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águila y sol

No
¿Si pierde el PRI
hay democracia?

Ana Negrete

 

Foto: Gustavo Guevara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sí. La alternancia la garantiza

Benjamín Hill

Foto: Jorge Claro/Contraluz

La democracia es un sistema de vigilancias mutuas, un arreglo por el cual los distintos partidos se examinan recíprocamente y participan de una responsabilidad compartida, resolviendo el añejo dilema sobre quién debe "vigilar a los vigilantes (Quis custodiet ipsos custodes)". De esta forma, los gobernantes se encuentran constantemente bajo el escrutinio de los demás partidos, que eventualmente pueden convertirse en gobierno ellos mismos y estar sujetos al mismo tipo de examen.

Sin embargo, si el vigilante o en este caso el partido gobernante siempre es el mismo, no existe posibilidad de que sea inspeccionado apropiadamente por los demás actores políticos. Si no hay inspección efectiva, los gobiernos pierden incentivos para actuar con responsabilidad y para rendir cuentas y, de hecho, dejan de hacerlo. La democracia entonces debe ser un sistema de controles cruzados entre pares que sólo es posible cuando existe competencia real y alternancia entre partidos. Por eso, la mera posibilidad de alternancia no es suficiente. Decirlo es querer engañarse o engañar, pues la alternancia sólo es cuando ocurre y no cuando solamente es una posibilidad. Aun en la más rígida dictadura existen ciertas posibilidades de alternancia, pero eso no la hace democrática. Si las posibilidades de alternancia se amplían, pero ésta nunca llega en los hechos, materialmente seguiremos en el mismo punto de partida, sin haber avanzado hacia una democracia auténtica, con vigilantes vigilados.

En nuestro país existe una legislación electoral razonablemente justa e instituciones electorales autónomas y con credibilidad suficiente que, en lo general, nos permiten decir que tenemos elecciones que en su organización y procedimientos son imparciales. Sin embargo, nuestro sistema de partidos mantiene vigente la herencia de un pasado que nos persigue. La eterna hegemonía de un partido político no puede llamarse democracia, a pesar de las nuevas instituciones electorales. Tampoco puede declararse inaugurada la etapa democrática del país por los triunfos de la oposición en algunos estados y alcaldías. En la mayoría de las entidades del país, así como en los gobiernos nacionales sólo hemos conocido a un solo partido durante más de 70 años.

La transición mexicana a la democracia nunca se resolverá a menos que se produzca un relevo de partido en el gobierno federal. Una democracia auténtica exige una inyección de ideas nuevas al gobierno; que se superen los arreglos institucionales y las complicidades que han ayudado al partido del gobierno a mantenerse ahí, pero que representan un obstáculo material para el progreso político del país. No existe un solo partido en el mundo que, después de gobernar tanto tiempo, sea inmune a la acumulación de vicios y costumbres ajenas al interés general pero afines a la conservación de privilegios y sinecuras.

Si el partido en el gobierno perdiera las elecciones federales del 2 de julio, se produciría un replanteamiento general del papel del sistema de partidos. Ocurriría una renovación integral y comprensiva del papel de cada partido -inclusive el de gobierno-, en un escenario de competencia electoral más justo y equitativo.

Visto de esta forma, la alternancia efectiva entre partidos, por los incentivos que genera en los actores políticos para rendir cuentas de sus acciones en el gobierno es por sí misma algo deseable y tiene un valor concreto. Sin alternancia, no hay democracia, y sin democracia será imposible que tengamos los gobiernos que queremos

Benjamín Hill (32 años) estudió Ciencia Política en el ITAM.
Correo: benjaminhill@altavista.net

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