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No. La democracia no se decreta
Ana Negrete
La tendencia a medir la actual contienda electoral a través del simple parámetro de la alternancia pone en peligro el proceso mismo de democratización. En primer lugar, porque invita, implícitamente, a considerar la democracia a partir de su concepción más anacrónica: la de creer que ésta sólo sirve como procedimiento de legitimización del poder de las élites. Para evitar el drama shakesperiano, los señores del poder convocan al pueblo para que diriman la controversia: "él o yo". Se nos quiere hacer creer que la democracia no es más que una forma de elegir a la aristocracia en turno. Los electores se ven invitados a jugar el papel de acompañamiento para que sobresalgan mejor los personajes centrales de la historia. Este imaginario político aflora en el manejo publicitario de quienes defienden esta visión: la fotografía muestra "al pueblo" rodeando al caudillo como mañana -al menos eso esperan ellos- lo mostrará aclamándolo. Si la lucha democrática se reduce al "tú o yo" de la alternancia, todas las voces ajenas -no importa lo que digan, no importa lo que puedan aportar- están invitadas amablemente, de la manera como se invita a un condenado a muerte a sentarse en la silla eléctrica, a callarse. Es perfectamente coherente con esta lógica que los señores en el poder -me refiero a los tres principales partidos- decidan de antemano y sin el menor rubor quién tiene derecho a hablar y quién no, quién entra al debate y quién no. Es perfectamente coherente con esta lógica que el resultado del único momento de equidad en la presente campaña electoral -el 25 de abril- no quiera ser interpretado como la única oportunidad que tuvo el elector para sopesar las propuestas de los candidatos. Al contrario, se quiere hace creer que si un nuevo partido subió, fue el resultado de arreglos o de "mano negra". Probablemente piensan así porque así actúan. Al parecer la posibilidad de que un partido gane un debate porque el televidente fue sensible a sus argumentos, no es parte de su imaginario político. En Democracia Social tenemos una concepción muy diferente y más exigente de la democracia. Así, por ejemplo, creemos que una campaña electoral es una enorme oportunidad de debatir ideas, de proponer soluciones, de crear consensos. En este momento, la sociedad mexicana debería estar viviendo un gran debate sobre la educación del siglo XXI, una amplia discusión sobre las vías para lograr un desarrollo sustentable, grandes encuentros sobre una verdadera reforma del Estado, proposiciones sobre derechos de minorías... ¿Las hay? ¡No! Se nos responde que la sociedad mexicana debe perder esta oportunidad para enfrascarse en la duda existencial en torno a los "bigotes del caudillo que queremos"; en torno a los dos candidatos que ofrecen el mismo viejo y usado eslogan del cambio. Así, que pierda o gane el PRI es lo de menos. Como señaló Gilberto Rincón Gallardo, "el cambio está ahí" y esos candidatos no nos ofrecen ninguna idea para seguirlo. Ya es tiempo de que los mexicanos logremos invertir la frase de Monterroso. Propongo una opción: "Mientras el dinosaurio seguía durmiendo, la sociedad ya no estaba ahí". No podemos contentarnos sólo con la idea de la alternancia, que es el eufemismo con el cual se defiende la idea de que la derrota del PRI es en sí misma una ventaja para la consolidación. No. En nuestro partido identificamos a la democracia con la afirmación cada vez más acentuada de un sistema fuerte de partidos que atienda de manera central una serie de derechos: la consolidación de los derechos políticos no se puede lograr sin aquella de derechos sociales y, finalmente, sin aquella de derechos al reconocimiento y a la diversidad de identidades. Identificamos a la democracia con la institucionalización de un verdadero espacio público de reflexión y crítica, y con la institucionalización de un Estado de derecho y de un gobierno acotado. Identificamos a la democracia con la garantía de que todos los grupos y todas las voces podrán expresarse y ser escuchadas. Finalmente, vale la pena subrayar que dada la tendencia dominante en el actual proceso político, nada asegura que el próximo Presidente, cualquiera que sea su partido de origen, sea más democrático o menos autoritario que el actual. La alternancia no es un valor democrático en sí, nuestra época lo muestra claramente con Chávez en Venezuela, con Fujimori en Perú o, si prefieren, con Haider en Austria Ana Negrete (23 años) es licenciada en Derecho por la UIA y asesora del PDS. |
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