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en la red
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el navegante En gustos se rompen géneros
Julieta García González
Hace unos días visité la página de los condenados a muerte del estado de Texas. De hecho, la página de la "última cena" de los condenados a muerte. Uno puede navegar por Internet y saber qué cenaron los texanos condenados justo antes de que los mataran. Hamburguesas, papas y malteada o helado han sido, según la página, las cenas más solicitadas históricamente. En la página -Texas Department of Justice (en la sección "Final Meal Request" en www.tdcj.state.tx.us/stat/finalmeals.htm)- se puede saber qué crimen cometió el convicto, su raza, su edad, su historial, su estatus académico y sus condiciones sociales. Después de un rato de navegación no pude evitar preguntarme por qué diablos estaba viendo esa página, por qué me había metido a averiguar si aquel condenado a muerte (posiblemente ya ejecutado) había decidido ayunar en lugar de pedir una opípara cena... La razón es más que obvia: porque esa página existe. La respuesta, aunque sencilla, entraña una complicación; es decir, implica que en Internet puede haber cualquier cosa. Lo más extraño, lo más bizarro, lo menos constructivo y lo más desagradable convive en un mismo espacio con lo innovador, lo propositivo, lo interesante y lo agradable. No hay quién controle la calidad de los productos que suben a Internet. Aunque hay asociaciones que vigilan la circulación de pornografía infantil, de correos sospechosos y de videos supuestamente snuff, la verdad es que ningún filtro será tan efectivo como el que impone la autocensura (o la censura) que funciona en los otros medios electrónicos. Quien tenga las posibilidades de poner una página en la red tendrá facultades de editor y productor, de autor y analista. Las instituciones de todo tipo eligen qué es lo que pondrán en línea, incluyendo la fotografía de las personas condenadas a muerte y su última cena. De hecho, ni siquiera las distintas instituciones gubernamentales de nuestro país tienen los mismos criterios editoriales para sus páginas. La red acoge por igual cualquier tema y cualquier ángulo. El único filtro posible es el que otorgan los cibernautas. Sus clicks apoyarán más a unos que a otros. Bajarán más algunas páginas que otras. Pero es un filtro engañoso que no nos habla necesariamente de la calidad de los productos, no sólo porque en gustos se rompen géneros, sino porque los gustos de los cibernautas suelen diferir de las preferencias del teleauditorio o del gusto de los radioescuchas y porque dichos gustos no son, necesariamente, un reflejo transparente de la calidad. No porque una página de noticias tenga un sinnúmero de clicks querrá decir que es mejor que otra. El asunto de las preferencias, los gustos y la calidad suele ser un terreno pantanoso inclusive en los medios electrónicos más viejos y en la prensa, pero en el ciberespacio parece más evidente que se está buceando en aguas turbias. Esta falta de control es también uno de los atractivos de Internet y tal vez una de sus características que pueden resultar más desconcertantes. ¿A quién pertenece la red? ¿Quién podría dominarla, regular su contenido para siempre y en todos los aspectos? Seguramente muchos gobiernos querrían tener el control, pero es poco probable que por el momento se pueda lograr. Los cibernautas están acostumbrados a ver las rarezas menos imaginadas en su pantalla (para muestra: Weirdness en http://crash.ihug.co.nz/~ali/weird.htm), o las cosas más convencionales y sencillas que, subidas a Web, parecen algo más bien exótico (un botón: Dog Food & Treat Recipes, recetas para hacer comida de perros en http://soar.berkeley.edu/recipes/dog). Internet sigue siendo una herramienta nueva: nadie sabe muy bien qué hacer con tanta información, cómo medir la calidad de las páginas, cuál es el gusto de los cibernautas o cómo interesar al común de los mortales en ese mar de páginas personales o institucionales. Tal vez nunca había sido más real aquello de que en gustos se rompen géneros, ni más claro el hecho de que nadie sabe qué hacer al respecto Julieta García González estudió Letras Hispánicas en la UNAM. |
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