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puros cuentos Vivos y muertos
Saúl Toledo Ramos
Esther tenía el sueño muy ligero. Fue por ello que esa noche, mientras dormía, sintió claramente que alguien se sentaba en su cama, exactamente en la esquina izquierda, a un lado de sus pies. Abrió los ojos y sí, efectivamente vio a alguien. No le veía el rostro porque estaba de espaldas, y a decir verdad, ni siquiera estaba en condiciones de acertar si era hombre o mujer, veía una silueta pero la escasa luz le impedía definir de quién se trataba. Pero lo peor no era eso, sino que ella era la única habitante de ese departamento. Iba a prender la luz, pero pensó que podría ocurrir una tragedia, así que se abstuvo. Supo que se trataba de un aparecido, uno de esos que poblaban las leyendas e historias que sus mayores le contaban cuando era niña. Pero algo tenía que hacer y lo único que se le ocurrió fue encender la radio que tenía sobre el buró. Sentía miedo pero buscó música estridente y el escándalo la calmó un poco. Se decía a ella misma que sufría de una alucinación, se tallaba los ojos y los entornaba en busca de una mejor definición. Nada. De lo único que estaba convencida era de que eso seguía ahí. No pudo volver a dormir el resto de la noche. Lo que veía se diluyó a medida que clareaba la luz de la mañana. Cuando Esther abandonó la cama recordó algo que había escuchado hace muchos años: que eran más de temer los vivos que los muertos, y por si fuera poco, que la mayoría de las veces los difuntos buscan a los vivos para señalarles lugares donde dejaron dineros escondidos. Aunque no durmió, permaneció un rato muy largo en el lecho y se puso de pie cuando faltaban 17 minutos con 22 segundos para las 13 horas. La noche anterior había sido mala. Los pocos clientes que llegaron le fueron ganados por otras compañeras o por travestis, los cuales eran muy desleales al oficio, pues con tal de tener a quién ofrecer sus servicios abarataban el costo del trabajo. Ella misma lo decía, el negocio estaba muy competido. Además, ya andaba cerca de los treinta, las chavitas de entre 15 y 18 años eran más solicitadas que las que ya habían pasado de los 25. Esto provocaba que ella y otras que andaban por su edad tuvieran que ceder ciertas cosas con tal de mantenerse vigentes. Así que Esther tenía que hacer algunos sacrificios físicos y económicos. Hacía ejercicio y estaba en dieta constante para conservar su imagen; asimismo, gastaba mucho dinero en salones de belleza y estéticas para mantener su apariencia general en condiciones óptimas, únicamente así lograba que siguieran solicitándola. Para esa noche eligió la ropa interior más fina y cara que tenía, seda y encajes blancos; la tanga cubría apenas lo indispensable y las copas del sostén terminaban una uña arriba de los pezones. Sabía que estas prendas motivaban a los clientes a aportar propinas adicionales al estricto cobro por sus servicios. Ligueros y medias completaron el ajuar interior y un vaporoso vestido rojo, que discretamente mostraba sus curvos atributos, y unas zapatillas negras de tacón de aguja fueron el resto del atuendo. Esther olvidó los acontecimientos de la noche y, sintiéndose segura, sonriendo frente al espejo, pintó sus labios de un carmín encendido que hacía juego con su vestido. Tenía el presentimiento de que su suerte mejoraría. No bien había llegado a su zona de costumbre un auto se detuvo frente a ella. Se inclinó a la ventanilla para ver al cliente y para que al mismo tiempo él admirara su escote. Rápidamente hicieron arreglo y ella abordó el vehículo. Era un tipo de aspecto yuppie, de unos cuarenta años, flaco y de piel muy pálida, tenía los ojos claros muy hundidos en el rostro, casi perdidos entre la amplia frente y la nariz; sus labios eran delgados y parecía como si se hubiera aplicado algo en ellos pues tenían un brillo del que carecía el resto de la cara. El cuello se perdía en los pliegues de una camisa verde oscuro. Esther sabía que hay dos tipos de hombres: los que preferían a mujeres inteligentes y de plática intelectual y los que desean que ellas sean bobas pero que tengan cuerpos de proporciones generosas. Este parecía de los primeros, sin embargo, los intentos que hizo Esther para entablar conversación con él fueron infructuosos, se topó con monosílabos y la mayor parte del tiempo con silencio. Una de las primeras cosas que a ella le gustaba saber de sus clientes era el nombre; tuteándose había más confianza y las cosas marchaban por rumbos mejores. No obstante, de este amigo lo único que obtuvo fue un apodo: "Todos me conocen como el Víbora", dijo y no hubo más palabras. El departamento de el Víbora estaba en un edificio elegante y muy iluminado, había sido decorado con sobriedad y buen gusto, lo que indicó a Esther que este individuo estaba acostumbrado a las buenas cosas de la vida y que se las podía pagar. Esto último le produjo un cierto orgullo, pues consideró que estaba siendo adquirida como un artículo de lujo y que no todos tendrían lo suficiente para comprarla. Hubo tiempo apenas para nada. El Víbora, silencioso como siempre, le desgarró el vestido, lo hizo jirones en cosa de segundos y empezó a lastimarla. Los golpes le caían a Esther por todos lados, intentó cubrirse y recordó que ya anteriormente había vivido dos situaciones parecidas de las cuales había salido bien librada. Para escapar tenía que defenderse, corrió, manoteó, tiró mordidas e intentó golpear al agresor con algún objeto que sus manos encontraron, pero el Víbora era ágil y fuerte a pesar de su delgadez, esquivaba victorioso todo lo que venía de Esther. A pesar de todo, las uñas de ella alcanzaron el rostro enjuto del hombre, pero al parecer el dolor lo enardeció aún más. La tiró sobre una cama y de algún lugar extrajo un gancho metálico, de esos que sirven para colgar ropa y con él la golpeó despiadadamente, vació con ella todas sus fuerzas. El Víbora hacía un escándalo demencial, además del ruido natural de los golpes, aullaba, gritaba y lanzaba largas letanías de incoherencias y chasquidos semejantes a los que hacen las serpientes. Esther perdía sus energías pero no la conciencia, esperaba que de un momento a otro alguien entrara a auxiliarla, no era posible que no se hubiera escuchado tal alboroto; pero pasaron quién sabe cuántos minutos y nadie vino. Pudo aún ver que la sangre cálida que manaba de las heridas que le habían desfigurado la piel, teñía de un color intenso su fina y cara ropa de seda y encaje blancos. El silencio se hizo inmenso, pesado. Esther tenía frío y miedo pero esos sentimientos desaparecieron cuando, a los pies de la cama, del lado izquierdo, sintió que alguien se sentaba. Creyó que era el Víbora, pero no era así, era la misma alucinación de la noche anterior, la misma imagen, la misma silueta. Esther se sintió ligera y reconfortada. Esta vez, eso que estaba sentado a sus pies volvió el rostro y Esther vio que no tenía una faz sino cientos. Vio las caras de sus padres muertos en aquel accidente, las de sus hermanos a quienes nunca volvió a ver luego de que supieron a qué se dedicaba. El dolor de su cuerpo se fue haciendo tenue, un hormigueo exquisito la adormecía placenteramente. Flotaba. Hubo más rostros: amigas idas, novios infieles, familiares cercanos y lejanos. En un instante innumerables caras de personas con las que había cruzado su vida. Esther sonreía porque muchos recuerdos gratos llegaban a su mente. Le quedaban muy pocas fuerzas. Su fina y cara ropa interior era ya de un color rojo encendido y goteaba un espeso líquido que se esparcía por todos lados. Pero Esther ya no tenía ojos para eso, su mirada estaba fija en los rostros que iban y venían creándole un caleidoscopio que incluía además palabras, olores y sabores del pasado, de lo que había sucedido anteriormente, de toda su vida. El recorrido fue vertiginoso y se detuvo cuando apareció la cara de el Víbora que sonreía burlonamente con sus finos y brillantes labios. Entonces Esther cerró los ojos y también vio su faz, la cual se sumergía en un abismo infinito Saúl Toledo Ramos estudió Ciencias de la Comunicación en la FCPyS de la UNAM. |
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