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memoria El debate
Pablo Hiriart
El "debate del miedo" pudo llamarse el del martes. Esto no se debe a lo que se dijeron o dejaron de decir, pues no es esa la intención de los debates previos a una elección presidencial. El miedo se reflejó en la organización del suceso. Su cobertura se dejó a cargo de dos canales de importancia secundaria: el 7 y el 5. No se permitió la réplica inmediata ni el diálogo ni las preguntas. Vaya, hasta se prohibió la fotografía para los medios impresos. Un debate así aporta poco y sobre todo opaca la expresión de rasgos de la personalidad de los aspirantes que es necesario evaluar con tanta o más atención que sus propuestas. Independientemente de lo agresivos que se pudieron haber visto algunos, porque así lo marcó su estrategia o por cuestión de sobrevivencia política, lo que valía la pena era captar cuál de ellos tiene el temple para conducir al país en las difíciles circunstancias que se avecinan. Las propuestas siempre son interesantes, pero hay que darles su justa dimensión. Compromisos, promesas y programas hemos oído desde siempre a los candidatos presidenciales, y al final de su ejercicio el recuento es magro en cuanto al cumplimiento de su palabra. Generalmente lo que se ofrece no corresponde a lo que en realidad se hace. Eso lo saben los electores del más variado signo, y todos sin excepción pueden asegurar que las propuestas de gobiernos del PRI, el PAN y el PRD han resultado muy distantes a lo que en la práctica han podido concretar. Los ofrecimientos de un candidato, salvo en asuntos extremadamente sensibles, no permiten conocer y ni siquiera tener una aproximación a la forma como gobernaría a partir del momento en que se tercie la banda presidencial en el pecho. El candidato de un determinado partido puede decir a voz en cuello y todos los días que le va a conceder una importancia prioritaria a la educación, que va a subir los sueldos de los maestros, aumentar las horas de clases y duplicar la construcción de escuelas dignas en todo el territorio nacional. Todo ello está muy bien, pero esos buenos propósitos no sirven de nada cuando instalado en la Presidencia ese candidato no sabe cómo resolver una huelga en la Universidad Nacional, por ejemplo. Y su inacción le frustra el destino a decenas de miles de estudiantes y se arruina el prestigio de la más importante universidad de América Latina. Esos rasgos de la personalidad de un político no salen en un debate de las características del martes. Quizá tampoco se muestren plenamente en ningún debate, pero en el diálogo fluido, con preguntas, respuestas y réplicas, se puede tener cuando menos un asomo del perfil de la personalidad del político que aspira a gobernarnos. Un candidato presidencial que se exaspera con facilidad será un Presidente irritable. Un candidato que se enoja y contesta con una grosería sin medir las consecuencias, será un Presidente visceral. Y con todo el poder que todavía tienen en México los presidentes, uno visceral e irritable puede acarrearle al país más problemas que otro que no sabe a ciencia cierta si es mejor un déficit fiscal de 1% o de 1.25%. Las propuestas son importantes, sin duda, pero hasta el momento ninguno de los seis ha tenido el talento para expresarlas con claridad y convicción. No han entusiasmado a nadie con sus ofertas de campaña y lo único que podría ir quedando en claro es que no saben qué van a hacer con el país a partir del 1 de diciembre. Es en los otros rasgos donde tal vez se pueda inferir de una manera más sencilla y profunda cómo van a actuar como gobernantes. Necesitamos conocer con mayor precisión cuál es la personalidad de los candidatos. Menos maquillaje y sonrisas forzadas y más naturalidad hacen falta para evaluar a la persona a quien habremos de darle nuestro voto. El formato del martes, por la rigidez de su concepción, abonó muy poco en esa dirección. Hubiera sido ideal que pudiésemos tener una idea aproximada de cual de los seis tiene la personalidad, la coherencia, el liderazgo, el sentido común, la grandeza humana y política para sentarse en la silla presidencial, convocar a la unidad y tener éxito. Aunque tal vez sí fue posible darnos una idea. ¿O no? Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica. |
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