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Sí
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No. Son imprescindibles
Ruth Esparza Carvajal
Dirán misa quienes detestan a los microbuses o estarían dispuestos a cualquier aquelarre para exorcizarlos de la ciudad, pero tengo para mí que esa es, más bien, una actitud sintomática del fanatismo, ése que se aferra a satanizar o deificar, más que a comprender las cosas y sus causas. No soy abogada del diablo y, por eso, no defiendo lo indefendible: los microbuses son incómodos, andan como bólidos, no respetan las señales de vialidad y, por si fuera poco, la mayoría de sus conductores no tienen el más elemental sentido de la amabilidad (no son los únicos, por cierto). Pero quienes critican a esos "malos de la película", no plantean alternativas reales ni valoran el incuestionable servicio que prestan a una inmensa masa de habitantes que para llegar de su casa al Metro, aborda un pesero, del Metro a la oficina, otro pesero. Y, por qué no decirlo, los usuarios en muchas ocasiones celebran silenciosamente la audacia de estos conductores que les permite "ahorrar tiempo" en esta caótica ciudad. Pagar un taxi todos los días es incosteable para la mayoría de la población. Además, en determinadas colonias pasarán muchísimos años antes de que cuenten con el Metro y las calles son tan estrechas que no pueden transitar los trolebuses o autobuses. El problema del transporte y sus soluciones es una de tantas tareas pendientes de las diversas administraciones de la capital. Desde que era niña y se usaban los antiguos y amplios tranvías, el clásico autobús y aquellas unidades con una trompa chata que circulaban en las zonas populares conocidas como chimecos, se han hecho todo tipo de cambios sin llegar a una alternativa que satisfaga a la ciudadanía. Aún recuerdo aquel proyecto de los delfines en los años 70, que costaban un poco más a cambio de siempre ir sentado cómodamente, esto fue una utopía rápidamente superada por la demanda de pasaje, por lo que se convirtieron en autobuses saturados de viajeros de pie, en un espacio diseñado para transportar personas sentadas, resultó, diría yo, una antisolución. Lo cierto es que satisfacer la demanda de transporte en una ciudad tan compleja, con alta densidad poblacional, falta de planificación en su interminable expansión, y la intensidad de movimiento de una metrópoli que concentra la actividad política, económica, financiera y cultural es un compromiso que implica más cosas que estatizar el servicio, para luego volverlo a concesionar. El problema no radica en la titularidad de la concesión o el nombre o tamaño de unidad, creo que cualquier modalidad de transporte colectivo puede operar adecuadamente si se establecen normas y condiciones de trabajo adecuadas que además se hagan cumplir; es decir, terminar con ese problema que aqueja a toda nuestra sociedad: la impunidad. No es privativo de los microbuseros la arbitrariedad y falta de respeto que manifiestan al volante, sólo que si consideramos el número de unidades que operan en toda la ciudad, multiplicadas por la cantidad de horas que éstas circulan, evidentemente son más y mejor identificables sus fechorías, las cuales, insisto, podrían controlarse con una legislación adecuada y, sobre todo, bien aplicada. Es innegable, los microbuses han representado una alternativa real de transporte que movilizan a bajo costo a millones de mexicanos. Son perfectiles, claro, pero necesarios para complementar una red compleja de transporte que requiere múltiples propuestas, pero de ninguna manera son los responsables únicos del caos que representa el transporte colectivo en esta ciudad. Que las autoridades asuman su responsabilidad Ruth Esparza Carvajal es gerente de etcétera. |
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