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Carpentier: utopía de la palabra

Antonio Tenorio Muñoz Cota

Alejo Carpentier, dueño de una portentosa prosa, murió el 24 de abril de 1980. Como rescate del laberinto de la memoria ofrecemos a los lectores este texto de Antonio Tenorio Muñoz Cota, como homenaje al autor de Concierto barroco.

 

Carpentier en París, 1973

Epica del espacio; utopía de la palabra. Arquitectura y música; literatura y pensamiento; tiempo y espacio: posibilidad de ser: sucesión, orden en el abigarramiento. La obra de Alejo Carpentier se despliega en la comprensión de que el deseo es simultáneo: se añora todo, ya; la (d)escritura del mundo, se sabe, es sucesiva, queda el artificio de la sobreposición, lo ilusorio, la (con)fusión de lo barroco.

Peregrino de este anhelo, el siglo carpenteriano ve la luz el 26 de diciembre de 1904 en La Habana. Hijo de padre francés y madre rusa, Carpentier supo pronto y de cerca sobre el destino inexorable del continente americano a ser-representar el espacio de lo nuevo: Jorge Julián Carpentier, su padre, arquitecto, abandonó lo viejo: Europa, para embarcarse en la tarea de edificar el porvenir: América. Su madre, Lina Valmont, era, además de profesora de idiomas, pianista, mientras su padre tocaba el violoncello. La familia, esa "nuez" de la semilla, habría de ser el centro de la formación primera de Carpentier: arquitectura, música y primeras lecturas europeas. Pero había más: las ideas, qué era lo decadente, qué lo nuevo, cuál era el sentido de todo aquel esfuerzo por hacer(se) de un lugar en el mundo.

En 1920, Carpentier se prepara para ingresar a la Universidad de La Habana a estudiar arquitectura, que abandona en 1922 para dedicarse al periodismo. Un año más tarde se encuentra con lo que en la época se nombró como el "Grupo minorista", fundado por Juan Marinello, Jorge Mañach, Mariano Brull: de ellos y el grupo, tiempo adelante Carpentier describiría bajo la imagen de su convencimiento de que a la transformación artística -habla de las vanguardias europeas de los 20- se imponía la transformación de la sociedad. Esta aspiración tendría, en 1927, su expresión en el manifiesto del 27 de mayo: "Por un arte vernáculo y, en general, por el arte nuevo en sus diversas manifestaciones; por la introducción y vulgarización en Cuba de las últimas doctrinas teóricas y prácticas, artísticas y científicas". La labor periodística de Carpentier continuaría durante toda su vida, que abarca de 1922 hasta su regreso definitivo a Cuba.

En libros como Ecué-Yamba-Ó el El reino de este mundo se recogerá el peso que en el imaginario de la cultura cubana tiene hasta hoy la cultura de la negritud.

Su primera incursión a Europa deriva, justamente, de su militancia política. Desterrado, el joven Carpentier pasa por el París de Montparnasse y luego al lado de Alberti, Paz, Tristan Tzara, Neruda, Vallejo..., por el mítico Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en plena guerra civil española, en 1937. Dos años más tarde, regresa a Cuba. Son esos los años en los que se dedica a recoger materiales y preparar su volumen La música en Cuba, publicado en México en 1946. También dan cuenta de su pasión por la música Concierto barroco y Consagración de la primavera.

De regreso en su patria, Carpentier encuentra en la creación literaria la posibilidad, al fin, de fundir sus múltiples mundos interiores: construir un mundo, jugar con la musicalidad de las palabras, explorar la voz de la identidad , imponer lo nuevo, añorar lo que se tendrá, asir la realidad propia, nombrarse y nombrar el mundo. Con esta última palabra comienza a idear su segunda novela El reino de este mundo (1949). Producto de un viaje a Haití donde se entera de la vida del monarca negro de principios del siglo XIX, Henri Christophe, rey de una corte que (con)fundía los hábitos franceses con las encarnaciones de legendarios antecesores africanos. Carpentier moldea este material histórico de tal manera que la exuberancia de la palabra se torna en el sostenimiento de un mundo textual en el cual la abstracción y el despliegue analógico de una idea del mundo ocupan el lugar preponderante, por encima del folclor o la anécdota.

Carpentier no se queda mucho en Cuba, aunque de esta época es la celebérrima narración "Viaje a la semilla". Entre 1945 y 1959 se establece en Venezuela. En este lugar el escritor creyó encontrar un compendio de la historia americana, de sus taras y repeticiones neuróticas, de su grandeza anunciada-anhelada. Allí concibió y maduró: El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El acoso, Guerra del tiempo y El siglo de las luces.

En 1959, tras el triunfo de Fidel Castro, Carpentier hace un breve viaje a La Habana para luego retornar definitivamente. Aunque ese regreso significara no estar en la isla. Es nombrado embajador cultural itinerante, viaja por el mundo y recibe múltiples reconocimientos, entre otros, el Premio Cervantes en 1977.

Indagar sobre el hombre, su espacio, su tiempo, su condición. A su tarea como narrador debe destacarse, sin duda, su no menor colaboración con el mundo del pensamiento. A él se deben las primeras formulaciones sobre lo "real maravilloso" en contrapunto con la idea del "realismo mágico".

Entre un contexto telúrico y un contexto épico político, Alejo Carpentier se impuso la exploración de estas dos formas del ser latinoamericano: la sospecha confirmada de la grandeza de la naturaleza a conquistar, y los hechos humanos, confusos y abigarrados, de este ilusorio sometimiento. Convergen en él, con ímpetu similar, el llamado imperioso de lo nuevo con el reiterado propósito de volver a la Itaca escritural: al trazo de las fronteras de esa geografía de lo escrito que ha dado forma a la idea de América y lo americano. Marcar un espacio, construirlo, edificar sus límites y crear, en su interior, un lenguaje de objetos, simetrías y materiales: darle consistencia, hacerlo venir desde la memoria del anhelo

Antonio Tenorio Muñoz Cota es ensayista y narrador. Su libro más reciente es Más breve que una vida.

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