurso muestra, por decir lo menos, desgana. No reta, no desafía, no provoca. A lo mucho asiente, capitulando, cuando se le confronta con su desventaja, como si la integridad en la derrota lo reivindicara, como si hubiera dignidad en admitirse públicamente perdedor antes de que el combate termine.

Así, la tranquilidad que simula no es más que una muestra de su conformismo, de su incapacidad para remontar por cuenta propia, de su escasez de apetito político. Su candidatura no levanta porque no tiene con qué levantar. No tiene recursos ni ánimo ni decisión ni mucho menos ímpetu. En su semblante no hay, para decirlo en tres palabras, vida política verosímil.

A final de cuentas, el suyo fue un afán de reciclaje precipitado, a destiempo. Su campaña, un desastre -aunque quizá menor si se le compara con la de Labastida- que todavía tiene mucho que perder. Pero su voz, más que una voz, es un bostezo. Y un bostezo que se contagia cada vez que abre la boca

Carlos Bravo Regidor es miembro de la Conferencia Mariano Otero A.C. y estudiante de Relaciones Internacionales en El Colegio de México.
Correo: cbravo@estud.colmex.mx

principal | correo | publicidad | búsqueda | suscripciones | anteriores