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¿Cómo funciona
el crecimiento?

Maribel Ramírez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El problema de la pobreza es político

Ricardo Becerra

Foto: Alfredo Estrella

"La situación social de América Latina es un escándalo". Así comienza un trabajo reciente de Guillermo O`Donell (y no es para menos), vea usted:

° En 1980, 38% de los latinoamericanos vivía en condiciones de miseria.

° En 1990, después del vía crucis que significó el ajuste económico, era ya 46%.

° En el año 2000, según datos frescos de la CEPAL, la cantidad de miserables ronda los 224 millones de personas, es decir, 43.9% del total (cifras preliminares).

Estamos hablando de un auténtico desastre social: luego de 18 años de que estallara la crisis de la deuda; luego de casi dos décadas de recambio del modelo económico, América Latina no ha logrado regresar a los niveles de pobreza e indigencia que tenía antes de 1982.

En el trayecto el subcontinente se ha embarcado en múltiples tareas: sanear sus finanzas públicas; privatizar empresas; liberar su comercio; incorporarse a los torrentes tecnológicos y financieros de la globalización; reconvertirse a la democracia, todo eso y más. Pero no ha hecho el esfuerzo necesario para solucionar la pobreza de 224 millones de personas.

Por obsesión de nuestras élites políticas e intelectuales hemos creído que el problema principal del país era el desmantelamiento del Estado proteccionista, populista y autoritario o que con el advenimiento de la democracia se solucionaría todo lo demás, pero no; el problema central es la pobreza: un inmenso continente humano sin servicios esenciales y sin ingreso, sin educación y sin empleo, sin oportunidades y sin capacidades para salir de su condición precaria y lastimosa.

En la reunión número 28 de la CEPAL se consignó la misma preocupación: los años 90 significaron el regreso del crecimiento económico, pero de un crecimiento errático y, sobre todo, de un crecimiento que no distribuye la riqueza, que tiende a generar circuitos modernos, conectados con la dinámica mundial, pero productor, al mismo tiempo, de enormes bolsones de miseria. Y algo más: ni siquiera ese tipo de crecimiento económico está más o menos garantizado. Calcula la CEPAL que es necesario un crecimiento promedio de 6% al año para que en el 2010 podamos recuperar la posición tecnológica y el Estado social de 1980. Pero resulta que en los 90 tuvimos un crecimiento que representa solamente la mitad: entre 3 y 3.5%. A ese paso, nos iremos hasta el 2025 ¡para estar en la posición de 40 años antes!

Así que -señores candidatos- la evidencia de una década indica que el crecimiento económico no nos traerá justicia social, se debe hablar de políticas públicas, indispensables para remover nuestra miseria: control demográfico, generación de empleos, gasto social sostenido en educación, salud y servicios básicos sin que los tropezones de la globalización bloqueen o pospongan las tareas.

Mientras las clases medias, las élites políticas y los millonarios mexicanos han tenido instrumentos políticos para preservar la tajada de riqueza nacional, los pobres no han encontrado sus vehículos de representación: ni en los partidos ni en sindicatos ni en las organizaciones sociales.

No requerimos corporaciones burocráticas, vanguardias ideologizadas, líderes providenciales o guerrillas mesiánicas que vengan a hablar en nombre de los pobres; la historia de Latinoamérica está llena de esas criaturas que se abrogan la representación; necesitamos en cambio un ambiente favorable a la organización política (y democrática), las palancas organizadas de la pobreza misma. Bien lo sabe el historiador inglés Eric Hobsbawm: "No hay política ni teoría económica que sustituya el efecto redistributivo de las clases pobres que se organizan... para reclamar, decidir y negociar la riqueza social". Esa es la tarea -histórica- de la socialdemocracia, ¿existe en México?; todavía no lo sabemos, pero mientras no la tengamos, la pobreza crecerá, acompañando y amenazando a todo lo demás

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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