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tintero Octavio Paz
Carlos Garza Falla
De inicio quiero dejar constancia de mi agradecimiento a Raúl Trejo Delarbre por su generosidad al darme la oportunidad de encauzar una inquietud que me ha acompañado desde hace tiempo y no había tenido el valor de enfrentar: vencer en un compromiso regular el universo de la página en blanco poblándola de los caracteres propios de nuestro alfabeto pretendiendo hilvanar con ellos palabras que construyan ideas y den cauce a mi necesidad de decirme. Es una aventura y como toda aventura se sabe cuándo inicia pero no se tiene idea de su final. Sabemos que queremos vivirla, pero no sabemos si aquellos a quienes les corresponde juzgarla, en este caso ustedes amigos lectores, nos animarán a continuarla, o bien nos pedirán que la abandonemos. La moneda está en el aire y, por ahora, ello basta. Entrando en materia, quiero en esta primera colaboración rendir un homenaje personal e íntimo a Octavio Paz a dos años de su muerte, de la única manera en la que pienso se le puede rendir un homenaje a un escritor: leyéndolo. A Octavio Paz lo leí por primera vez en 1968: El laberinto de la soledad me sedujo de inmediato y desde entonces no he dejado de estar próximo a su obra. Mi proximidad a las palabras en boca de Paz es ciertamente la proximidad de un lector simple, que se encuentra en ellas y, por lo tanto, se recrea en su disfrute. De un lector que sólo busca en ellas la intensidad vital que transmiten porque necesita de ella para vivir. Son muchas las ideas de Paz que de manera obsesiva revolotean dentro de mí. Hoy en este homenaje quiero referirme a tres. Las he elegido porque las veo vinculadas con esta aventura que hoy inicio. ...las palabras son inciertas Afirma Paz en uno de sus bellos poemas. No tengo la menor duda que a lo que aspiro con una colaboración regular como ésta es precisamente a "decirme" y en ese decirme encontrar la interlocución de otros que como yo están también empeñados en "decirse" para dar lugar al fenómeno intangible, pero maravilloso porque nos hace ser, que es el "decirnos". Decirnos como proyecto, como anhelo, como aspiración, toda vez que a diestra y siniestra recogemos diagnósticos que nos señalan que lo que está en la base de la problemática que hoy vive el mundo es precisamente la ruptura de su tejido social. Se trata evidentemente de un decirse con pasión, con convicción, con profundo deseo "de salir de mí buscarme entre los otros"..., y aquí la segunda idea obsesiva que traigo a colación: ¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?, Ese "ser siempre nosotros" deja asentado en mi entender el hecho contundente de la centralidad de lo social por encima de manifestaciones que le son colaterales tales como lo económico y lo político. Y aquí nace el proyecto de esta aventura. Decirme en relación con lo social, buscar desentrañar en el devenir cotidiano todo aquello que es estrictamente social, todo aquello que al fin de cuentas es el entramado a través del cual transitamos por el tiempo y con el que ocupamos un lugar en el espacio. Lo social, una abstracción ciertamente, pero también una condición de posibilidad real y concreta de ser. Proponerme decirme en relación con lo social no es evadir otras expresiones de nuestro ser; es intentar decirme en relación con lo que me parece que está en la base de esas otras expresiones y que al darlo por obvio o evidente pocas veces lo convertimos en materia explícita de nuestras reflexiones. Peter L. Berger, sociólogo estadounidense, afirma en su libro Introducción a la sociología: "Por lo que respecta a la definición exacta de `lo social`, es difícil perfeccionar la definición de Max Weber de una situación `social`; aquella en la que la gente orienta recíprocamente sus acciones", lo cual da lugar a una trama de significados, expectativas y direcciones que resultan de tales orientaciones y que en el decir de Berger, constituyen la materia prima del análisis sociológico. Paz no era un sociólogo, sin embargo, creo que no es un exceso afirmar que muchos de sus análisis, si nos atenemos a la definición de Berger, eran profundamente sociológicos, de ahí que valga la pena regresar a él cuantas veces sea necesario. Un botón de muestra y con ello doy cuenta de la tercera idea. En el núm. 885 de la revista Proceso (18/X/1993), apareció una larga entrevista que le hizo Julio Scherer a la que el propio Paz se refiere como "mis respuestas no son un testamento sino un memorial, en el buen sentido de la palabra. Relación y recuento de lo que creo, pienso y quiero". En ese memorial hay una reflexión que me parece también íntimamente vinculada con lo que deseo en esta aventura. Dice Paz: "Ahora se habla mucho de la democracia en México sólo que, en general, se le reduce a una serie de ideas y conceptos. No, la democracia es también una práctica a su vez, las prácticas sociales, al arraigarse, se convierten en hábitos y costumbres, en maneras de ser. Para que la democracia funcione realmente debe haber sido previamente asimilada e incorporada a nuestro ser más íntimo. La democracia debe transformarse en una vivencia. Eso es lo que todavía no sucede en México". ¿Cuáles son los obstáculos a vencer para que aquellas prácticas sociales que quisiéramos adoptar, porque existe consenso, se convierten en maneras de ser? ¿Cómo transformar en vivencia todo aquello que anhelamos en y para nuestra convivencia social? Decirme, decirme en relación con lo social, acicateado por el imperativo de encontrar caminos por caminar, ése es el proyecto. Esa es mi forma de decirle a Paz que necesito sus palabras Carlos Garza Falla es sociólogo. Conductor del programa radiofónico Deslinde, que transmite Radio UNAM. |
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