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Carlos Maldonado Valera

Vicente Fox
Foto: Salvador Castellanos/Silva

En toda democracia, los tiempos electorales son por definición de competencia entre una o más propuestas políticas que usan (y abusan) de los medios que consideran útiles para ganar el voto. Más allá de toda controversia es innegable que en México las elecciones se han vuelto más competidas y, aunque la alternancia a nivel del Ejecutivo federal sea aún una incógnita, es cada vez menos improbable que ello pueda ocurrir. La alternancia ha dejado de ser un escenario imposible y no han faltado encuestas que así lo establezcan. Tan es así que los candidatos con mayor probabilidad de ganar no han vacilado en procurar la simpatía de todo el espectro político y no solamente de algunos sectores descontentos, como en el pasado. Me explico.

Un candidato de oposición consciente de una victoria posible promete un poco de todo a todos. Como toda estrategia, ésta tiene virtudes y peligros. Sobre todo, tiene límites: atrás de los discursos, a pesar de todo, puede distinguirse un programa, algunas ideas y valores, pero también incongruencias y falsedades. Allí están las declaraciones cotidianas de los candidatos y, desde luego, el famoso debate de hace algunos días.

El caso más claro de ese "para todos todo" electoral sigue siendo la campaña de Vicente Fox. Sin duda, el candidato ha desplegado una impresionante serie de declaraciones, discursos e ideas que prometen un poco de todo a todos. Quizá incluso demasiado: un día expresa su convicción, para poner sólo un ejemplo, de que la Iglesia católica debería tener un papel mayor dentro de la educación pública; otro día dice exaltado a unos evangelistas que la Iglesia católica ha sido para ellos lo que el PRI para la oposición; finalmente, en la televisión anuncia su deseo de tener en México una educación laica, gratuita, "pero con valores". Poniendo estas tres declaraciones en una misma frase, vemos cómo cada quien encontrará lo que desee oír. Felices estarán tanto el que sueña con una educación mínimamente religiosa en las escuelas, como quien la detestaría. Incluso el anticlerical verá con gusto tan poco decorosa comparación entre el PRI y la Iglesia. Vimos también la sonora invitación que Fox hizo en el debate del pasado 25 de abril al hasta entonces ninguneado candidato Gilberto Rincón Gallardo, quien acababa de criticar con fuerza esa cara premoderna del PAN que obliga a una niña violada de 14 años a abortar ilegalmente. Sin vacilar, tras haber ya invitado al errático Manuel Camacho y al lúgubremente solemne Porfirio Muñoz Ledo, prometió tomar en cuenta sus propuestas radicales. Tampoco faltaron las expresiones campiranas de Fox ("los bueyes de mi compadre") para mostrarse como un hombre rural, simpático, sincero. No hay casualidades.

Esa misma estrategia permea casi todos los actos de campaña: el Fox rancherón siempre dispuesto a soltar una palabrota, pisar una "víbora prieta" o proclamar su amor incontenible por los niños, se codea sin complejos con el serio empresario moderno, bien vestido y emprendedor, amante del orden, el libre mercado y la democracia.

Finalmente está el Fox incorruptible y ajeno a la estirpe repugnante de los políticos profesionales, ex gobernador y futuro estadista que requiere apenas de 15 minutos para arreglar el problema de Chiapas o que puede lograr un crecimiento económico de 7% con su sola presencia en Los Pinos.

Hace algunas semanas Fox prometió poner énfasis certero en su cara de presidenciable, de hombre responsable, serio y capaz. El debate, sin embargo, mostró que ese rostro aún no predomina completamente. Es decir: Fox sigue prometiendo todo a todos y asegura, por si fuera poco, que todas las demandas y problemas, además de legítimos, son muy fáciles de solucionar. Y lo dice hablando lo más directamente posible, evitando protocolos o discursos escritos ("soy el cambio que a ti te conviene" dice el refrán electoral foxista). Tenemos allí dos características bien comunes de todo populismo: "Ustedes (quien quiera que sean) tienen razón en lo que piden; si me eligen, a diferencia de esos politiquillos, yo sí podré (porque lo deseo y no soy un politiquillo) solucionarlos". Como si voluntarismo y simplicidad fueran las constantes claves de la política y del subdesarrollo de México. De Perón al austriaco Heider pasando por Ross Perot y Hugo Chávez, encontraremos esa manera de presentar un discurso, por cierto, en nada exento de eficacia a la hora de movilizar la esperanza de un elector harto.

Pero hay dos elementos sagaces detrás de la estrategia foxista. No sólo ha recurrido a anuncios televisivos más parecidos al de unas papas fritas que al del resto de los candidatos, sino que en ellos Fox se ha apropiado de una idea popular y no muy nueva en México: basta ya del PRI, no importa lo que siga, sólo saquemos al PRI de Los Pinos. Tal fue el mensaje principal que quiso dejar en el debate, aludiendo al tiempo histórico y único que vivimos, y en el cual es posible poner fin a 70 años de dominio priista en menos de 70 días. Es la tesis célebre del voto útil opositor que consiste en apostarle todo a la opción electoral más probablemente vencedora, sin importar su contenido. Fox se presentó (y seguirá haciéndolo) como el antiPRI, lo cual le permite seguir prometiendo todo a todos sin tener que ahondar o precisar un programa específico de gobierno: cuando se trata del público en general, predomina el "YA" necesitamos el cambio y no el "cómo", "a quién" o el "por qué" gobernar de tal manera. Pocas propuestas concretas dio Fox en el debate. Sin duda, no fue el único, pero Rincón Gallardo no dejó de echárselo en cara, anotándose un acierto más ante el teleauditorio. La segunda idea que en general sigue al "YA" es que Fox es un cambio seguro, un cambio gradual, con lo cual se deshace del ya clásico argumento priista del peligro inminente que supone un cambio de gobierno. A pesar de todo, Labastida trató de usar esa idea ante las cámaras.

Hasta ahora, la estrategia foxista ha dado sus frutos en las encuestas a tal punto que el ex gobernador de Guanajuato llegó a declarar hace algunas semanas que no reconocería una derrota de menos de diez puntos porcentuales, pues ello indicaría que hubo fraude: Fox llegó a parecerse más a Cárdenas que Cárdenas mismo. Este, por cierto, antes, durante y después del debate no ha parado de escudar su decisión de no declinar su candidatura en favor de Fox aludiendo a su incongruencia recurrente y a declaraciones de esa índole. Desde luego, minutos después del debate, el panista se decía ganador en supuestas encuestas de veracidad incuestionable. Nada nuevo. Pero independientemente de si la poca congruencia del discurso foxista esconde o no detrás de sí el peligro de un gobierno impredecible, precipitado e irresponsable, hay al menos un peligro en cuanto a esa eficacia de la estrategia. Hemos visto crecer la popularidad de Vicente Fox, pero faltan todavía un par de meses para las elecciones. Y el problema es que al ver más de cerca el discurso foxista aparecen innegables contradicciones que superan con creces, por su frecuencia y grado, los excesos retóricos del resto de los candidatos. No es imposible que el candidato del PAN-PVEM comience a sembrar dudas en su auditorio, hasta que incluso pierda credibilidad. La memoria de la gente puede ser corta, pero el hecho es que casi todos los días Fox se ve obligado a "aclarar" o bien pedir disculpas por alguna afirmación dicha el día anterior. Si en el debate, tanto Cuauhtémoc Cárdenas como Francisco Labastida insistieron en la falta de seriedad, credibilidad y coherencia de su principal contrincante, es porque saben que ese es su punto más débil.

Es notorio que el problema de fondo no proviene del uso de la ambigüedad y la incongruencia como armas electorales (todo candidato en algún momento se contradice con el fin de reunir a su alrededor las preferencias de grupos con intereses distintos u opuestos) sino del abuso que de ambas hace Vicente Fox. Sin que las cámaras de televisión mostraran el pasado 25 de abril a un Fox responsable, aún está por verse si detrás de ello hay una serie desafortunada de errores involuntarios y ajenos a una estrategia electoral pragmática, o bien se trata de una estrategia no muy distinta a la de cualquier caso típico de populismo derechista. En cualquier caso, el sentido común como siempre nos será útil: ni Chiapas (como cualquier otro problema de México) puede solucionarse en 15 minutos ni es posible que un panista retome las ideas y propuestas de Rincón Gallardo sobre el aborto...

Carlos Maldonado Valera estudia la licenciatura en Relaciones Internacionales en El Colegio de México.

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