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Un debate útil

Pablo Hiriart

Hay que decirlo de manera abierta y sin atenuantes: nos equivocamos en la percepción de lo que sería el debate. Creímos que por el formato no sería posible conocer más de los candidatos. Que no sería debate. La realidad, sin embargo, mostró una cosa diferente. Sí pudimos ver a cada uno de los candidatos como son. Fue posible conocer algunos pliegues de su personalidad que habían permanecido ocultos. O bien salieron a la luz los verdaderos rasgos de su ser, esos que se habían tratado de ocultar bajo los efectos de la propaganda, los diseños de imagen y las conductas estudiadas.

Nadie podrá negar que Camacho fue totalmente Camacho. Se pudo ver que sin el poder, su atractivo político quedó prácticamente reducido a cero. Prometió una sorpresa para el debate, y resultó que detrás de ella no había nada. Fue el parto de los montes. Como es él, exactamente.

Porfirio Muñoz fue grandilocuente, propositivo y lejano de la realidad política que pisaba en ese momento. En ningún momento pudo aterrizar en el debate y meterse a la disputa que se desarrollaba en ese momento. Fue el político "para después". Terminó por pedir un nuevo debate en su última intervención, en lugar de hacerse presente en el que se desarrollaba en ese momento. Tuvo la extraña particularidad de hacer que sus tres minutos de cada intervención parecieran interminables.

Gilberto Rincón Gallardo se llevó las palmas porque en televisión se le viouna virtud que ha tenido durante toda su trayectoria política: congruente. La congruencia puso a Rincón en el primer plano de la atención pública. Sin aspavientos, como es él, dijo lo que ha dicho toda la vida y que en 32 ocasiones le costó ir a la cárcel.

Pudimos ver, a través de la televisión, a un auténtico portavoz del pensamiento progresista del país. De una izquierda que no es hija de la frustración ni de la amargura, sino de las convicciones. Para los que dicen que no ganó, que es un eufemismo o una cortina de humo para ocultar lo que realmente ocurrió en el World Trade Center, basta decir que Rincón entró último, y al cabo de hora y media salió de ese sitio en el tercer lugar.

Cuauhtémoc Cárdenas fue el mismo que en el 94, y el mismo que gobernó en el DF: lento, desinformado y sin emoción. En la primera intervención llevaba bien aprendido el texto de lo que tenía que decir y lo dijo con vigor y convicción. Pero apenas comenzó el movimiento en el debate, a cruzarse las intervenciones, las ideas y las recriminaciones, Cuauhtémoc naufragó. Su falta de respaldo en una vida política de coherencia y de éxito administrativo, no le imprimieron la necesaria autoridad moral a sus palabras. Incluso olvidó que había sido gobernador de Michoacán y senador por ese estado, al decir que él había ganado dos veces, en el 88 y en el 94.

Fox fue lo que es: una persona capaz de desdoblar su personalidad en tantos pliegues como sea necesario. Lo mismo puede defender al gobernador de Baja California, que impidio la interrupción del embarazo a una menor violada, que hacer suyas todas las propuestas de Rincón Gallardo. Le declara la guerra a la corrupción, al tiempo que invita a Cárdenas a trabajar con él, y le dice a Camacho que la patria lo necesita. De sangre liviana, sonrisa fácil, pudo conectar de manera extraordinaria con el público televidente y provocar el entusiasmo de una victoria entre sus seguidores. Supo controlarse, no se enojó, reviró con audacia y dio la sensación de ser el favorito para ganar la Presidencia, a fuerza de repetir que va adelante en las encuestas y a fuerza de recibir ataques de Labastida.

El candidato del PRI estuvo muy por encima de sus expectativas. Lo habíamos juzgado por sus spots de tv, y en el debate esperamos encontrarnos conun Labastida altanero, engreído y poco humano. Pero resultó mucho mejor, aunque no lo suficiente como para borrarse el estigma que su equipo de imagen le había creado. No es descartable que millones se sentaran frente a la tv para presenciar el desempeño de Labastida en el debate, con el mismo espíritu con que se va al Estadio Azteca a un partido del América: para verlo perder

Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica.

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