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UNAM
La crisis interminable

Pablo Hiriart

Foto: Contraluz

Pocas carencias de este gobierno han sido tan evidentes como su dificultad para manejar los tiempos políticos. Esa es la razón por la cual a veces amanecemos con un problema y nos dormimos con una crisis.

Sabia virtud de conocer el tiempo, decía Renato Leduc. Y cuánta razón tenía no sólo para las cosas personales de cada quien a las que él ser refería, sino también en política. Hoy padecemos problemas graves como sociedad, que no los tendríamos si se hubiera actuado a tiempo.

El de la Universidad Nacional es un ejemplo de ello. Ahí se dejó crecer un conflicto que se prolongó por casi diez meses, y en la actualidad estamos pagando el precio de esa displicencia ante los problemas. La toma de la UNAM, que inició por el incremento de cuotas, se pudo haber resuelto de dos maneras: uno, si hubieran retirado la propuesta del nuevo reglamento de pagos en las primeras semanas de huelga. Pero se esperaron más de medio año para hacerlo, cuando el conflicto ya se había trabado y estaban en juego otro tipo de demandas que iban más allá de las cuotas. Y segundo, si no querían dar marcha atrás en las cuotas, solicitar el auxilio de la fuerza pública debió hacerse desde el comienzo de la huelga. Pero se dejó correr el tiempo y las puertas de la UNAM fueron cerradas por la fuerza. Se hizo cuando ya se les había entregado todo a los paristas en mesas de negociaciones que no sirvieron para nada. Y se hizo cuando muchos paristas ya habían cometido delitos dentro de la UNAM. El CGH se radicalizó, y grupos políticos y hasta guerrilleros echaron raíces en el movimiento universitario.

Por no actuar a tiempo, el conflicto de la UNAM se pudrió. Y ésa no es una frase sensacionalista, sino una amarga realidad. Hoy ninguna autoridad universitaria puede caminar por el campus sin el riesgo de una agresión física. La comunidad está profundamente dividida. No pasa día sin que se produzcan enfrentamientos físicos, toma de instalaciones y acciones bárbaras como las corretizas a maestros eméritos, derribar puertas con picos y bloquear instalaciones. Alumnos y directores de escuela se retan a golpes delante de los medios de comunicación.

Así las cosas, el diálogo no puede prosperar. Llama la atención el esfuerzo del rector por reactivar el diálogo y debatir los problemas que en el ámbito académico y en su estructura misma debe enfrentar la UNAM. Apenas el lunes llamó al CGH a sentarse de nueva cuenta a la mesa de negociaciones, luego de reiterar que el diálogo se haría con la comunidad universitaria y no con la organización de los paristas. ¿Puede el rector aspirar a que el CGH acuda a dialogar sobre el futuro de la Universidad cuando una docena de sus dirigentes se encuentran en la cárcel? Todo va a quedar en el terreno de las buenas intenciones. La UNAM va a pagar el precio de diez meses de inacción gubernamental, y ese precio no es bajo. Ya se les rompió el destino a muchos estudiantes que con la huelga tuvieron que dejar los estudios y dedicarse a trabajar.

En la prensa han quedado plasmadas las imágenes de jóvenes que estudiaban medicina pero que se tuvieron que emplear de gasolineros, de mensajeros. O la que estudiaba arquitectura y se empleó de mesera en un café, y otros tantos ingresaron a la policía bancaria o se fueron de braceros a Estados Unidos.

Ahora la situación con las puertas de la Universidad abierta no es mucho mejor. El clima de enfrentamiento crece, y todo indica que estamos más cerca de que vuelvan a tomar y a cerrar la Universidad, a que ésa regrese a la normalidad y emprenda los cambios que se necesitan de manera urgente. No se actuó a tiempo, y ese es el costo

Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica.

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