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guía de perplejos

Quimbo Appo
¿Asesino o ciudadano modelo?

José Luis Durán King

"Los chinos eran considerados
más como 'curiosidades'
que como personas"
Foto: Robert Cappa

Quimbo Appo fue alguna vez el oriental más famoso de Nueva York. El extraño marinero chino arribó a la ciudad de los rascacielos en los años 40 del siglo XIX en compañía de su esposa irlandesa-estadounidense, uniéndose de inmediato a un pintoresco puerto multicultural que desde entonces ya causaba incomodidad entre la comunidad anglosajona, tal y como lo evidenció un alcalde de apellido Bowery, quien se dio incluso el lujo de hacer pública su xenofobia al denunciar a "la abigarrada multitud de hombres y mujeres, amarillos y blancos, negros y sórdidos".

Años después, el matrimonio interracial de Quimbo Appo pareció dar la razón a Bowery al monopolizar el escrutinio de las primeras planas de los periódicos tras una serie de juicios sensacionalistas por homicidio, que condujo al misterioso oriental a pasar el resto de sus días en el Hospital Estatal de Mattewan para locos criminales, ganándose el mote de "El diabólico chino".

Pero Quimbo Appo no siempre fue tan diabólico, tal y como lo ha señalado el investigador John Kuo We Tchen, quien se ha dedicado a estudiar exhaustivamente el crecimiento del orientalismo en Estados Unidos. El estudioso señala que Appo antes que todo fue una especie de ciudadano modelo surgido de las minorías étnicas durante el siglo XIX neoyorquino. En 1856, un ministro chino que visitó Nueva York encontró que el industrioso Appo prosperaba como un comerciante de té en un local de Spring Street, por lo que no dudó en llamarlo "un chino ejemplar".

Sin embargo, Appo ha pasado a la historia local no como un respetable comerciante de té sino como un notorio rufián. De primera impresión, él ejemplificaba las virtudes "protocristianas" ensalzadas por los primeros admiradores estadounidenses de los mandarines; no obstante, en el desenlace de su saga como "demonio con apariencia humana", Appo acrisoló la fobia nacional que se activó en contra del "paganismo chino". Y en su espectacular caída, como el investigador Tchen lo ha escrito en sus estudios, "él no fue completamente culpable".

Al igual que muchos de sus símiles chino-estadounidenses, la vida de Appo se vio paulatinamente acorralada por los cambios en la percepción de los estadounidenses respecto de los chinos. La obra New York Before Chinatown, de John Kuo Wei Tchen, demuestra cómo los emigrados chinos fueron marginados en Estados Unidos incluso cuando el orientalismo se convirtió en una presencia importante dentro de la cultura estadounidense.

Partiendo por la insistencia recurrente de George Washington de hacerse de una vajilla de porcelana china en medio de un Nueva York sitiado, el estudioso Tchen medita en su libro sobre la fascinación que los productos y artesanías chinos, así como otras cosas orientales, ejercieron durante varias generaciones de estadounidenses, circunstancia que alentó un comercio ostensible con el lejano Oriente, mismo que contribuyó a estimular la economía neoyorquina. Sin embargo, cuando los primeros chinos empezaron a llegar, el público se encontró frente a una comunidad silenciosa, la mayoría de las veces económicamente poderosa, con ideas y religión distintas, factores que poco a poco provocaron que los estadounidenses cambiaran de opinión.

La primera mujer china en llegar a Nueva York, apunta Tchen, fue "presentada" públicamente en 1834 en una de las "salas de lectura" del oscuro P. T. Barnum, un empresario a quien el mundo le debe la creación del siniestro freakshow, es decir, la exhibición de los individuos que en su naturaleza desafían las leyes euclideanas de Occidente: la fealdad, la enfermedad, lo ajeno y extraño, lo distinto como espectáculo de circo.

A mediados del siglo XIX, las imágenes exóticas de los chinos sirvieron de base para desarrollar una cultura comercial que lo mismo se expresó en lujosas vajillas que en periódicos de un centavo, en suaves sedas textiles que en espectáculos bizarros, una dialéctica hasta entonces desconocida que explotó para crear un universo de representaciones que hoy aún alimentan las entrañas de la cultura pop de fin de milenio. En el tránsito de esa edificación social, los chinos eran considerados más como "curiosidades" que como personas. Por ello, no sorprende que en medio de una atmósfera humedecida por el opio y el láudano causaran sensación dos exóticas flores que en realidad eran una: Chang y Eng Bunker, las originales "gemelas siamesas" (nativas, por supuesto, de Siam), unas infelices mujeres cuya fama proviene de haber nacido "pegadas".

Como Chang y Eng demostraron, los chinos podrían ser vistos lo mismo como gentiles (en su acepción de paganos) que como monstruos, convirtiéndose así, a los ojos sajones, en demonios raciales y al mismo tiempo en vehículos catárticos para la consolidación del orgullo blanco. Por ello, cuando Quimbo Appo fue llevado a juicio -por asesinar a su esposa irlandesa- en 1859, la corte se transformó en un gigantesco escenario para representar un capítulo más de la demonología china. El testimonio hostil de un grupo de irlandeses, de los sajones estadounidenses, provocó una andanada de comentarios públicos acerca de "las bajezas de las mujeres de Irlanda", noción apoyada por un desfile de respetables protestantes que se organizó en apoyo de Quimbo.

Pese a todo, el caso Quimbo desembocó en una histeria nacional, aprovechada por el líder laborista irlandés-estadounidense Denis Kearney, cuya bandera de lucha fue "los chinos deben irse". Aunque se demostró que Quimbo actuó en defensa propia, éste fue declarado culpable y recluido para siempre en la casa de la risa. Seis años después de su juicio, el Acta de Exclusión China fue aprobada

José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa.

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