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Gregorio López y Fuentes
Literatura a grandes trazos

Luis Ramón Bustos

Gregorio López y Fuentes
Foto: Hermanos Mayo

Quien fue el primer Premio Nacional de Literatura, Gregorio López y Fuentes, en 1935 (por su novela El indio), con los años decayó en el gusto de público y crítica, y en las últimas décadas ha terminado por ser olvidado. Sin embargo, eso no significa que carezca de valor literario; por el contrario, el estilo periodístico de este autor (fue muchos años director de El Universal) tiene en su favor un apego sincero y emocionado a las cosas de la tierra, a las raíces de México.

Ciento tres años atrás, en El Mamey, rancho perdido de la huasteca veracruzana cercano a Zontecomatlán, vino al mundo este hijo de campesinos y comerciantes. Su educación en el rancho fue raquítica, característica de nuestros mestizos pobres. Gracias al producto de la pequeña tienda de su padre realizó sus estudios en Chicontepec y, posteriormente, en la Escuela Nacional de Maestros de la ciudad de México. Como estudiante le tocó vivir tiempos aciagos, de asonadas militares e invasiones extranjeras; de tal modo que, junto con otros estudiantes de la Escuela Normal, se lanzó a Veracruz a combatir contra las fuerzas estadounidenses. Aquello sucedió en 1914; poco después se vinculó a las huestes carrancistas. Al estallar el conflicto entre Villa y Carranza regresa a la ciudad de México, dedicándole mayor atención al periodismo y a la literatura.

En El Universal Gráfico redactó cotidianamente una columna que tuvo mucha resonancia entre los lectores de la época: "La novela diaria de la vida real". En esta columna novelaba las noticias del día, abordando los más diversos temas. Este ejercicio apresurado y un tanto baladí, desarrolló en él un fino olfato para captar el trasfondo histórico que se ocultaba tras noticias y anécdotas de poca sustancia. De ahí sus cualidades para captar, a partir de los detalles cotidianos, el trasfondo histórico.

Hacia 1924, el joven Gregorio dedicaba sus afanes a la poesía. Poco después se inclinó por la narrativa, recreando con espíritu épico sus vivencias revolucionarias. El vagabundo (1922), su primera novela, apareció en la revista El Universal Ilustrado por entregas, como las viejas publicaciones folletinescas. Dos años después edita El alma del poblacho (1924), que muestra mayor oficio y que, sin embargo, carece aún de estilo propio. Estas novelas retratan el México rural -tan entrañable para el autor-.

Pertenece a la segunda generación de escritores del ciclo de la novela de la revolución; su sello característico es el retrato de la revolución en movimiento, de los campamentos y ejércitos en panorámica; describe a grandes trazos, en cuadros plenos de expresividad plástica, y subrayando detalles que pasaron inadvertidos a otros narradores del ciclo.

Cuatro novelas conforman su periodo creativo de mayor calidad: Campamento (1931), Tierra (1932), ¡Mi general! (1934) y El indio (1935). En ellas revela aspectos dramáticos y sociológicos de la vida campesina de principios del siglo XX. La narración coral, que atinadamente cultivó, les dio durante mucho tiempo un prestigio sólido, quizá porque se trataba de retratos colectivos que en aquel tiempo sintetizaron la estética de la literatura comprometida.

Aunque hoy se leen desde otra óptica, sus méritos no deben ser escamoteados. Campamento mantiene su fuerza pictórica y, dentro de sus limitaciones costumbristas, aún recrea con vivacidad a la tropa en torno del vivac. Su interés radica en el ensamblaje muralista, que capta hasta los detalles más insignificantes. No hay personajes, y el campamento surge como protagonista colectivo.

Tierra -por el contrario-, nos habla con voz individual, pero desde la historia, desde el entramado sociológico de las luchas agrarias. En esta novela lo importante es el recuento de la miseria campesina y las batallas de sus mejores hombres por cambiar ese destino adverso. Quizá por su aporte histórico y sociológico, Tierra resulta una novela más ambiciosa. Sin embargo, como carece de la plasticidad de la anterior, la pluma de López y Fuentes flaquea. Rescatable como documento, mas en lo literario deja qué desear.

¡Mi general!, relato que nos ubica en los años postrevolucionarios, nos lleva de la mano, quizá muy didácticamente, hacia el descubrimiento de las características psicológicas de un prototipo. En forma autobiográfica, un general demasiado vivales describe los entuertos de la revolución hecha gobierno. Especie de cacique, ve la revolución sólo como una catapulta para conquistar privilegios personales. La descripción es concisa, directa; su sentido crítico se encauza mediante la ironía. Aquí vuelve el narrador plural, característico del autor; sin personajes con nombre propio, el general, el jefe, el amigo, el muchacho y el coronel son sólo figuras prototípicas que resaltan, con rasgos muy definidos, los hechos históricos que busca denunciar.

Sin duda, la novela más lograda del escritor huasteco es El indio. Corrobora sus principales virtudes: trazos grandes para hilvanar la historia, un relato salpicado de cotidianidad y una voz colectiva definida mediante personajes prototípicos. Aquí, el protagonista es una ranchería indígena perdida en las montañas de la Huasteca, y todo lo que ocurre es la imagen de la realidad reflejada en el pensamiento colectivo. No hay nombres propios: sólo ancianos, mujeres, el muchacho baldado, el guía, los hombres blancos, el profesor y el presidente municipal. Prevalece el espíritu comunitario, sus mitos, su idiosincrasia, su memoria ancestral; por ello, la narración coral se justifica plenamente. Arte y compromiso social se compaginan y se potencian en la autenticidad de lo narrado.

Sus últimos años fueron dedicados principalmente al periodismo; fue director de El Universal. Continuó publicando novelas, pero ya sin fuerza expresiva. Dos de sus trabajos de aquellas años confirman que cuando abordaba lo urbano caía en la caricatura: El acomodaticio (1943) y Entresuelo (1948). Por el contrario, en Arrieros (1937), Los peregrinos inmóviles (1944), Milpa, potrero y monte y sus Cuentos campesinos (1940), encontramos aún atisbos de su talento descriptivo.

Con Gregorio López y Fuentes la crítica ha sido injusta: sus carencias son evidentes, es cierto, pero también están sus virtudes: relatos plenos de emotividad, sinceros, con gran fuerza plástica en el retrato colectivo. Allí están sus páginas para quien desee corroborarlo. Con su raíz de tierra huasteca, conformó la imagen literaria de nuestro ancestral espíritu comunitario

Luis Ramón Bustos es ensayista y traductor. Especialista en narrativa del siglo XIX.

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