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Sí
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No. Polariza cualquier deliberación
José Carlos Castañeda
Las consultas públicas se han convertido en sucesos comunes en la vida del país y la ciudad. En principio su utilidad y pertinencia para conocer la opinión de amplios grupos ciudadanos sobre un asunto puede considerarse fuera de debate. De un tiempo a esta parte, el modelo del referéndum se encuentra sobrevaluado en los mercados políticos. Se diría que goza de una cotización artificialmente alta. ¿A qué se debe esta repentina ansiedad de consultar a la ciudadanía a la menor provocación sobre casi cualquier asunto que suscita alguna polémica? Los medios levantan encuestas a diestra y siniestra y los partidos exigen recurrir al plebiscito para zanjar las disputas políticas. Para los entusiastas militantes del referéndum, este modo de consulta es una suerte de experiencia hiperdemocrática, que incluso debiera sustituir a los partidos. Sin embargo, el reclamo de practicar consultas populares expresa más la desconfianza y mala fama que adorna a los políticos de tiempo completo que el deseo de participar en un mecanismo alternativo de consulta. ¿El referéndum es realmente una forma de democracia superior? ¿Qué tan favorable es la engañosa superioridad del referéndum si la comparamos con la democracia representativa? Este es un problema clásico de la política democrática: democracia directa vs. democracia representativa. Propongo algunas objeciones mínimas a la aparente fama hiperdemocrática del referéndum. La primera, la más inmediata, es que la democracia del referéndum viola el derecho de la minoría porque pone en juego un mecanismo de suma cero que polariza cualquier deliberación, de tal modo que se opone a las discrepancias que no entablan un enfrentamiento de todo o nada. Y la mayoría vencedora termina por abolir los derechos de las minorías. "Cabe objetar que la democracia de referéndum es una estructura que maximiza el conflicto y representa la encarnación no sólo más perfecta, sino la menos inteligente (puesto que sería puramente mecánica) de una tiranía sistemática de la mayoría", como ha enseñado Giovanni Sartori. Es frecuente que la nueva mayoría olvide esta lección y cuando tiene todas las canicas en la mano decida aplicar a sus contrincantes la estrategia del plebiscito para avalar sus políticas sin pasar por el trámite político de la negociación con los otros partidos que representan a una franja amplia del electorado. Uno no puede dejar de preguntar cómo se reivindica la democracia directa si se percibe la importancia del principio de limitar el gobierno de la mayoría. Otra objeción radica en la forma como se formulan las preguntas que componen el referéndum. Casi siempre el criterio consiste en elegir entre el rechazo o la aprobación, el sí o el no, un criterio maniqueo. Y cuando la consulta es más amplia, surge otro clase de problema. Es preciso saber cómo se redactaron las preguntas del cuestionario, porque es común que termine por ser un letanía de obviedades, incapaces de dar contenido a las propuestas reales o de explicar las consecuencias de rechazar o aprobar las ofertas o proyectos en conflicto. El lenguaje populista del plebiscito está de moda porque los partidos no encuentran la manera de recuperar la confianza de los electores y creen equivocadamente que atrayéndolos a formas alternativas podrán reducir la incredulidad ciudadana, pero para que una democracia incipiente se fortalezca hace falta que los ciudadanos confíen en las instituciones y conozcan los proyectos que defienden y no sólo que participen en mecanismo de consulta. Tanto el referéndum como las elecciones son instrumentos, después hay que resolver los problemas, luego viene la política. No soy enemigo del mecanismo del referéndum pero estoy convencido que la democracia es mucho más que los mecanismos de participación. Y me parece peligroso que los hiperdemócratas pretendan transformar al individuo en un ciudadano total. El ideal de la democracia directa está relacionado con el ideal del ciudadano total. Comparto la opinión de Norberto Bobbio en el sentido de que el ideal del ciudadano total (el paladín de la virtudes públicas) está bajo sospecha de ser solamente la otra cara del Estado totalitario y no una especie mejorada de demócrata José Carlos Castañeda es editor de nexos. |
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