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El diablo llega de noche
Luna llena, crónicas nocturnas

José Luis Martínez/Xavier Velasco

Amparado por las 32 crónicas de su libro Luna llena en las rocas, Xavier Velasco reclama el derecho a morir en la hoguera. Durante cuatro años procuró las peores compañías y convocó a los demonios -súcubos incluidos- para recorrer los antros de la ciudad de México, en una aventura en la cual devino aliado de los amos de la noche.

"En mis crónicas me vuelvo cómplice de quienes pertenecen al antro", dice Xavier en una reunión convenida para hablar de ese volumen publicado por Cal y arena donde exhibe sin ambages su condición de licántropo e insana curiosidad, pero también sus excepcionales dotes como narrador.

"Soy su cómplice -continúa- porque ellos buscan y encuentran sus licencias en el antro, porque forman una tribu ajena y si me meto a su territorio debo de respetarla; moralmente estoy obligado a hacerlo."

 

Foto: Antonio Nava/Ave

¿Esta complicidad no te lleva en algunos casos a la autocensura?

Desde luego. Una de las crónicas del libro nace de una conversación con Gabriela Ríos La Che... Ella me dijo cosas que realmente no se pueden publicar; una noche, en esa intimidad que surge entre los borrachos -aunque ella no lo estaba-, empieza a contar cosas de su vida que no tienen por qué publicarse porque sólo alimentarían el morbo de los persignados. No me interesa escribirlas, porque una mujer que se encuera en el escenario y para mantener a su familia deja que le laman el culo ciento veintiséis fulanos en una noche, me merece más respeto que quienes se la pasan criticando y diciendo lo que es bueno y lo que es malo. Y prefiero mil veces callarme o mentir para quedar bien con esa persona -Gabriela- a la que respeto y admiro profundamente, que decir la verdad para complacer a los mojigatos.

¿Alguna vez llegaste a pensar que eras parte del antro? ¿Te afiliaste a ese mundo?

Recuerdo una crónica de Cortázar: Turismo aconsejable, en la cual un cuate llega a la India y lee los manuales turísticos donde se habla de la posibilidad de escuchar a Indira Gandhi en el Parlamento o visitar sitios interesantes, pero él prefiere ir a la estación de trenes, donde están los indigentes, donde está el lumpen del lumpen... Y eso es lo que te cuenta, cómo sale del Hilton, donde está hospedado, y llega a la estación. Pero no lo hace como el intelectual de izquierda barato que se indigna y usa su pluma flamígera para protestar contra la represión y la miseria de este mundo. No, él admite que siente náuseas ante lo que ve y regresa huyendo a su hotel de lujo. Te dice la verdad, no se está poniendo como el falso observador objetivo que pregona: "Mira, mira qué mal está el mundo, pero yo soy uno de sus redentores".

De la misma manera, con qué cara podría yo decir que el chavo que baila y hace guaguis en El 14 es mi brother, cuando no compartimos una historia ni nada; acaso el hecho de que él tenga una chamba muy loca y yo también. O con una fichera, ¿qué tiene que ver mi vida con la de una fichera? Yo no me puedo hacer pasar como brother de ninguno de los verdaderos habitantes del antro, porque no pertenezco al antro; soy simplemente un testigo que quiere contar las cosas de la manera más apegada a sus sentimientos, a sus sensaciones, eso es todo...

En tu trabajo como cronista siempre has estado adscrito a las minorías, a los que disfrutan de menor aprobación social. ¿Por qué?

No es ésta una posición voluntaria, sino es un lugar en el que he sido puesto a veces contra mi voluntad. Nunca fui una persona muy popular, en la escuela tuve muchos problemas y de alguna manera viví un poco marginado; era el típico niño que siempre andaba solo en los recreos, caminando y viendo qué hacían los demás, no tenía amigos en la escuela ni en la colonia.

Luego, a los 16 años tuve una experiencia muy fuerte, decisiva. Excluyendo la situación de que socialmente era un apestado, mi vida había sido privilegiada: sin problemas económicos, con viajes... ya para entonces tenía coche. Pero de repente mi padre, por el hecho de tener una bronca con una persona muy poderosa, un día despierta en la cárcel. Y a los 16 años yo estoy ahí, en Lecumberri, derrotado, viendo cómo salían las mujeres después de visitar a sus familiares, muertas de risa, felices. Las veo y pienso: "Cómo se pueden reír viviendo esta tragedia y estando en este lugar".

La primera vez que fui a Lecumberri no aguanté las ganas de llorar; la segunda ya andaba curioseando por todos lados, la quinta o sexta vez ya era amigo de varios de los presos, de los comandos que estaban a la entrada y conocía a todos los policías. Entonces, de alguna manera fui forzado por las circunstancias a vivir de un lado distinto al mío, pero además me di cuenta de que en ese lado sucedían cosas más interesantes y yo quería pertenecer a los desagradables.

Cuando llegas a un ambiente donde todo está armado para que crezcas sin problemas, pero los mecanismos que existen ahí no te funcionan; cuando tú quieres ser socialmente popular, pero no la haces, la única manera de lograr todo lo que deseas es escribiendo. Eso lo supe desde chico, escribiendo pertenecía a un mundo, aunque fuera el que yo mismo inventaba.

¿Qué te hace transitar la noche para recoger las historias que cuentas en tu libro?

Porque hay muchos chismes durante el día, porque no me puedo levantar temprano, antes de las diez de la mañana no existo. Normalmente todo para mí ha sido de noche. Aparte, en el día nos ponemos unas máscaras muy chafas y en la noche nuestros disfraces son más bonitos, más apegados a nuestra realidad interna. También porque la noche es el momento espiritual por excelencia, cuando salen todos los demonios y podemos reclamar el derecho a morir en la hoguera

José Luis Martínez es periodista.

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