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Perú
El cuento del chino y del cholo

Ariel González Jiménez

Después de un fraude anunciado dentro y fuera del país por diferentes actores y observadores, y luego de una desgastante campaña electoral centrada no tanto en los programas y propuestas de gobierno como en la popularidad de los sobrenombres de quienes se disputan la Presidencia ("El Chino" Fujimori versus "El Cholo" Toledo), Perú llegó a unos comicios donde nunca se supo qué pronóstico utilizar para qué realidad: quienes decían que Toledo ganaría pese a la amañada organización electoral o quienes suponían que Fujimori terminaría imponiéndose sin problema porque ha sido el arquitecto del moderno Perú.

Al final parecía que había sucedido lo último, pero bien vistas las cosas sólo tuvimos una sorpresa intermedia (efímera, al decir de muchos analistas): la victoria del presidente-candidato Alberto Fujimori, quien mientras escribo esto parece haber obtenido entre cinco y siete puntos de ventaja por encima de su principal adversario, Alejandro Toledo; de mantenerse tales cifras el resultado sería insuficiente para evitar la segunda vuelta electoral en la que el favorito seguirá siendo Alejandro Toledo.

Pero nada es seguro. Una vez que se conozcan los resultados oficiales de esta primera vuelta se organizará la segunda 30 días después. Este lapso será uno de los más difíciles de los últimos tiempos para ese país andino que hace apenas 20 años comenzó nuevamente -no sin diversos y repetidos sobresaltos- a intentar disfrutar de las formalidades democráticas.

Los avisos no pasan inadvertidos: la misma noche en que se conocieron los primeros resultados a boca de urna se produjeron violentos incidentes en los que la policía dispersó una marcha de protesta encabezada por Toledo. Al mismo tiempo, en algo que regionalmente sugiere lamentables indicios de involución, un problema laboral devenía en la declaración de Estado de sitio en Bolivia. Probablemente se trata de coincidencias, pero todo esto no puede menos que recordarnos la fragilidad de la vida democrática.

Las semanas que siguen mostrarán si se mantiene la abismal inequidad en el proceso electoral, así como el sinnúmero de vicios e irregularidades técnicamente comprobados -falsificación de firmas y actas, entre los más escandalosos-; o bien, la movilización ciudadana respalda el consenso opositor que se ha formado en los últimos meses acerca de la necesidad de sacar del Palacio de Pizarro a Fujimori.

Sin embargo, se comete un error si se presupone que el "fenómeno Toledo", como se ha dado en llamar el ascenso vertiginoso de Alejandro Toledo en las preferencias de los peruanos, se enfrenta a un hombre absolutamente impopular aferrado al poder. Hay que recordar que Fujimori también fue un fenómeno en su momento, precisamente cuando derrotó en una segunda vuelta en 1990 a Mario Vargas Llosa. Un fenómeno llamado Fujimori fue el que dio impulso y sustento a una década en el poder que hizo que Perú, de manera innegable, experimentara profundos cambios. El candidato Fujimori los cree de tal dimensión que todavía los exhibe como su principal bandera, buscando capitalizarlos electoralmente con el fin de demostrar la "necesidad" de continuar al frente del gobierno. "Me habría gustado -dijo en una entrevista reciente- tener a alguien de mi línea para sustituirme, dándole continuidad al trabajo. Pensé en algún delfín, pero no lo he encontrado". Y lo hecho en estos diez años confirma que, efectivamente, no encontró sustituto.

En lo económico se superaron las penosas secuelas que dejó la confrontación con la banca internacional a partir de la suspensión de pagos decretada por Alan García en los años 80; la inflación -que llegó a ser de más de tres mil puntos durante la llamada década perdida- fue controlada y se pudo retomar un proceso de crecimiento. Al mismo tiempo, el sector externo del país se dinamizó y las inversiones, recuperada la confianza de los capitales foráneos, se incrementaron. No obstante, los profundos rezagos sociales se mantuvieron y no pocas veces fueron en aumento; el progreso material de estos años, cuando lo hubo, no llegó a la mayor parte de la población (de sus 24 millones de habitantes, 45% es indígena, el sector más marginado).

En lo político, desde hace ocho años, Perú es un régimen singular: militar con fachada de civil, dirían unos; cívico-militar, convienen otros. Lo cierto es que el país ha sufrido el desmantelamiento de sus instituciones y la apabullante presencia y dominio de un solo hombre en lo que resta de ellas. La disolución del Congreso nacional en 1992 es el caso más fehaciente, aunque en su momento se argumentó que este autogolpe tuvo como fin acabar con Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA).

El enfrentamiento con la guerrilla entre 1980 y 1993 dejó un saldo de 30 mil muertos. En la actualidad se cree que de los mil 900 departamentos que tiene Perú, Sendero Luminoso actúa únicamente en siete, conservando unas cuantas decenas de hombres armados. Eso es lo que queda de Sendero después de la captura de Abimael Guzmán. Desarticular y aniquilar a Sendero Luminoso a través de la participación de más de 250 mil campesinos (con 25 mil armas del gobierno) se convirtió en uno de sus éxitos más memorables. Por lo demás, el golpe final a la guerrilla del MRTA se produjo con el fulminante rescate de los secuestrados por esta organización en la embajada de Japón en 1996.

Con todas estas "preseas", los diez años de gobierno de Fujimori representan todavía para muchos peruanos un estado de cosas positivo, ordenado y eficaz, que su oponente Toledo no puede contrarrestar del todo, aunque simpatías no le falten sobre todo entre quienes lo ven como el prototipo de un líder más indio que mestizo capaz de conducir a los peruanos a un cambio. Ha sido Mario Vargas Llosa quien más optimista se ha mostrado acerca de los atributos políticos y profesionales de Toledo para gobernar Perú.

Dicen que durante su campaña, Toledo "El Cholo", repetía todos los días una especie de plegaria: "Perú, soy tu hijo, ya crecí, ahora te cuidaré". Nadie sabe con exactitud si eso bastará para ganar o (cosa muy diferente) para llegar a la Presidencia. Por lo pronto, deja en claro que la grave crisis de los partidos políticos de Perú, su raquitismo y vacío programático, dejan al electorado ante disyuntivas que resultan a estas alturas familiares en toda la región: el hijo pródigo y el insustituible; el populista del campo y el populista de la ciudad; el "neoliberal" que gobierna y el "neoliberal" que quiere gobernar... "El Chino" y "El Cholo"

Ariel González Jiménez es periodista. Actualmente radica en Argentina.

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