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campañas en el DF

Los silencios de Andrés Manuel

Carlos Bravo Regidor

Foto: Jorge Claro/Contraluz

El éxito de la campaña de Andrés Manuel López Obrador es sintomático del ánimo electoral que domina en la competencia. Y es que en una contienda en la cual las propuestas de gobierno tienen, además de un mercado minoritario, tan escasa difusión, lo que distingue entre sí a los candidatos es, como advertía hace un par de semanas Jesús Silva-Herzog Márquez, su actitud. En este sentido, el aspirante perredista representa una oferta de oposición desde el poder que no por paradójica resulta menos eficaz.

El universo del discurso proselitista de López Obrador no encaja dentro de las fronteras del universo político capitalino. De hecho, por el tono de su campaña, Andrés Manuel parece el candidato presidencial que el PRD no tiene. La intensidad de sus denuncias contra el sistema -el Fobaproa y la siniestra complicidad del PAN con el partido de Salinas- contrasta con la nula competencia que al respecto tiene el gobierno que pretende dirigir. Sin embargo, estratégicamente dicho contrasentido carece de importancia, pues no impide que el tabasqueño canalice en su favor el voto de un electorado cuyo descontento no reconoce jurisdicciones.

Así, el candidato del PRD conserva la vitalidad que le otorga su condición opositora aun y cuando el propio PRD lleve dos años y medio gobernando la entidad en la que se inscribe su candidatura. De ahí el silencio de López Obrador cada vez que es confrontado con los tibios resultados de la gestión cardenista en el Distrito Federal: ni los defiende ni los condena, simplemente los ignora a sabiendas de que la indefinición, ante la posibilidad de suceder a Cuahutémoc Cárdenas (tanto en el gobierno capitalino como en el PRD), es su mejor aliada.

De tal suerte que el de Andrés Manuel aparenta ser un PRD renovado. No porque haya en él algo de nuevo, sino porque reafirma su vocación opositora por encima de su experiencia de gobierno. Su identidad no es la de un partido en el poder, sino la de un movimiento en pie de lucha.

En consecuencia, la fortaleza de López Obrador es la del opositor a perpetuidad: estridente y pendenciero, el impulso de su candidatura no está tanto en la intención de que su partido conserve el poder como en la voluntad de derrotar al régimen. Lo de menos es la capacidad que desde el gobierno del DF tenga para hacerlo, lo que cuenta es que eso es lo que quiere.

Y semejante propósito encuentra en la polémica con respecto de su tiempo de residencia en el Distrito Federal el mejor motivo para echar a andar el victimismo: independientemente de lo que estipula la norma, y de si cumple o no con lo que ésta dicta, la suya se asume como una candidatura condenada por la opresión. No basta entonces con presentar los documentos que lo acreditan como residente capitalino desde hace cinco años: hay que convocar al pueblo para que plebiscitariamente exprese cuál es su deseo. Si la ley se considera injusta, entonces no hay porque acatarla. De modo que a final de cuentas la suya es, más que una justicia democrática, una democracia justiciera, es decir, que se hace justicia por mano propia. Para Andrés Manuel la justicia no depende de lo que diga la ley, sino de lo que quiera el pueblo. Esa es la trama de la movilización en apoyo a la candidatura del perredista. Y es, sin más, el razonamiento que ampara cualquier clase de linchamiento. No se trata de restaurar la efectividad de las instituciones o de pugnar por una reforma que elimine legalmente el origen del agravio: se trata de que el pueblo ejerza por sí mismo su autoridad e imponga su mandato. Esa es la bandera de López Obrador, la del linchador del régimen.

Por eso, para hacerse de adhesiones y simpatías, no le bastan las dimensiones del espacio político por el que compite. Necesita transgredirlas para estimular el resentimiento, para encender el desencanto, para encauzar en su favor la insatisfacción colectiva. Su contundencia reside en el ataque permanente, sin reservas ni concesiones, sin tregua; en sostener a como dé lugar la casta del David que, curado de espanto, amedrenta temerariamente a Goliat; en proyectar el arrojo de quien se crece ante la adversidad, de quien viene desde abajo, de la víctima que se rebela, del que lucha pero siempre está en desventaja.

Más allá de lo mítica que resulta para quien la observa con detenimiento, lo cierto es que esa imagen está revirtiendo la desilusión que siguió a la victoria de Cárdenas en el 97. Aunados a la eficiente hipocresía del presupuesto en comunicación social de la jefa de gobierno, los silencios de Andrés Manuel no eliminan el desengaño pero al menos lo disimulan. Y así, reiterando su actitud opositora, López Obrador regenera la esperanza en el PRD mientras posterga la evaluación de su desempeño en el gobierno

Carlos Bravo Regidor es miembro de la Conferencia Mariano Otero, A.C. y estudiante de Relaciones Internacionales en El Colegio de México.
Correo: cbravo@estud.colmex.mx

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