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textos Mercadotecnia y política
Carlos Bravo Regidor
Es cierto. Hoy como nunca la política abusa de la mercadotecnia. Y quizá el exceso sea condenable, pues las elecciones van perdiendo su sentido de competencia política para convertirse en un concurso de popularidad. Pero nadie podrá negar que en más de un sentido la mercadotecnia y la política, al menos electoralmente, se parecen. Se parecen, es cierto, y eso tiene sus razones. Pero de ahí a aceptarlo y aplaudirlo hay una diferencia. Podemos entenderlo, e incluso analizarlo en esos términos, pero eso no significa que nos guste. Primero, porque su propósito no es convencer, sino seducir: a estas alturas ya no se trata de argumentar razones, sino de ofrecer la mejor imagen del producto o candidato en cuestión. El contenido es lo de menos, lo que importa es la presentación, que el empaque resulte atractivo para consumidores o votantes. Y segundo, porque tanto en la mercadotecnia como en la política vende más quien dice la mejor mentira. Lo que se busca ya no es disimular la verdad, sino que lo que se diga sea creíble. Se oye mal decirlo, pero este es un problema que la democracia, como fórmula de gobierno, no resuelve. Incluso, en cierto tipo de condiciones, lo promueve. Es, pues, un costo. Y, en ese sentido, y comparándolo con los costos de tener un gobierno autoritario, bienvenido sea. Hay que saber distinguir, de entre los males, el menor. Aunque eso no quiere decir que por eso dejen de ser males Carlos Bravo Regidor es miembro de la Conferencia Mariano Otero, A.C. y estudiante de la licenciatura en Relaciones Internacionales en El Colegio de México. |
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