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textos La UNAM ya no es la misma
Cristina Puga
A un año de haberse iniciado el conflicto que la paralizó durante meses, la UNAM recupera, no sin dificultades, la normalidad cotidiana de su vida académica. Los estudiantes asisten regularmente a clases; la investigación se reanuda en los cubículos y laboratorios; conciertos, conferencias y funciones de cine reaparecen en sus espacios acostumbrados. La Universidad, sin embargo, dista de ser la misma. Junto con la lenta cicatrización de las heridas, la comunidad universitaria está consciente de que su institución requiere de un cambio profundo y significativo. Muchas opiniones se han vertido al respecto. Para algunos, el énfasis deberá estar en la reforma profunda de las estructuras de gobierno de la Universidad, diseñadas, en tiempos autoritarios, para una institución más pequeña. Otros consideran que el cambio debe darse justamente en la dimensión de nuestra casa de estudios que, bien deberá recortarse en unidades más reducidas y manejables, bien caminar hacia un esquema federado con mayor autonomía de cada una de las entidades. Muchos universitarios pensamos que al mismo tiempo habría que replantearse el carácter de los diferentes niveles educativos que ofrece la Universidad y la revisión de las tareas del personal académico para caminar hacia un nuevo modelo donde la docencia y la investigación se vinculen de manera más permanente y creativa y donde el estudiante pueda afianzar conocimientos básicos y elaborar su currículum con mayor flexibilidad, de acuerdo con la infinidad de alternativas que la propia Universidad ofrece. El cambio necesario requerirá de la presencia activa y propositiva de toda la comunidad universitaria. El plebiscito de enero fue la primera demostración de que a pesar de escepticismos previos, posiciones diversas lograban un acuerdo justamente en el Congreso y en la promesa del cambio que el mismo encierra. Profesores, investigadores, estudiantes y trabajadores desean aportar su experiencia y su imaginación en la solución de los problemas y la construcción de una nueva universidad pública más fuerte y orientada al futuro. Por eso es lamentable que precisamente del Consejo General de Huelga, promotor inicial de la idea del Congreso, surja hoy la principal oposición al mismo. Es explicable que un grupo que se ha manifestado como inamovible en sus convicciones y que ha planteado la solución total a sus demandas como condición previa del diálogo, se resista a un espacio que le obligará a escuchar al conjunto de la comunidad y, eventualmente, a aceptar alternativas distintas a las imaginadas por sus integrantes en torno a la Universidad. Pero si algo ha demostrado el actual conflicto es que con posiciones obstinadas y maximalistas no se avanza en el cambio ni en la solución de los problemas. Todo movimiento social cree en la validez de sus propuestas y en la pertinencia histórica de su lucha. No hacerlo sería negarse a sí mismo como movimiento. Pero el CGH no se da cuenta de que, con el tiempo, muchas de esas demandas se convirtieron en la oferta de las autoridades. El reglamento de pagos está suspendido, como lo está también la relación con el Ceneval. La organización del "congreso resolutivo" está en marcha y los semestres perdidos están en vías de recuperarse. La mayoría de los estudiantes han sido liberados y las demandas retiradas. Sin duda, el CGH está obligado a defender una filosofía que orienta su acción, pero cuando no valora como conquistas los resultados obtenidos, pierde legitimidad como movimiento social y traiciona a quienes han creído en sus planteamientos. Al aceptar al CGH como interlocutor la rectoría reconoce su vocación de movimiento social y otorga legitimidad a sus demandas. Ello obliga al CGH a establecer un diálogo verdadero en el cual se recupere el verdadero sentido de un concepto que en los últimos meses se ha gastado hasta volverse vacío de significado. Diálogo debe ser entendido como conversación entre dos o más partes; como búsqueda de una síntesis dialéctica que surja de la contraposición de argumentos distintos que se escuchan, se evalúan y se transforman en el proceso; como intercambio creativo y no como juicio de Dios donde la verdad se impondrá a partir de la derrota total del adversario. Llevar a cabo un diálogo auténtico y extraer del mismo soluciones satisfactorias para ambos lados será el primer paso de una nueva etapa en la cual, necesariamente, el CGH deberá compartir ideas y espacios con otros interlocutores que hoy demandan su derecho a participar en la transformación de la UNAM Cristina Puga es maestra en Ciencia Política y actual coordinadora del Consejo Académico del Area de las Ciencias Sociales en la UNAM. |
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