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en la red el navegante
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textos Así encontré a Mário en Internet
Blanca Luz Pulido
¿Amor a través de Internet? Improbable, y en todo caso, algo que sucede sólo a otros. En medio de ese universo en expansión, entre la multitud de datos, cifras, información, música, poesía, etcétera, que circulan el ciberespacio, existe una buena cantidad de sitios que exploran (y explotan, a veces) una de las inquietudes humanas más antiguas y difíciles: hallar pareja. Estos negocios virtuales, en algunos casos, son una prueba de que el espíritu inventivo y la originalidad para abordar asuntos difíciles aún pueden seguir dando frutos. Sin embargo, se necesita más de un golpe de dados de la diosa Fortuna para encontrar en ese invisible dédalo una voz que verdaderamente se llegue a transformar en un compañero "navegable" en la vida real. Esta larga introducción viene a cuento para narrar, lo más sensatamente que me sea posible, las circunstancias, razones y sinrazones que cambiaron mi vida desde hace poco más de un año y me trajeron a Lisboa, donde ahora me encuentro. Hace unos meses, en una revista portuguesa (estoy aquí desde junio de 1999, con Mário, lisboeta a quien conocí, por más detalles, a través de Internet precisamente) se narraba la historia de un matrimonio brasileño que se había conocido también por ese medio. Por lo visto, tan famoso se había hecho en Brasil que su caso mereció la atención portuguesa. Poco recuerdo de esa breve nota periodística, pero en ella era obvio que el articulista describía la situación como si fuera algo extraordinario. Más allá de datos estadísticos sobre la frecuencia de estos casos (los cuales desconozco), percibí un detalle preocupante (para mí, por lo similar de mi experiencia): que la tal pareja internética -sólo al principio, claro, pues la Internet es una forma "casi" como todas las demás que existen de conocerse, para luego abandonar los bits y atravesar, en la práctica, las mieles y hieles propias de cualquier vida en común-, a veces se sentía "mal vista" por los demás, como si por el simple hecho de haberse conocido de esa manera se hubieran vuelto bichos raros, poco aceptados por algunos de sus compatriotas. "Qué chistoso", "qué chistoso", es el comentario más frecuente que escucho por aquí de las personas a quienes llego a contar -estrictamente, sólo a quienes me preguntan- el modo como Mário y yo nos conocimos. Y, sin embargo, en un mundo que, fluidamente o con tropiezos, se acerca poco a poco a una era de inevitables mudanzas tecnológicas, realmente no es extraño entrar en contacto, en la tela de araña virtual, con la fauna humana que se desee: admiradoras de cantantes italianos insospechados, estudiantes malayos de ingeniería electrónica, empresarios gringos radicados en Indonesia... Dentro de esa marea, por supuesto, hallar a alguien sinceramente afín y, además, inteligente y con sentido del humor (y, por si fuera poco, de ojos azules), es en realidad una extraordinaria lotería. ¿Cómo sucedió? Puedo narrar algunos datos, algunas extrañas coincidencias, pero en el fondo sé que siempre quedará algo inexplicable, como en todas las cosas que tienen un lado oculto, cifrado, sellado. Match.com, un site estadounidense -que nada me paga por referir su nombre, lo juro-, se anunciaba, en mayo o junio de 1998 en la página de algún famoso motor de búsqueda. El año anterior había intentado inscribirme en otro similar, después de un corto viaje a la ciudad de Montreal, que me fascinó. Entonces intenté hacer amigos allá por medio de un sitio de Canadá, pero me desilusionó por su innecesaria complejidad -si mal no recuerdo, para enviar mensajes a los ahí inscritos había que comprar y usar una especie de "timbres" virtuales-, muy complicado. En contraste, Match. com funcionaba con sencillez y eficacia. Además, ofrecía incluso una semana de prueba sin costo, al cabo de la cual uno podía inscribirse a un precio razonable y permitía, de manera anónima, mandar y recibir correo electrónico a y de cualquiera de sus afiliados, que por entonces llegaban a cerca de un millón. Un perfil muy discreto Así que durante uno o dos meses, en ratos perdidos o encontrados, escribí y me escribieron varias personas de quienes nunca oí sus voces. Entre ellos recuerdo a Mithu, un estudiante malayo de ingeniería electrónica, un empresario indonesio (ya ni siquiera recuerdo a qué se dedicaba su empresa) y un "creativo" neoyorquino (nunca entendí muy bien a qué se dedicaba este último). Pensé que sería divertido entablar contacto, al menos virtualmente, con personas de distintas culturas, pero nunca pensé que eso llegara a convertirse en una experiencia tan radical como la que se inició el 18 de julio de 1998, cuando, muy ad hoc con la portuguesa discreción, me encontré con un MFLC -pseudónimo de Mário, hecho de sus iniciales- que, como únicos datos de sí mismo incluía su edad y nacionalidad. Nada parecido a las floridas autodescripciones que la mayoría ensaya(mos), que seguramente, en la mayoría de los casos, son más literarias que reales. Y debo confesar también que, en parte, fue su nacionalidad en sí misma, por la secreta atracción que Portugal ejercía en mí, la que me impulsó a entablar el primer contacto con él. Fue, casualmente pero no por azar, el último de los "perfiles" que había decidido leer esa tarde, antes de apartarme del adictivo site, al cabo de varias horas de asomarme a los pulcros o descuidados o aburridos o prometedores textos con que sus compañeros de listado aparecían. Tal vez, ahora que lo pienso, fue incluso esa discreción suya la que me intrigó más, como si hubiera aparecido ahí como sin querer estar: un portugués, por supuesto, tenía que sobresalir por su misma actitud discreta. Aun así, con tan escasos parámetros -edad y país- le escribí y, acorde con su hermetismo, sólo le envié un mensaje de dos líneas. Posteriormente, Mário me comentaría que, de no haberlo "encontrado" entonces, no habría sido posible conocernos, pues ése era su último día en el site -dentro de la semana de prueba-, y no pensaba inscribirse formalmente en él. Una manera de mirar ¿De qué manera hablar de lo que pasó en los siguientes meses, de julio a octubre, pues en noviembre del 98 viajé a Portugal por un mes para conocer a ambos: al país y a Mário? ¿Cómo describir las ondas que a través del ciberespacio se atraían y se concentraban por medio de largos mensajes que nada hubieran envidiado a la correspondencia tradicional de los abuelos? Sólo se me ocurre que, a pesar de la aridez emocional que muchos asocian a Internet, o tal vez justamente por ella misma, tuvimos que confiar en la palabra para mostrarnos e ir construyendo hacia y para el otro la propia imagen, lo más realista posible pero en ocasiones, por qué no, matizada de rasgos literarios: Cam...es, García Lorca, Gerardo Diego, Herberto Helder, son algunos de los autores que recuerdo ahora que usamos como nuestros apoderados emotivos (siempre confesados por ambas partes). Es curioso, pero el mismo hecho de no contar al principio con los habituales canales de expresión de uno mismo y de percepción del otro, nos hizo expandir la imaginación en lo que nos decíamos mutuamente, en atisbos y lecturas de signos que se retroalimentaban siempre. Recuerdo muy bien, por ejemplo, cuando le pregunté cómo era la calle donde vivía. Su descripción literalmente me transportó hasta ahí, como si a través de sus ojos se me apareciera una calle lisboeta típica, donde la vida transcurre por debajo de lo que aparece, sin prisa pero sin pausa, entre pequeñas tiendas y transeúntes circunspectos y discretos que se pierden hacia cualquier sitio. El mismo lugar donde ahora me encuentro, escribiendo estas líneas. En esa descripción, tal vez incluso sin saberlo, Mário me dijo de sí mismo más de lo que creía estar diciendo. Sobre todo, me mostró su costumbre de mirar las cosas, deteniéndose en algún aspecto mínimo para enfocar la realidad con el tono exacto que ella requería. Y todos somos, más que nada, nuestra manera de mirar. Oyeme con los ojos
Después de pocas semanas llegamos a un punto en que, no bien llegar a casa después de las respectivas ocupaciones, nos lanzábamos a interrogar nuestros correos electrónicos para descubrir qué nueva sorpresa el/la otro(a) nos había preparado en blanco y negro, y claro, a veces en colores. Porque a las pocas semanas (el asunto necesitaba de cierto realismo también), los mensajes empezaron a ser decorados con las fotografías respectivas, que atravesaban el Atlántico en segundos: Mário en unas vacaciones en Bélgica; Blanca en Dzibizaltún, Mérida; él en Londres, yo en alguna Navidad con mis hermanas o con mi mamá o mi sobrina Linda. Y, claro, las llamadas telefónicas que aminoraban la distancia (y elevaban las ganancias de Telmex y Telecom), las cuales revelaban también la existencia de la imprescindible atracción ejercida por la voz, que encadena o disuade para siempre. Alguien me preguntó una vez: pero, ¿de qué hablaban? Al principio eran mensajes sobre cualquier tema que nos cruzara la mente, y luego, a través del sistema del icq (va otro anuncio), platicábamos-escribíamos al mismo tiempo, en mis tardes y sus madrugadas, por las seis horas de diferencia entre el horario a ambos lados del Atlántico. Esa experiencia complementaba la de los e-mails, pues, a pesar de los cinco mil kilómetros de intervalo, aprendimos a identificar y a provocar en el otro, por medio de esas curiosas pláticas mudas, estados de ánimo, ideas, sonrisas y hasta risas. Y la ecuación mensajes más llamadas telefónicas más pláticas en la red más fotografías más cartas enviadas por medio de los respectivos (y lentos) servicios postales duró varios meses, intensificándose hasta hacer ineludible dar el paso siguiente, es decir, conocerse en la ineludible tercera dimensión. Un viaje en tránsito Hace unos días volví a ver esa película de Woody Allen que es una maravillosa exaltación, una apología de la neurosis: Deconstructing Harry. Cerca del final, el protagonista dice algo así como: "La vida es sólo nuestra manera de deshacerla", es decir, de inquietarla, de colocar en ella riesgos que la hagan avanzar y desdoblarse, alargarse, subvertirse. Y al pensar en ello, Harry (el protagonista, para más señas narrador), se sienta ante la máquina de escribir y descubre que la escritura es la manera que él tiene de salvarse a sí mismo, es decir, la forma de rescatarse de esa necesaria "deconstrucción" vital. Y todo esto viene a cuento porque, a partir de que desde junio del año pasado Mário y yo, como resultado del proceso que acabo de relatar, decidimos intentar una vida en común en Portugal -por ahora-, en mi vida se ha venido llevando a cabo una especie de revolución, de la cual apenas empiezo a entrever fragmentos de sentido a través de la escritura, en medio de mi propia "deconstrucción". En estos meses hemos andado caminos que improvisamos cada día. Ninguno de los dos sabe lo que el futuro nos reserva, ni comprendemos tal vez los elementos que se conjuraron en ambos para conducirnos a esta arriesgada "deconstrucción" que yo vivo, evidentemente, con mayor intensidad. Claro que ella exige y crea, además, una capacidad para improvisar, para inventarse a sí mismo, unida, en mi caso, al placer de descubrir de cerca un país, sus habitantes, su cultura. Y todo ello acompañada de la voz inquieta y serena de Mário, de la corriente fuerte e imprevisible de su vida fluyendo al lado de la mía. El es médico y, como tal, posee una mente más lógica que la mía y, por ello, sabe disipar la niebla en que a veces me envuelvo, en medio de la amplia serie de adaptaciones e inadaptaciones, incertidumbres e indefiniciones habituales en un tránsito de múltiples sentidos y consecuencias como éste. Portugal, y Lisboa en concreto, se me revelan cada día como sitios insondablemente cifrados, que plantean preguntas con respuestas nada obvias, tan sinuosas como las mismas calles y tan inabarcables como el idioma local, que sólo por escrito se parece al nuestro. La misma definición de nuestro, de mío, se me antoja ahora en mutación, en fuga. ¿Cuál es el efecto que la distancia crea en una vida que bien o mal tenía un timbre propio, una conformidad con el paisaje en el sitio donde le tocó nacer? ¿Se aprende realmente a ser otro, o se arrastra una idea previa de sí mismo -la de las miradas bajo las cuales crecimos, que hasta cierto punto nos fueron creando-, que es impracticable en otras latitudes, entre quienes no nos conocerán nunca en realidad porque no pueden ver como éramos antes, no asistieron a nuestro pasado, ni nosotros al suyo, lo cual nos hará sentir siempre que somos para ellos definitivamente extranjeros, es decir, extraños? No sé. O, mejor dicho, a veces me respondo que no, que no podré, a estas alturas, reinventarme; en otras, el optimismo me invade, según las mareas, razonables o no, de mi complejo tránsito. Sé, eso sí, que mis certezas y respuestas irán cambiando a medida que pueda ir reformulando las preguntas, imaginando nuevas maneras de existir y de relacionarme, no sólo conmigo misma y con las personas más cercanas, sino con los difusos círculos externos que también es necesario comprender para aceptar y ser aceptado. Todos estos factores, por supuesto, influyen poderosamente en mi vida con Mário. Nuestra historia -como la de cualquier pareja, por lo demás- se encuentra en permanente mutación, pero tal vez en una medida mayor que la normal (pero ¿qué es lo normal?), por mi doble y triple adaptación a tantas diferencias simultáneas (país, lengua, clima, carácter, cultura, y tantos etcéteras que no alcanzaría a describir en estas páginas). Tomando aliento Como siempre, la mirada y la voz acompañan el transcurso, el viaje al interior de uno mismo, la cotidiana prueba que el amor se instala gozosamente -si hay suerte y valor- en nuestras vidas. Que el que vivo con Mário haya empezado en redes poco usuales, fue algo circunstancial o providencial, según se mire. Sobre todo, lo que sí he aprendido en este tiempo -gracias no sólo a él sino a Portugal todo- es a dejar que se apodere de mí una curiosa laxitud donde la sed de definiciones puede limitarse a resolver sólo el trozo imprescindible de preguntas y problemas diarios. Es un abandono parcial, un dejarse llevar, un aprender a ser como no siendo. ¿Será? Como se suele decir por aquí, haciendo gala de precisión: Depois te digo qualquer coisa... o como quien dice, Logo se verá... Nota bene Esta breve historia no hubiera existido sin la colaboración de Marco Levario Turcott, a quien aún no sé si agradecerle o perdonarlo por haber insistido -y esperado-, y sin el mismo Mário, que se negó por pudor a leerla hasta no "verla publicada". Sin el primero, nunca la hubiera escrito, y la sensatez del segundo con seguridad me habría impedido enviarla. Que el paciente lector, si hasta aquí llegó, les agradezca o les reclame. Blanca Luz Pulido es traductora y poeta mexicana. |
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