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El neoliberalismo no bajó del cielo
Ahora hay una venganza de las ideas sobre las cosas

Jorge Gutiérrez/Umberto Cerroni

Foto: Time

Cómo explica el hecho de que el nazismo y el fascismo hayan no sólo nacido y echado raíces en Europa sino ascendido al poder con el voto popular.

Europa pagó con totalitarismos y nacionalismos la construcción de su democracia. Esta nació en Europa, pero su desarrollo fue muy complicado por las seculares tradiciones absolutistas -ideológicas y religiosas- heredadas del pasado. El término democracia, de hecho, era casi una blasfemia política al inicio del siglo XX: creyentes, liberales y socialistas la consideraban burguesa. Desde este punto de vista se podría decir que los dramas políticos de la Europa del siglo XX son consecuencia de lo restringido de su democracia inicial. La ampliación de la ciudadanía a los nuevos sujetos políticos emergentes provocó una reacción terrible de su contraparte. El temor que generó en ésta y las en ocasiones excesivas demandas de aquéllos, hizo que Europa se convirtiera en terreno de feroces combates políticos que sólo podrán ser superados hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

¿El surgimiento y la maduración de las dictaduras alemana y rusa se inscriben en este marco?

Estos fenómenos no pueden ser clasificados con etiquetas político-ideológicas sino analizados históricamente. ¿En una Rusia atrasada, que abolió la servidumbre de la gleba en 1861 podía surgir un socialismo sin problemas diversos? ¿En una Alemania, centro fundamental del medievo y con una estrecha relación imperio-Iglesia podía nacer un Estado democrático exento de problemas? Estos hechos explican en parte por qué el nazismo y el fascismo suben al poder por vías más o menos democráticas. Olvidar estos escenarios implicaría reducir a simples contraposiciones ideológicas los grandes contrastes políticos del siglo XX y disminuir el significado del mayor acontecimiento político del siglo pasado, la victoria de la democracia.

El gran suceso político de estos últimos 100 años de historia es, pues, la democracia.

Sin duda, pero hay que recordar que este gran suceso es el resultado de una lucha entre quienes juzgaban la democracia demasiado reducida y quienes la calificaban demasiado vasta. En Italia y Alemania triunfaron los segundos y en Francia e Inglaterra los primeros. Estos entendieron que mantener algunos privilegios sociales comportaba asimilar las demandas de los nuevos sujetos políticos a nivel institucional: el movimiento obrero en Inglaterra, surgido en 1830, no fue destruido y se convirtió en un estímulo para la expansión democrática pues en 1832, con su primera reforma electoral, este país amplió notablemente la representación política. En Italia, en la víspera de la Primera Guerra, el derecho a voto tocaba sólo a 9% de la ciudadanía. El hecho de enfrentar con la discusión política y no con la represión las nuevas demandas demostró que en Gran Bretaña existía una civilización más avanzada.

Después de la Segunda Guerra la democracia pudo expandirse hacia el Este europeo y muchas otras naciones, pero no fue así. ¿Por qué la izquierda tardó tanto en cuestionar lo antidemocrático y totalitario de los regímenes del ex bloque soviético?

El motivo profundo fue el fuerte economicismo presente en las culturas de izquierda y de derecha. En la primera mitad del siglo los liberales recurrieron al apoyo del totalitarismo para defender las estructuras capitalistas, como en Italia, donde el fascismo fue cooptado cuando era aún una fuerza política muy pequeña: el rey, un liberal, llamó al poder al líder de la derecha totalitaria, un hereje del socialismo. Esto da una imagen muy representativa de este economicismo que menosprecia los aspectos políticos para defender las estructuras tradicionales. Ante la conservación económica parecen caer todas las diferencias políticas y esto es también válido para la izquierda.

¿En qué medida la izquierda más avanzada entendió esta situación?

En una medida muy modesta como el mundo liberal. Winston Churchill, por los años 20, dijo que de vivir en Italia hubiera vestido la camisa negra de Mussolini. No es una frase sin sentido sino producto de una dificultad de interpretación histórico-política.

La izquierda y la derecha tampoco entendían bien lo que estaba sucediendo y por ello no tenían claro cuáles eran las líneas de desarrollo que proponían al mundo. El léxico político lo demuestra, ¿por qué los nazis se llaman nacional-socialistas?, ¿por qué Mussolini sale del partido socialista y construye un partido de extrema derecha? ¿Cómo explicar estos fenómenos? El problema es que era muy difícil ver los profundos nexos que ligaban estos movimientos con muy vastas tradiciones políticas europeas. Europa pagó esta confusión con los totalitarismos.

¿Pero la izquierda?

En su intención de aclarar estos problemas, también ésta se movió en el ámbito de la cultura economicista. Un famoso socialista francés decía: "El capitalismo lleva dentro de sí la guerra como las nubes la tempestad y los rayos", lo que indica la concepción fatalista que se tenía y la poco clara percepción que se tenía de la relación que existe entre las estructuras económicas y los hechos políticos. Sin embargo, es cierto que la dictadura leninista del proletariado presuponía un totalitarismo, pero habría que aclarar que el movimiento socialista no nació con Lenin y en la teoría de Marx ésta no ocupa una posición central. Antes del 48 Marx era un democrático, escribió apoyando la democracia. Con el fracaso de la revolución del 48 cambió su estrategia, le hizo sospechar que de no cambiar las estructuras económicas el mundo capitalista no cambiaría, no se abriría a la democracia. Esta visión equivocada se mantuvo en gran parte porque la política del llamado imperialismo chocaba con la democracia: los socialistas ingleses criticaron el capitalismo y la democracia porque su gobierno, democrático, sometía a sus colonias y desarrollaba una política imperialista. Esto se verá más claro en el Tercer Mundo que criticó la democracia formal porque mantiene intactas las desigualdades, la division rico-pobre.

La enésima crisis de izquierda mundial, en el inicio de los 80, coincide con el ascenso al poder de Reagan y de Margaret Thatcher, introductores del neoliberalismo económico. ¿La rápida maduración de este nuevo paradigma es imputable al fracaso de las economías planificadas, a la falta de libertades civiles y políticas en el mundo socialista y al fuerte cuestionamiento de la cientificidad del marxismo?

Sin lugar a dudas, pero el neoliberalismo económico no bajó del cielo. Está estrechamente vinculado con una profunda transformación económica del mundo, con el salto de la sociedad industrial a la postindustrial, una novedad extraordinaria que la izquierda no entendió y quizá aún no la entiende. La derecha la interpretó como una restauración del protoliberalismo, del laissez faire, laissez passer, cuando la construcción de la nueva sociedad exige no sólo una nueva flexibilidad en el trabajo y reglas más libres en el comercio sino también conciliar desarrollo con ocupación, que se ha convertido en el tema central en esta nueva fase social. Las preocupaciones de la derecha son los problemas de corto plazo: liberar las inversiones y las industrias de las excesivas cargas fiscales y de un trabajo manejable para aumentar la ocupación. Debo decir que esto último se ha conseguido en Estados Unidos e Inglaterra, pero ha empeorado las condiciones de vida de millones de personas. La izquierda se preocupa, por su parte, de los problemas de largo plazo con el fin de garantizar el desarrollo con una mejor calidad de vida. ¿Quién tiene razón? No es fácil decirlo y por ello los mundos del trabajo y del capital dan juicios completamente diversos al respecto.

¿Cómo se debe enfrentar este problema?

Para hacer una seria evaluación debemos considerar estos dos aspectos visto que la sociedad postindustrial pone en problemas de desregulación, pero también de nuevas reglas para la convivencia. ¿Quién las demanda con mayor fuerza? Los países que no han alcanzado el desarrollo e, indirectamente, los más avanzados que ya se preguntan si no es justo abolir la deuda exterior. Esto se ve difícil con las fórmulas neoliberalistas porque esta solución no forma parte de su lógica económica. El ingreso de China en la OMC, a sólo diez años de Tiananmen, demuestra que la fórmula económica sigue prevaleciendo sobre la política en Pekín, Washington y Europa.

"Europa pagó con totalitarismos
y nacionalismos la construcción
de su democracia"
Foto: Newsweek

¿Aceptar a ultranza el triunfo del modelo capitalista no significa aceptar, casi como una fatalidad, la inexistencia de alternativas a este sistema y su total independencia respecto del mundo social?

Cuando se habla del capitalismo parece aceptarse la idea que la economía se sostiene independientemente de las reglas políticas pero, ¿existen países capitalistas puros? Los capitalismos son diferentes de acuerdo con el tipo de relaciones políticas e institucionales en que se expresan. El modo de producción capitalista es sólo un aspecto de la producción social que lógicamente convive con otros, por ejemplo, con la producción de las decisiones políticas. Esto significa que para tratar los problemas económicos es necesario conjugarlos con temas institucionales y políticos. Sólo así es posible definir la bondad de un sistema económico. Los que esperaban que Rusia, cambiando su economía, se convertiría en un paraíso, se han llevado una sorpresa y lo mismo les sucede a los que exaltan el neoliberalismo quienes, muy a menundo, se encuentran con problemas que no se pueden resolver con el puro cálculo económico.

¿Al adoptar el modelo económico neoliberal, donde la igualdad social parece tener cabida, la izquierda no pone en cuestión sus valores tradicionales?

Lo importante al respecto es saber si esto es producto de una confusión o una necesidad de actualización y transformación política. No excluyo que exista confusión, pero creo sobre todo en una necesidad de transformación, pues frente a los nuevos fenómenos sociales surgidos con el salto a la sociedad postindustrial, muchos de sus presupuestos analíticos perdieron su capacidad científico-interpretativa. El ser humano logra en ocasiones percibir necesidades profundas y en otras llega sólo hasta un cierto punto. La ciencia, creo, debe hacer el resto.

¿Es posible ya hablar de una tercera vía dentro de la izquierda mundial?

La llamada tercera vía no está clara todavía porque el diagnóstico del cambio es aún insuficiente, cosa que hace difícil identificar la opción política a seguir. El problema de la sociedad globalizada, postindustrial e informatizada es que presenta aspectos y sujetos completamente nuevos. La fábrica, por ejemplo, está desapareciendo en los países más avanzados mientras que los estudios de los nuevos mecanismos de producción, estando sólo al inicio, ya muestran lo inadecuado de algunas indicaciones que daba la política clásica, como la contraposición entre trabajo manual e intelectual. Hoy es difícil encontrar un trabajo que no exija una formación. Estamos ante una revolución que aún no registra la centralidad de un nuevo factor del desarrollo: la cultura. Creo que sin cultura no existirá ni producción material ni productores materiales y esto podría hacer que el centro del conflicto social sea siempre menos la economía y más la política y la cultura, entendida ésta como conocimiento profundo de las cosas. Es una especie de venganza de las ideas sobre las cosas, de hecho las ideas viajan triunfantes vía Internet.

En este nuevo contexto, ¿cuál debería ser el objetivo de la izquierda que se está gestando?

Creo que debería preocuparse más de las consecuencias sociales que están teniendo las transformaciones en curso y sobre todo de la desocupación. La izquierda debería dar una respuesta eficaz a desregulaciones y despidos fáciles, ¿cómo vivirá tanta gente sin trabajo? Debe ocuparse de que estas consecuencias no sean insostenibles para una creciente masa de personas. La lógica del mundo liberal es diferente porque parece recuperar aquella añeja idea de que las élites son las que construyen el mundo.

"La izquierda debería dar una
respuesta a desrregularizaciones
y despidos fáciles"
Foto: Time

Si se acepta la idea de que hoy existe una homologación de los partidos en el mundo, la democracia no dejaría de ser un fin para convertirse en un simple e irrelevante medio.

Diría que si la cultura no cambia, la democracia podría ser vaciada de contenido. La cultura debe elevarse porque la política y las sociedades de hoy son más complejas, requieren de una mayor capacidad para escuchar, analizar y decidir. De no hacer funcionar el cerebro, la imagen y el carisma, muy ligados a la tv, nos harán sus rehenes. Yo no maldigo la tv, como Popper o Marcuse, porque con una mayor cultura tendremos un instrumento de autodefensa y de mejor elección. La fuerza de un movimiento y su capacidad de desarrollo, en una sociedad democrática, están cada vez más vinculadas a la capacidad de cultura que logre difundir. Antes la política tenía como base los intereses mientras que hoy, en el centro, se encuentra el interés más desinteresado, la cultura. La dignidad y la libertad son una consecuencia del crecimiento cultural.

En el comercio mundial, debido a la globalización, se trata como iguales a desiguales, ¿usted no ve en esto una injusticia?

Es cierto, pero es todavía más injusto seguir tratando desigualmente a quienes eran considerados desiguales en el colonialismo. La globalización, desde este punto de vista, es una crítica del retraso de las periferias, pero también una crítica de los privilegios de las metrópolis avanzadas. Es una nueva dimensión en la cual países atrasados pueden salir de su aislamiento. Corea del Sur, Malasia o Indonesia, por ejemplo, han entrado en la circulación mundial y alguno se ha convertido en una potencia productiva. Esto no significa que la globalización no presente formas de discriminación, pero éstas estaban presentes antes, con los altos aranceles aduaneros, por ejemplo. Aun así, no veo mal la globalización, pero es necesaria una mayor regulación del comercio y de las finanzas internacionales.

Qué puede decir a los excluidos, llámense personas o naciones, hoy incapaces de enfrentar el gran reto de sociedad postindustrial globalizada.

Una exigencia de la globalización es la de no globalizar los problemas, éstos deben diferenciarse de acuerdo con la historia de cada país. La construcción de los Estados meganacionales, como la Unión Europea, no significa cancelar la soberanía nacional como valor pues ésta, por ejemplo, sigue siendo importante para palestinos, israelitas y muchos otros pueblos. La globalización no significa, pues, hacer evaluaciones indiferenciadas de los problemas y tampoco tratar en forma igual a todos. Las naciones que aún no han llegado a la formación de su Estado nacional o al total desarrollo tienen el derecho de defender su soberanía, pero aun así, en este proceso de globalización, deberán consignar un trozo de soberanía nacional a la ONU

Jorge Gutiérrez Chávez es periodista mexicano, radica en Roma.

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