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difusiones Semiótica de las corbatas
Francisco Báez Rodríguez
Iba a escribir estas difusiones comentando algunos aspectos acerca de la semiótica del debate y postdebate televisivos, así como algunas de sus implicaciones políticas, pero de repente me sentí muy pobre. A lo mejor ya la memoria me falla y en las pocas clases que tomé con Eco en Bolonia (de oyente, conste), me quedé en la pura superficie. En la revista Proceso entrevistaron a un semiólogo de verdad y me quedé deslumbrado. Ahí supe que Labastida recurrió al detonatum en una suerte de neodarwinismo denotativo; que Fox está inmerso en una logosfera de connotaciones y que Cárdenas, proustiano él, resemantiza el tiempo perdido. ¡Suschipiat dominum sacrificum! No entendí ni madres. Si tanta luz es capaz de dejar ciego a cualquiera, los intelectuales cardenistas -que, como veremos más tarde, son los Verdaderos- afirman en bonito desplegado que es "ciego quien no ve el sol, necio quien no lo conoce, ingrato quien no le agradece" y ese Sol es Cuauhtémoc. Salve, oh gran Tlatoani, la inteligencia de México se inclina humildemente ante ti. Ya con los ojos abrasados me doy cuenta de que llevo apenas tres párrafos de la columna, así que ni modo, a tientas intentaré escribir mis comentarios (disculpe el lector si no son doctos ni iluminados). Hay señales que mandan los candidatos (y sus asesores en el postdebate) que no tienen que ver con lo sustantivo del debate, las ideas y la actitud, sino con otros elementos que dejan sensaciones de bienestar o malestar no identificables de inmediato. Inicio con una, que por una extraña razón escapó en su momento a casi todos los varones: el look de los candidatos durante el debate. Sólo hubo tres correctamente vestidos: Fox, Rincón y Cárdenas. En el caso del primero, era imprescindible que apareciera "presidenciable". Su traje era finísimo y el candidato del PAN-PVEM se movía en él con tal comodidad que daba la impresión de estar hecho a su medida. Rincón, a diferencia del tacuchito con el que aparece en el segmento que los noticieros de Televisa dedican a "los candidatos", fue impecable y con una combinación moderna de colores. La corbata era de seda. Cárdenas es, para decirlo llanamente, un político que sabe vestir. Es sobrio y elegante. Siempre y en toda ocasión. Falló, en cambio, Labastida. Su corbata roja es de principios de los 90; es la de Felipe González, Bettino Craxi y Carlos Salinas en sus respectivas glorias. Su traje, apenas aceptable. Porfirio suele vestir mejor de como se presentó y su corbata verde bandera daba la impresión de ser tejida (no es precisamente un look de estadista). Camacho, lamentable, por la calidad de la ropa y la insistencia de usar lentes redondos sobre cara redonda, como si fuera el Niño Scribe. Pasamos a los movimientos. Ahí Fox se lleva las palmas, salvo por un detalle final. Se le vio suelto, abriendo los brazos para cubrir el atril (y la pantalla), abierto hacia el espectador, como abrazando a ese "tú" al que se dirigía. Atento, al mismo tiempo, a dónde estaban sus contendientes. El prietito en el arroz fue el tiempo excesivo en el que plantó la "V" de sus promocionales. Se veía rígida y antinatural. Labastida tiene un problema con las muecas y con su ¿sonrisa?; además, cuando presentó un periódico para demostrar quién sabe qué, lo agitó fuera de cámaras. Una prueba que no se muestra no es prueba. Tal vez tenía miedo de poner el diario enfrente y taparse con él. El candidato del PRI, además, rehuía mirar explícitamente a la cámara (es decir, al público). Cárdenas, tieso como es su costumbre. Rincón, sobrio y directo, mirando claramente la cámara cada vez que no leía. Fue quien mejor utilizó lo más difícil en televisión: los ojos. Porfirio leyó demasiado y cuando movió las manos y le temblaron las quijadas como viejo tribuno, era demasiado tarde. Camacho movía los hombros de un lado a otro (lo que para el televidente es signo inequívoco de inestabilidad) y realizó una telaraña con los dedos en la que, aparentemente, terminó atrapado. En el postdebate le fue mejor a Labastida de lo que él piensa y declara (olvida, tal vez, que ya había perdido las encuestas cuando su gente pasó a los páneles). En el de Televisa, si bien Jorge Alcocer no pudo repetir su acostumbrada felpa a Jorge G. Castañeda, respondió lo que podía responder. Alcocer fue cuidadoso en no defender lo indefendible. Castañeda explicó con habilidad la lógica del voto útil. Y Paco Ignacio Taibo II lanzó el canto del derrotado. En el de Azteca, la voz cantante la llevaron Aguilar Zinser (de Fox); Ricardo Raphael (de Rincón); y Valero (de Porfirio). El problema de Moctezuma fue, of all things, falta de protagonismo. Ebrard demostró que es un clon de Camacho y Ordorika defraudó a quienes conocen su inteligencia. Párrafo aparte merce el look de los asesores de Cárdenas. PIT II llevó una chamarra blanca percudida (¿o era una guayabera? No se sabe por lo ajada) y hacía esfuerzos por sacar la panza cuando hablaba de los "intelectuales verdaderos". Ordorika llevó una chamarra negra tan vieja que tal vez se acostaba con ella en el Che Guevara, en tiempos del CEU, y el pelo disparejo, como si se acabara de levantar. Yo sé que son así. Y es sano que expresen su identidad. Pero hay modos de expresar una diferencia (el atuendo light de Ricardo Raphael, por ejemplo). Y se vuelve un problema cuando se presentan en la televisión como representantes oficiales (Ordorika) u oficiosos (Taibo) de un candidato presidencial, ya no son sólo ellos sino una señal que envían al televidente: es la imagen profunda del candidato lo que expresan. El mensaje de las dos semiologías perredistas (la del debate y la del postdebate) es perfectamente disonante. Quien perdió el debate fue Labastida, pero el postdebate lo perdió Cárdenas. "Tómalo por el lado amable" Una sola cosa buena puede desprenderse de la bochornosa eliminación de la selección mexicana sub-23 de futbol. Que vamos a dejar a Honduras en el penosísimo papel de ser el único país del mundo donde el futbol es el deporte al que más tiempo le dediquen la televisión y el teleauditorio en los Juegos Olímpicos Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica. |
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