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difusiones Sacrificio azteca
Francisco Báez Rodríguez
Algunos antropólogos afirman que durante el imperio azteca, cuando a algún pochteca (alto comerciante) le tocaba ser sacrificado, tenía la posibilidad de que el sacrificio fuera una pantomima. El haría los movimientos rituales, pero su corazón no sería arrancado por el sumo sacerdote. Como los dioses requieren sangre, de todos modos habría una "tuna del águila" en las manos del oficiante: el corazón sangrante de un esclavo que fungía como sustituto del pochteca. Esa imagen se me viene a la mente en el caso Stanley. Resulta que Televisión Azteca -y, en medida ligeramente menor, Televisa-, hicieron un escándalo el 7 de junio pasado cuando el conductor fue asesinado. Ese escándalo, centrado en la inseguridad que se vive en la ciudad de México, fue coronado por un discurso del presidente de Azteca, Ricardo Salinas Pliego, en el que incluso criticaba la utilidad de la democracia "cuando no hay autoridad". Esa autoridad era, en la ciudad, Cuauhtémoc Cárdenas. Y en un día perdió 25 puntos de una popularidad que ya iba en merma. En otras palabras, Salinas Pliego cometió el pecado capital de hundir al hijo del Tata, aunque fuera por unos días (los eventos traumáticos suelen tener un "efecto burbuja" en la opinión pública: pocas veces provocan cambios duraderos en ella). De inmediato se convirtió en el enemigo de los defensores a ultranza del líder moral del perredismo. El hecho de que Stanley fuera adicto a la cocaína ayudó al procurador Del Villar a conseguir, a través de una investigación veloz, los "esclavos" que sirvieran de víctimas propiciatorias. Ahí está, por ejemplo, Paola Durante, a pesar de las atendibles denuncias de la Comisión de Derechos Humanos del DF. Luego vinieron los llamados a Garralda y Sánchez Carrillo, por supuesta obstrucción a la averiguación previa. Ahora, tras la retractación del testigo clave del caso, el ataque político-legal-propagandístico se dirige directamente al corazón de Azteca. No era por casualidad que los antiguos aztecas (me refiero a los verdaderos, no a quienes vendieron la televisora) permitieran a los pochtecas usar a sucedáneos humanos. Los altos comerciantes tienen un poder y una influencia que trasciende en el tiempo al de los políticos comunes y corrientes (porque los empresarios, y más todavía los de los medios de comunicación, hacen política aunque no quieran, mucha política y transexenal). Por más que le mueva, Del Villar no va a poder quitarle una concesión firme a los dueños de Azteca. Va a lograr, en cambio, echarse una fiera encima, por más que ésta, de momento, prefiera la prudencia ante el poder del procurador. Por la boca ¿muere? el pez Unas palabras excesivas le han costado a Salinas Pliego fuertes dolores de cabeza. No es el único. Lo acompaña Adal Ramones. O al menos eso parece. En su intento por cimentarse como el Loco Valdés del nuevo Azcárraga, Ramones quiso quedar bien con un sketch en el que hacía escarnio de los conductores de noticias que dejaron Televisa. Pintó a Jacobo Zabludovsky como un viejo (algo estorboso) que les enseñó a "ir por la chuleta"; a Abraham como un borracho al que le tuvieron que poner una computadora enfrente para salvarse de su aliento y a Ortega Ruiz como un hostigador sexual con suerte entre las reporteras. Terminó pintándose solito como un mal compañero de trabajo. Era previsible que descripciones tan fuertes provocaran preocupación en la empresa. ¿Había habido línea para ello? Azcárraga Jean se encargó de hacer ver que Ramones se había ido por la superlibre y el conductor se tuvo que echar ceniza. Hubo de pedir perdón públicamente, primero; hacerlo después ante los indignados miembros del equipo de noticias (especialmente las reporteras); rogar porque los afectados le tomaran sus llamadas de disculpa y, finalmente, hacer el mea culpa en cadena nacional. Viendo las cosas con un poco de perspectiva, a Ramones le fue leve habiéndose saltado las trancas de manera tan brutal, Azcárraga logró evitar que las tensiones con el equipo de noticias se hicieran inmanejables y es menos probable que nunca que alguno de los tres conductores ofendidos regrese a Televisa. En el billar lo llaman carambola de tres bandas Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica. |
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