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Alto riesgo
Los debates tendrían que ser diferentes

Renward García Medrano

Todo eso es así; pero no todospodemos ser frailes,
y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo

En la breve experiencia que tenemos en materia de debates entre candidatos presidenciales, queda claro que estos actos son concebidos como oportunidades o riesgos para los candidatos, y a eso ajusta cada uno de ellos su estrategia.

El debate del martes 25 de abril confirmó esta apreciación. Gilberto Rincón Gallardo, por ejemplo, no fue a debatir sino a exponer -con admirable claridad y congruencia- el proyecto político de su partido. Hizo críticas, incluso duras, como el reclamo al PAN, el PRD y el PRI por haber convertido el Congreso de la Unión en un circo, pero como recurso para plantear no sólo la necesidad de la pluralidad política, sino también lo que debe significar esa pluralidad para el país, la democracia y la sociedad.

En el otro extremo, Manuel Camacho Solís tampoco fue a debatir sino a atacar a Francisco Labastida y al sistema político con tal severidad, que Vicente Fox pudo desempeñar el papel de un político sereno, como sin duda sus asesores de imagen le habían aconsejado. Además de hacer el trabajo sucio de Fox -quizá como parte de la táctica paradeclinar en su favor en el momento político más oportuno- Camacho retó a Labastida para que contestara a sus impugnaciones, quizá con la esperanza de que éste aceptara el reto y fortaleciera la triste presencia pública del todavía candidato presidencial del Partido del Centro Democrático.

Vicente Fox se trazó -y a mi juicio alcanzó sobradamente- el objetivo de proyectar una imagen que inspirara confianza no sólo a los electores, sino a los centros de poder financiero y a gobiernos como el estadounidense o los europeos, que estarían muy preocupados ante la sola posibilidad de que un hombre con el talante que ha cultivado Fox durante muchos años, llegara a la Presidencia de la República. El Fox que vimos la noche del martes no era el dicharachero y ocurrente, sino un político con apariencia de seriedad, energía y optimismo. No fue a debatir, sino a representar a un personaje distinto al de las botas.

Porfirio Muñoz Ledo fue a presentar un proyecto político coherente, con las propuestas torales que le hemos conocido en los últimos años: reforma constitucional; acotamiento legal del presidencialismo; tránsito hacia un sistema parlamentario; federalismo sustentado en fuentes fiscales más abundantes. Fue el único de los seis que habló de política exterior, no como un mero capítulo de un programa de gobierno, sino como un marco necesario para la toma de decisiones de política interna. Tampoco debatió, sino que presentó, por cierto con una grisura que no le conocíamos, su proyecto de país.

Cuauhtémoc Cárdenas fue a recordar a sus partidarios y al resto de la sociedad que cuando todos decían que estaba perdido, había ganado las elecciones, y citó dos fechas: 1988 y 1997. En este último año, en efecto logró un triunfo indiscutible, pero nadie le auguraba la derrota. Es muy difícil creer que Cárdenas ganó la elección presidencial de 1988, aunque no se puede descartar que obtuvo más votos de los que le reconocieron, pero en todo caso, Cárdenas no aparecía en ese año como un derrotado sino como un fuerte y probable aspirante presidencial. En 1994, fecha que el ingeniero no mencionó, todos le auguraban la derrota y, en efecto, perdió la elección y su partido cayó de la segunda a la tercera fuerza política nacional.

Labastida, finalmente, no fue a debatir sino a defenderse, consciente como estaba de que él era el candidato a vencer. Es probable que esperara ser fuertemente agredido por Fox y evidentemente iba preparado para responder y paraponer a don Vicente a la defensiva. Quizá por eso dio la impresión de excederse en el tiempo dedicado a comparar su gobierno en Sinaloa con el de Fox en Guanajuato.

El debate fue menos acartonado de lo que se temía, pero eso no es suficiente. Los debates no debieran ser concebidos como oportunidades y riesgos para los candidatos, sino como espacios para que la sociedad se forme una idea tan amplia como sea posible de las capacidades y defectos de quienes aspiran a gobernarla. Para ello, los debates deberían centrarse en temas muy concretos, actuales como el de la UNAM, o de largo aliento como la política de empleos. Y debieran tener la participación de comunicadores imparciales, serios, confiables para la sociedad y los candidatos. Es poco probable, pero sería muy útil que así fuera el debate entre los tres candidatos más viables

Renward García Medrano es periodista.

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