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Un dólar barato es un riesgo
Ricardo Becerra
Un día, en septiembre de 1998, el peso mexicano llegó a su valor más bajo de los últimos años: 10.3 pesos por cada billete verde. La devaluación era importante: en enero de 98 andaba a 8.1, así que el descenso del precio fue de 21%, en sólo nueve meses. Desde entonces -salvo un breve lapso, en el episodio de la crisis brasileña de enero de 99- el peso se ha estabilizado y, más que eso, le ha ganado terreno al dólar de manera sistemática y consistente durante los últimos 15 meses. Así que nuestra moneda ha sufrido importantes vaivenes. Y es que el peso está en un "régimen de flotación", es decir, se acomoda de acuerdo con las variadas circunstancias de la economía doméstica y global. Según el gobierno, este régimen es "la mejor apuesta posible" porque actúa como un termostato: se mueve para corregir, para enfriar las ganas de los especuladores. En otras palabras: si a la economía llegan dólares su precio se abarata; si empiezan a escasear, entonces el dólar se encarece; es un mecanismo automático, favorito entre los liberales de la economía, pues se deja llevar por la mano invisible (al menos así es en teoría). El Banco de México insiste en que la fórmula ha resultado exitosa: México ha resentido menos que otros países los impactos de los vaivenes financieros, mantiene un buen ritmo de crecimiento, los capitales siguen llegando y el desempeño exportador continúa también su marcha. El banco incluso no se explica por qué el precio del dólar se ha vuelto una discusión álgida. La respuesta es ésta: presenta una sospechosa similitud con los niveles que se tenían en el terrible año de 1994; el tipo de cambio que tuvimos en el preludio de la crisis es muy parecido al tipo de cambio que tenemos hoy y durante todo el año pasado. La similitud asusta: un dólar tan barato equivale a más consumo de productos extranjeros y a más importaciones, equivale entonces a un mayor déficit de cuenta corriente; o sea, tarde o temprano el país necesitará más dólares de los que consigue. Ese es el problema de un dólar tan barato: ejerce presión sobre el consumo y sobre las cuentas externas. Los críticos de la política económica hacen bien en señalar el punto. Recuerdo que en 1994 los funcionarios de Hacienda le negaban importancia al dólar barato: el 7% de déficit, decían, es perfectamente financiable, mientras sigan llegando dólares a través de capital del exterior. Contestaban, pues, con ortodoxia pura y dura. Hay que recordar que vivíamos en otro régimen cambiario; no había flotación, pero justamente eso es lo inquietante: a pesar de tener un régimen distinto, el síndrome del dólar muy barato vuelve a aparecer. Hoy sabemos que ese hecho sí importa, porque tiene repercusiones en el déficit de la cuenta corriente: si llega demasiado lejos, la crisis, el ajuste, puede sobrevenir. Las gráficas muestran tres elementos de solidez económica; no podemos dejar de reconocer que la vulnerabilidad hoy es menor que hace seis años, que no representa el mismo riesgo un régimen de tipo de cambio fijo a uno flotante, que este amortigua los shocks financieros; no es lo mismo que el financiamiento del déficit se logre mediante inversión extranjera directa y no con capital golondrino; no es lo mismo tener un perfil de pago de la deuda cómodo, a tener que pagar en dos golpes a lostesobonos (ocurrencia de Aspe); todo esto es mejor que lo ocurrido con Salinas pero, ¿no sería sano que en la campaña electoral se discutiera y tomáramos en serio la propuesta del economista Jaime Ros, según la cual continuemos en flotación pero con piso?; es decir, que el dólar no pueda nunca venderse más barato de un precio prefijado. Esa es un receta que vale la pena estudiar, y es que un peso demasiado fuerte es un riesgo, otorga demasiadas, insanas tentaciones a una sociedad muy desigual, pretenciosa, que se dispara a consumir a la primer provocación. Bien vale la pena discutirlo Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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