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por los caminos de sancho

Abismos
Rezagos que son bombas de tiempo

Renward García Medrano

Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser de
aquella que aguarda al tiempo que la
consuma y a la muerte que la acabe?

Ciudad de México
Foto: Contraluz

El próximo Presidente de la República gobernará un país con los más agudos contrastes de su historia reciente. En la economía conviven una industria exportadora que ya se insertó en la globalización de los mercados, un sector industrial obsoleto e improductivo que tiene la competencia perdida con los productos de exportación, y un sector agropecuario prácticamente en ruinas. Vivimos en lo que los chinos llamarían "un país, dos economías", y el abismo entre una y otra tiende a ser más ancho y hondo.

En materia social, el país vive quizá la etapa de más alta polarización en la distribución del ingreso, el bienestar y las oportunidades. Familias que dos o tres generaciones atrás ascendieron a las clases medias, hoy están en los linderos de la pobreza y no ven motivos para esperar una mejoría en el futuro previsible. Las expectativas de ascenso en la pirámide social -que hicieron posible la prolongada estabilidad política del país- han desaparecido y ello puede generar el efecto opuesto: la inestabilidad permanente.

Pero quizá lo más alarmante -vinculado a los factores económicos y políticos que mencioné- sea el desgaste de las pautas de convivencia social. El narcotráfico, con su carga de violencia y corrupción, permea las instituciones de seguridad pública y justicia, propicia otras formas de delincuencia organizada y ambos fenómenos perversos reclutan a volúmenes crecientes de jóvenes en todo el país, lo que afecta directamente el tejido social.

La sociedad se sumerge cada día más en las arenas movedizas del desprecio a las leyes, los reglamentos y los derechos de los demás, y los estudiantes, trabajadores, campesinos, locatarios, jubilados, vecinos, todos, protestan y exigen a través del vandalismo, el bloqueo de carreteras y vialidad urbana; el cerco a edificios públicos con caballos, el propio desangrado, el derramamiento de miles de litros de leche.

La procuración de justicia está contaminada por los intereses políticos, el ajuste de cuentas personales o de partido. La mentira, evidente, flagrante, potenciada por la publicidad con cargo al presupuesto público se ha vuelto norma de partidos, candidatos y gobiernos, cuando menos el de la ciudad de México. En la política, el comercio, las relaciones laborales, la convivencia social, predomina la cultura del descontón.

La educación -que fue el puente del ascenso social desde los años 40 a los 80- está siendo socavada por intereses políticos y hasta por grupos guerrilleros, que se expresan igual en el ataque masivo a la Universidad Nacional, que en el vandalismo de los maestros del sistema educativo público que en mayo, como en los últimos años, se expresará en marchas, bloqueos y suspensión de clases sin el emplazamiento a huelga que, en todo caso, tendría que preceder al cierre de las escuelas.

Tenemos, claro, signos positivos, incluso muy positivos en el presente y el futuro del país, como la recuperación y estabilidad de la economía, la alta calidad del sistema electoral, el pluralismo político, la libertad de expresión, los programas sociales del gobierno. Pero puestos en la balanza, me parece que pesan mucho más los problemas y carencias que los avances, sobre todo con miras al futuro previsible.

Estos son apenas algunos de los rasgos más visibles de la sociedad, la política y la economía mexicanas al inicio del siglo XXI, de la globalización y de la era del conocimiento. Si bien se ven, son fenómenos sociales que en muchos casos tienen raíces históricas muy profundas, que ni el más apto, valiente y honesto de los candidatos a la Presidencia de la República, podría resolver por sí mismo y en el breve periodo de seis años. Y no lo haría, en gran parte, porque para gobernar se necesita cuando menos un proyecto, un grupo amplio y un partido moderno, y estos requisitos no los cumple ninguno de los candidatos. Al contrario, si uno observa quiénes son los colaboradores de los dos más viables y cómo se disputan espacios que aún no tienen, no tendrá muchos motivos para el optimismo.

Tal vez estos fenómenos sean los síntomas de una época que no acaba de terminar y otra que aún no se manifiesta con claridad. Pero mientras no contemos con una clase política responsable, con un proyecto nacional de largo plazo fundado en el consenso social, y con un sistema de partidos moderno, estaremos en riesgo de que nos exploten en las manos las bombas de tiempo que armamos pacientemente a lo largo de muchos años, y la parte de la sociedad atrasada y en retroceso se alejará del pequeño grupo que ya participa en la globalidad

Renward García Medrano es periodista.

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