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punto de fuga El enigma y sus lecturas
Rocío Cerón
Ou sont des morts les phrases familières, ¿Dónde estarán las frases familiares,
Pedro Friedeberg es un apasionado de las formas, los símbolos y la palabra. Extraordinario dibujante, su apuesta estética parece encaminarse hacia la comprensión del caos y el orden como emanaciones de un mismo centro, esto es, el ejercicio de acceder al conocimiento profundo de las pulsiones e imágenes que convergen en un mismo sitio: una audaz armonía simétrica. Creador de mapas y planos (resultantes de un sutil sistema racional), Friedeberg deconstruye la realidad, la transfigura y, al hacer esto, la vivifica, la carga de profundidades. Eficaz jugador de las asociaciones, disecciona y cataloga múltiples elementos de los legados de la historia, la ciencia, la filosofía, la cábala, la simbología y el arte. Su obra atrapa imágenes de las más disímbolas fuentes para construir con ellas mecanismos vitales, ciudades oníricas, coordenadas de acceso a lugares intangibles, figuras y dimensiones multiplicadas que, una tras otra, se suceden en un vértigo incesante hasta perderse en un fondo abierto a la mirada del espectador. Segador asiduo de proverbios e incógnitas y enfant terrible de la ironía, Friedeberg sacude y estremece el espacio desnudo del papel y del lienzo no sólo con sus composiciones objetuales, sino con frases y poemas que guardan un guiño, un interlineado que detona los significantes ocultos de su intención primera y de su pensamiento. Su obra se abre como un abanico poliédrico, en el cual cada mirada encontrará hermetismo y revelación, complejidad y claridad, mundos o entidades fantásticas enhebradas por una línea constante -vertiginosa, geométrica, pero siempre orgánica, humana- que parece hilarlo todo. Las coordenadas que marcan el acceso orientan al espectador siempre hacia lo más simple -en apariencia con tintes de complejidad-, a las asociaciones nacidas desde una óptica infantil, primaria, donde el vasto tejido de relaciones es un desplegado de metáforas: perspectivas medievales, manos y pies (iconos multicitados en su obra), castillos, coronas, arcanos del tarot, serpientes emplumadas, relojes, leones, diseños art nouveau, pájaros de múltiples razas, cuerpos femeninos, figuras del op-art, motivos astrológicos, alquímicos, peces, mariposas, entre otras, las cuales son, en realidad, un inmenso laberinto-espejo que nos muestran, a la manera particularísima de Friedeberg, las posibilidades del mundo y lo que lo compone. Friedeberg devela lugares eternos donde los objetos y las palabras ejercen resonancia a niveles simbólicos, enigmáticos y cogitativos. En un viaje sin retorno al interior de sí mismo, Pedro Friedeberg ha recogido piezas, códigos, vocabularios órficos e imágenes del inconsciente colectivo y de la razón ortodoxa para sacar a la luz elaboraciones y revelaciones del gran juego del vacío y la plenitud. Cada interpretación (composición) es una aventura por las aguas arcaicas, por un pasado y un futuro que se deslindan del tiempo lineal para hacerse presente perpetuo. Friedeberg, minucioso poeta de las formas, como un hábil arácnido seduce al espectador para atraparlo en las redes de su geometría sensible. Silencios y abigarramientos se unen en un sentido de orden, al integrar un absoluto sus cuadros son de igual manera un reflejo de la Nada: un teatro de arquetipos y sustancias invisibles. Espacios cercados por el humor y la sorpresa: poética del asombro, de la intuición. Quien visite la imaginería fantástica de Friedeberg encontrará el sentido de "buscar todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura" -como diría Rimbaud-, porque el artista lleva de la mano a su visitante (es decir, al observador) por parajes evolutivos: del borde al abismo, del infierno al paraíso, del asombro por lo divino a la ironía de lo mundano. En realidad, Friedeberg -que fue considerado en las décadas de los 60 y 70 como un transgresor e iconoclasta- es un sabio lector de los signos, un templado escrutador de la línea y de lo inesperado. El enigma que representan sus imágenes tiene como fuente el eyn sof, el infinito, la espiral magnética que atrae hacia sí lo contenido en el pozo y la torre. Pedro Friedeberg se esconde en cada una de sus piezas como un ojo omnipresente, habitando los trazos de sus encarnaciones imaginales. Es el eterno descubridor (lector) de lo subterráneo. Su obra, irresistible a la mirada, es un engranaje de sueños y razones: un oasis de devoción al ingenio, un tributo a la imaginación Rocío Cerón es poeta. |
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