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con el candidato La dimensión ya conocida
Marco Levario Turcott
En el entorno hay árboles, agua y un calor sofocante aunque sólo a ratos, porque el cielo también amenaza lluvia en el Parque México del Distrito Federal. El sol no resplandece y la humedad entra a los poros. Pero eso no es todo. El estado del tiempo es parte de una extraña dimensión que nos conduce al pasado: es el mismo ambiente festivo, la misma música, los mismos discursos, los mismos rostros y las mismas voces siguiendo el mismo credo al que llaman pensamiento, como si la trascendencia de éste tuviera la condición de permanecer idéntico a sí mismo. A eso, ellos le llaman convicciones. Cuauhtémoc, eternamente Exagero. No es el mismo escenario del pasado. En el encuentro del ingeniero con intelectuales y artistas hay menos ideas, menos gente y fervor que los de hace 12 años. Por eso tampoco los sueños y la piel de ayer son los de hoy. No hay pasado ni presente ni futuro, es la nostalgia con la que se mira una foto de cuando los años felices y los mismos enemigos que dieron la identidad propia. Por eso, el sentimiento de ahí es la amenaza cumplida de que le irá peor a la realidad si cambia. Entra el ingeniero en escena acompañado de su esposa y su hija, seguido por Amalia García e Imanol Ordorika. Reparten besos y saludos. El candidato se ve cansado y serio como siempre, aunque de vez en vez recuerda la sonrisa, más aún cuando el moderador del acto advierte que el candidato ha recuperado ésta. En el fondo, un trovador parece no darse cuenta de la presencia del ingeniero. Canta con guitarra en mano: "... para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones..." Pero la voz se apaga por los decibeles que colman el parque: "¡El pueblo votó, y Cárdenas ganó!" La consigna muchas veces dicha, ahora en el Parque México, carece de referencia temporal y de sentido político en tiempos electorales. No le importa a los asistentes, como no importan las tres razones de Elena Poniatowska para votar por el candidato del PRD: "Amalia que lo crió, Celeste a quien enamoró y Camila a quien procreó". Bueno, sí importan esos dichos aunque no sean razones. Razones, leámoslo bien porque eso, advierte, será el sustento de los intelectuales, escritores y artistas presentes. Están las de Guadalupe Loaeza, quien invitó a observar los ojos de perverso de Fox y a imaginar a Labastida luego de estar horas y horas impregnado de Vel rosita. Luego advierte de la ternura del ingeniero como elemento central para sufragar por él. También está el enojo por este país tan maltrecho, lleno de pésimos gobernantes que hace estar "como agua para chocolate" a Laura Esquivel. Pero en este sendero, quizá Hebe Rossell es la más persuasiva de todos. Para el deleite de los presentes y la pena ajena de algunos como este cronista, ella ofrece su grito guerrero en favor de Cuauhtémoc: "iiiuuuaaaiii..." (Advierto al lector que la transcripción no es textual.) Las razones del corazón Si el corazón no entiende razones, ellos ofrecieron las razones del corazón aunque apenas se entiendan. Con Cárdenas recuperaremos el sentido de las palabras, dijo en pocas palabras Alejandro Aura. Por simple memoria histórica, cuando ocurrió aquel mítico fraude del 88, adujo el cartonista José Hernández; porque es un hombre íntegro, comentó Rosario Robles. No faltó la receta de la cordura. Ernesto Lammoglia puso en el diván a los millones de votantes e hizo su recomendación en calidad de psiquiatra, así lo dijo: por salud mental debe ganar Cárdenas. Daniel Cazés habló de él mismo y su solidez de convicciones para demostrar que su probidad era el mejor argumento para votar por el dirigente. Entre ellos, sin duda, Carlos Monsiváis fue el único que aportó algún sentido. "Vengo a decirme a mí mismo y a quien corresponda, advirtió, que voto por Cuauhtémoc porque creo en un Estado laico y en las libertades de las minorías...". El escritor piensa que el candidato del PRD garantiza la consolidación democrática. Luego pasó uno más y otro y el que siguió después de éste y aquel hasta que un encendido discurso dio al clavo, acaso de manera involuntaria. No dijo su nombre, la emoción lo embargaba en esa extraña dimensión: "Aquí estamos los ya convencidos, los que pase lo que pase votaremos por Cuauhtémoc". ¿Y los otros? Quién sabe, porque de veras sólo estaban los ya convencidos, los mismos de siempre. Son los que dan número a las preferencias electorales registradas en las encuestas. "¿Encuestas?", pregunta al micrófono otro que tampoco dijo su nombre. No son creíbles, asegura e inmediatamente después invita a hacer la encuesta propia, la creíble, la verosímil: que cada quien pregunte en el Metro y verifique que va a ganar el candidato de la Alianza por México; 76 personas cuenta este cronista, desfilan una a una cada minuto. De que los perredistas resisten, resisten. Y entre aplausos y aplausos, se oye la rechifla a un Carlos Salinas encarnado por Jesusa Rodríguez y sus chistoretes de siempre. Alrededor de mil asistentes le mientan la madre al ex Presidente y hacen lo propio cuando observan a los reporteros de TV Azteca del programa La polaca. Están incontenibles y furiosos y arengan a todo pulmón: "Culeeeros, culeeeros". Una integrante de la televisora resuelve gritar el mismo grito que los perredistas, quizá la ha convencido el público o acaso ella cree que así le regresa la grosería o sólo se hace la chistosa como parte de su papel en ese programa de televisión. Se ve feliz, levanta el puño izquierdo como pegándole al aire y mueve la cadera de aquí para allá; corea las mismas consignas y se gana la simpatía de la concurrencia. "¡Ni Pancho ni Chente, Cuauhtémoc presidente!" Al filo de las dos y cuarto toca el turno a Cárdenas. Cincuenta de esos artistas e intelectuales ya no expusieron sus motivos. La ovación por el hijo del Tata es (casi) unánime. "¡Se ve, se siente..!". "Compañeras y compañeros, amigos todos". El máximo dirigente del PRD está cansado, aunque dice sentir emoción porque no esperaba ese acto tan solidario. Advierte que ésta no es la lucha de una sola persona, que este movimiento va a ganar. Se oye el mismo grito de 12 años atrás: "¡Cuauhtémoc, Cuauhtémoc!". El líder arremete contra Vicente Fox, casi no habla del candidato del PRI más que para afirmar que Labastida y el PAN son el mismo proyecto. Es Cuauhtémoc y sus convicciones sin tiempo ni lugar ni espacio: "Vamos a ganar", dice una y otra vez igual que en el conocido spot televisivo donde saca la casta. El público ruge mientras el vendedor de helados aprovecha los instantes de silencio: "Paletas, lleve sus paletas y helados de sabores." "... estamos contra aquellos que prohíben las minifaldas", continúa Cuauhtémoc. Toca el turno a lo específico, es la oferta del candidato a los artistas e intelectuales, escritores y pintores, bailarines y cantantes. La expectación genera una pequeña ráfaga de silencio. Lo rompe Cárdenas: "A todos ustedes. Les ofrecemos más espacios para la promoción de la cultura." Clap, clap, clap. La gente emocionada aplaude. Termina el discurso y empieza el Himno Nacional. Es el final. El de ese acto del PRD. Los gritos se diluyen igual a aquel escenario extraño donde sólo queda un esperanzado vendedor de discos y otros artículos. En el piso, el rostro incólume de Cuauhtémoc al lado del Che y de Marcos, la playera amarilla con el sol negro en el pecho, los acetatos de Violeta Parra y Gabino Palomares, el canto de Pablo y Silvio y el fondo musical con el que regresé al mundo de la globalización y el mercado, al de la exigencia de ideas y la omisión programática que todo lo quiere sustituir con el deseo: "La era está parieeendo un corazón, no puede más..." Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera. |
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