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cuentas claras
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Las puntadas económicas del debate
Ricardo Becerra
En memoria de José Gómez de León
La economía fue uno de los temas torales del debate. Pero su enorme y crucial importancia no estuvo correspondida con el mismo nivel de rigor y precisión. Puntadas más que programas, frases de a kilo, deseos más que propuestas practicables. Ojo, electores: con excepciones, los candidatos presidenciales demostraron que la cultura económica no es su fuerte. Acaso lo peor no es eso: intentaron sorprender -engañar si vamos siendo claros- a millones de mexicanos con datos falsos, estadísticas inexistentes, exageraciones, medias verdades y poses melodramáticas. Y quizá esto sea peor que los insultos, las groserías o los ataques personales: en el terreno de la economía, casi todos los candidatos encontraron una manera de medrar y hacer demagogia con la poca información o con la ignorancia del electorado. Primero oigámoslos, y contengamos el rubor. Manuel Camacho dijo esto: "¿Cómo resolver el problema de la pobreza? Acabemos con el gasto de propaganda del gobierno y reduzcamos 90% el gasto en campañas políticas". Con tan ingeniosas medidas, dice el ex operador político de Salinas: "Podemos darles nutrición, educación y salud a nuestros hijos" (pues claro, si sólo son 25 millones de menores de 18 años). Vicente Fox reiteró su tesis exculpatoria: "El Fobaproa es producto de los errores de quienes nos gobiernan... ese fracaso nos hizo perder a los mexicanos más de la mitad de nuestro patrimonio", pero como un rey Midas también prometió, "vamos a duplicar el presupuesto nacional para la educación pública, laica y gratuita". Francisco Labastida teorizó: "¿Cuál es mi propuesta? Más empleo y mejores salarios". Pero, ¿cómo no se nos había ocurrido? Cuauhtémoc Cárdenas comunicó que una buena idea sería "hacer llegar los recursos de Progresa a todos", ¿incluso a sus vecinos de Polanco, o los de la Condesa, o los de Copilco que financian al mismo programa? Pero es Porfirio Muñoz Ledo quien se lleva las palmas. Dice el diputado: México "es un país reconocido como el más desigual de la Tierra, donde existe mayor distancia entre los ricos y los miserables" (¿?) "llevaremos el salario mínimo a 150 pesos diarios" (¿por qué no, de una vez, a 200?) y "promoveremos el incremento de los salarios contractuales mediante-¡adivínese!- la libertad de asociación de empresarios y trabajadores". Rincón Gallardo es el único que no se expuso al pitorreo: si bien sus propuestas no fueron detalladas ni concretas, hay que felicitarlo porque nunca echó mano de las tremendas obviedades o de los múltiples disparates usados por sus adversarios. Si nos tomamos en serio las cosas que nuestros candidatos manejaron, muy pronto llegaríamos a un diseño y a una discusión económica tonta y loca. Hablaron como si fueran niños: el Fobaproa convertido en la bestia negra de la economía, una especie de monstruo que surgió de la nada, que no tiene padres y que sirvió solamente para financiar ladrones (López Obrador debió disfrutar mucho cómo sus propias chifladuras se hicieron hegemónicas, incluso en boca de Labastida). Los candidatos hablaron como si no existieran restricciones: como si la economía y sus variables fueran un problema de voluntad, en la cual basta decir "propongo", "quiero", "hágase", "ahora sí", para que la realidad cambiara. Los candidatos tuvieron, todos, las mismas oportunidades, el mismo tiempo, el mismo público, los mismos adversarios. Las adhesiones o las desafecciones generadas ahí, fueron ganadas, estrictamente, por los méritos de cada cual. Más allá, el debate debería convertirse en un riguroso proceso de esclarecimiento público: poner las cosas en su lugar, exhibir la calidad política de todos y reducir la discrecionalidad retórica de los actores. Por eso no hay que dejar pasar las tonterías, todo lo contrario: es una tarea intelectual denunciarlas, explicarlas, una a una. La política económica es un asunto que ha causado demasiados problemas al país, ha afectado la vida de generaciones, de ella depende la viabilidad material de una sociedad de 100 millones de personas: el próximo Presidente de México debería tomarla en serio Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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