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Bolivia: ¿eterno retorno?

Susana Mallo Reynal

Foto: El País

"El amor, el poder, la guerra: en eso consiste la verdad de la vida. Pues bien, fue en el Chaco, lugar sin vida, donde Bolivia fue a preguntar en qué consistía su vida. La guerra con Paraguay es el punto de partida del país moderno, guerra colonial sin sentido en la cual, entre 1932 y 1935, Bolivia perdió sus costas oceánicas y las tres cuartas partes del territorio chaqueño. La cesión a Brasil del Arce Amazónico completó el desmembramiento del país.

El sentimiento de frustración familiar que produjeron estas derrotas abrió paso a un fuerte impulso reformista y antiimperialista. Surge, al lado de las izquierdas sindicales y campesinas, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), de larga historia de lucha. En 1952 una insurrección popular derrotó al ejército en las calles y llevó al gobierno a Víctor Paz Estenssoro, y Hernán Siles Zuazo después. La revolución boliviana nacionalizó las minas de estaño, decretó la reforma agraria y estableció el voto universal. Se organizaron milicias obreras y campesinas y conjuntamente con la Central Obrera Boliviana (COB) ejercieron el llamado cogobierno en forma conjunta con el MNR.

Al fracaso de este intento de gobierno nacional y popular, le siguieron sucesivos cuartelazos que pulverizaron los intentos de instaurar un sistema democrático en el país.

A partir de 1995, el gobierno ultraliberal de Gonzalo Sánchez de Losada determinó una sucesión de huelgas que condujeron a la declaración del Estado de sitio con poderes especiales para el ejército y la policía, toque de queda y prohibición de reuniones públicas; en ese momento fueron encarcelados más de 100 dirigentes.

Sin embargo, Bolivia, país complejo, recomienza una y otra vez el camino de la lucha que hoy desemboca en la cólera popular, estallidos que comienzan en Cochabamba (a 410 kilómetros de La Paz) y se expanden hacia las comarcas aymaras de Achacachí y Batallas.

La revuelta se produjo cuando el Consorcio Internacional Aguas de Tunair, que encabeza la empresa International Water Ltd., pretendió imponer un aumento de 30% en las tarifas de provisión de agua. La agitación social degeneró en cruentos enfrentamientos entre las fuerzas públicas y los campesinos, quienes ocuparon la plaza central de la ciudad.

Hugo Bánzer, actual presidente constitucional, ex dictador que derrocó en 1971 el gobierno del general Juan José Torres, decretó el Estado de sitio, medida ineficaz que aceleró la espiral de violencia. Los campesinos dirigidos por la aguerrida Confederación Sindical Unica de Trabajadores y Campesinos de Bolivia bloquearon carreteras con piedras y troncos y alrededor de diez mil indígenas, armados con palos y machetes, dieron la batalla que costó seis muertos, 60 heridos y numerosos detenidos.

El gobierno cedió a las demandas de los huelguistas: el abandono del proyecto para privatizar el suministro de agua y que ésta continúe siendo gratuita para los campesinos.

Lo vital de este líquido en las secas zonas del altiplano boliviano hace innecesarias otras explicaciones. Queda pendiente aún la segunda demanda: levantar el Estado de sitio, medida inoportuna e ineficaz que evidencia la aguda crisis que arrasa al país y el fracaso del gobierno a la hora de reducir la miseria en que vive la gran mayoría de los bolivianos. Los planes antipobreza y de reactivación económica no han mitigado el mal perpetuo y hasta ahora insuperable del país más pobre de Sudamérica.

El hastío por la falta de soluciones de quienes bregan a diario contra la escasez, torna irrelevante la declaración del Estado de sitio. En esta situación, tampoco ayuda la falta de iniciativa de los partidos tradicionales y la, hasta ahora, frágil coalición de gobierno que amenaza estallar en fragmentos ante las enzarzadas peleas intestinas.

La respuesta de gran parte de la sociedad civil ha sido el apoyo a los campesinos; se han unido maestros, estudiantes, gremios y agrupaciones cívicas sobre todo de Santa Cruz, la zona más pujante del país, donde las organizaciones de la pequeña industria y cooperativas nuevas brindan una base sólida para el apoyo de demandas sociales.

En Bolivia, el mito del "eterno retorno" es una realidad; la violencia, la demanda desesperada, regresan siempre. Como dijo René Zavaleta: "Es como si solamente allá la historia hubiera perdido su propia rutina y no hay duda de que entonces, sólo entonces, aprendieron los bolivianos que el poder es algo por lo que se debe matar y morir"(1)

 

Nota

1 René Zavaleta Mercado, "Consideraciones sobre la historia de Bolivia", en González Casanona en América Latina, historia de medio siglo, México, Siglo XXI, 1988.

Susana Mallo Reynal es profesora-investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Uruguay.

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