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El valor del paisaje
Marina Robles
Hace algún tiempo leí un artículo que analizaba los sitios que la gente prefiere para morir o para vivir sus últimos días, cuando tiene opción de elegirlos. Al parecer las elecciones, diversas entre todas las historias de vida reseñadas, tenían que ver con sitios semejantes a sus lugares de origen. Todo indicaba, según los autores, que la familiaridad de los paisajes brindaba sensaciones de tranquilidad y gozo y permitirían, en esta idea de los días finales, terminar la vida en paz. El artículo regresó a mi memoria hace unos días, después de volver de la selva Lacandona, sin duda uno de los lugares más hermosos de este país. En la selva, ese sitio encantador lleno de vegetación y sonidos de los múltiples animales que la habitan, la sensación que me cubría era la de estar frente a una enorme pared, grandiosa, pero que encerraba la vida, al menos la mía. Aunque mis últimos días, supongo y espero que no están cerca, evoque los sitios del desierto de donde provengo, donde las sensaciones que percibo son, a diferencia de las de la selva, de gran libertad y apertura. La posibilidad de ver hasta donde la vista no alcanza es, al menos para quien esto escribe, una necesidad y ahí residiría, en la lógica del artículo que comento, lo que construye la tranquilidad y el gozo que mi percepción de bicho del desierto requiere, al menos para encontrar una sensación de descanso. El paisaje y su percepción se han convertido para los estudiosos de estos temas en un asunto difícil, porque, como todos aquellos elementos que son inasibles, no son fáciles de defender y presentar ante un mundo que reclama resultados objetivos, medibles, concretos. Los valores estéticos, emocionales y sentimentales sobre el entorno, como comenta Fernando González en su libro Invitación a la ecología humana: la adaptación afectiva al entorno a pesar de su evidente importancia presenta una gran dificultad de análisis y valoración, y son los menos conocidos a pesar de ser con los que cotidianamente convivimos. Parte de esta dificultad se halla en que la valoración de un paisaje es el resultado de la interacción hombre-entorno. Lo que significaría que no sólo entran en juego las características que pueden describir un sitio, sino lo que cada individuo percibe y siente. La segunda dificultad radica en que queremos medir con la misma vara cosas que son simplemente inmedibles y buscar hacerlo, desde mi punto de vista, es absurdo. González comenta que la atracción que la gente experimenta por determinados espacios naturales se debe generalmente a una mezcla de circunstancias emocionales y sentimentales, donde entran en juego motivaciones, historia, condicionamiento y experiencia personal e incluso condiciones particulares del individuo en el momento que observa un lugar (imagínese de mal humor en el desierto bajacaliforniano a 45ºC a la sombra). Pensando en todo eso, creo que mi atracción por el desierto tiene sin duda que ver con mi historia y con la belleza de esa península, pero también a que el momento en el que fui aún no se convertía en la puerta del infierno y a que mi mala memoria ha logrado borrar los agostos donde hasta el viento susurra maldiciones por el clima Marina Robles es maestra en Ecología Marina por el CICESE y Fellow del Programa LEAD-México. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias en la UNAM. |
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