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bahías A cubetazos
Rafael Cordera Campos
Si la lucha abierta entre varios de los candidatos ha sido con base en albures, chismes, dimes y diretes, y alguna que otra idea que casi nunca tiene continuidad como parte de una confrontación de carácter programática e ideológica, no menos ni más han hecho quienes siendo opinadores son también seguidores "duros" de los principales contendientes por la Presidencia. Cada cual busca cómo descalificar a quienes considera los principales competidores por el voto. A unos sólo por hablar de algunos temas y, en particular, ni siquiera por mencionar los que ha tocado de manera insistente su valedor. A otros porque tienen en su haber "antecedentes" de cualquier tipo. En esas están aquellos que creen que van a ser los elegidos del voto mayoritario. Piensan sobre sí mismos. Poco lo hacen en relación con los ciudadanos. No hacen distinción entre ellos y los demás. La megalomanía está a flor de piel, la vemos, la leemos y la sentimos, todos los días. La radio, la televisión, los diarios y los corrillos así lo demuestran. Todos contra todos. Todos por el centro-izquierda y todos por el centro-derecha, casi siempre por definiciones autónomas, por sí mismos pues. Están, parecen decir, donde quieren y el resto de las opiniones no cuentan. Ahora resulta que, después de varias elecciones, federales y locales, donde quienes no pudiendo ser candidatos de sus partidos deciden cambiar de bando e ideología y postularse por otros, es motivo de escándalo que lo sigan haciendo y eso y más hay que usarlo para poner en evidencia a quien sea conveniente y de acuerdo con la perspectiva de los votos que cada cual cree tener. Sí, ahora resulta que el llamado "horizontalismo", el tránsito de una organización política a otra, sin justificación ideológica alguna, es motivo de escándalo, cuando llevamos años en ésas. El problema real es que ello oculta cuestiones esenciales. En lugar de una discusión estratégica y programática, su espacio lo ocupa la solución tan socorrida del calificativo. Se señala con una facilidad que impresiona. Ahora, en el mundo de la pluralidad, resulta también motivo de descalificación el hecho de trabajar para "el gobierno" o para "el sistema". La incultura política brilla en buena parte de las voces de nuestros políticos. Estos no asumen la pluralidad real, la que nos dice que hay gobernantes situados en los poderes Ejecutivo y Legislativo, federales y estatales, de casi todos los colores e "ideologías". Y a pesar de las evidencias, los políticos siguen estando atrás en el voto ciudadano. La pluralidad es, antes que nada, producto de la decisión ciudadana. El voto es consciente y decide por sí mismo la composición política existente. Los políticos deberían reconocer y asumir esa voluntad social y comportarse en consecuencia. Si no lo pueden hacer, su demanda será pronto parte del reclamo democrático. Por eso, precisamente, cuando aparece la opinión que subraya los conceptos y las políticas para construir el futuro se logra establecer un alto contraste. Ahí está la razón del brillo de la política democrática y moderna y, cuando los políticos se arriesgan a practicarla, entonces sobresalen y destacan por encima de quienes se conforman con la rutina y las viejas formas de hacer política. El debate programático e ideológico, el que persigue convencer a la sociedad de que es posible dirigir el desarrollo elevando las miras y la calidad de vida, hace serio contraste con aquel discurso que solamente sabe descalificar, señalar y etiquetar. En lo que resta de aquí al 2 de julio, estaremos viendo cómo se debate entre nuestros principales políticos y sus organizaciones. Veremos el papel de los medios y su influencia en las preferencias. Sin lugar a dudas, la calificación final o, como dicen otros, la principal y definitiva encuesta será ese día. Lo que tampoco es de dudar es que también veremos que una sociedad tan compleja, con alta participación, decidirá una vez más por la pluralidad. Los viejos tiempos se han ido. Nadie va a sorprenderse de que el ciudadano de la calle reitere esa vocación por el cambio y la democracia. La pluralidad llegó para quedarse. Y esas convicciones no tienen nada que ver con las ocurrencias y el grito fácil. Lo veremos Rafael Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. |
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