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textos La vieja Europa
Olga Viglieca
Sólo 1% de las europeas menores de 20 años son madres. Hasta que cruzan los 30, seis de cada diez italianos y seis de cada diez españoles no abandonan las tibiezas de la familia de origen. Un quinto de las británicas nacidas en los 60 decidió que la maternidad no es lo suyo. Dos de cada cuatro austriacos viven solos. La foto de la abuela presidiendo la mesa atestada de hijos y nietos será, en breve, una curiosidad del siglo XX. Una postal amarillenta. A medida que la ciencia aumentó la expectativa de vida, esa sociedad opulenta descubrió que las delicias de la realización personal van a contramano de las demandas infantiles. Los que tienen hijos son más pobres, tienen menos expectativas de éxito profesional, tienen menos tiempo para sí mismos. Se podría decir que, dado que cambiar el mundo es difícil, más práctico es convertir el cuarto de los niños en sala de música. Esta nueva subjetividad caracterizada por lo que algunos sociólogos llaman individualización, se combina con la tendencia a la singularización: sujetos que viven solos y se congratulan por ello. Otro cambio en los hábitos juveniles es el grado de apego a la familia de origen: 90% de los menores de 24 años en Italia y España y más de 60% en todos los países, excepto Finlandia y Francia, vive con sus padres, y en muchos casos no se mudarán hasta que lleguen a la treintena. Si se comparan esos datos con los de los 80, queda claro que en muchos idiomas se puede afirmar: la calle está dura. La caída de la tasa de nacimientos que siguió en Europa al "baby boom" de los 50, fue sostenida por las políticas de control de natalidad instrumentadas a partir de los años 60. Estas políticas contribuyeron a debilitar el supuesto mandato biológico de la maternidad y abrieron nuevos horizontes a las mujeres, pero desdeñaron cualquier estímulo estatal para quienes consideran que convivir con niños puede resultar una experiencia agradable. "Los modelos de curso de vida que en el pasado estuvieron marcados por la pertenencia a la clase y a la familia, hoy han sido reemplazados por modelos de curso de vida institucionales: ingreso y egreso a la educación, al trabajo, al sistema de seguridad social", dice el politólogo alemán Ulrich Beck. Esto determina el ritmo doméstico e influye de modo decisivo en la vida privada y en el tipo de pareja y de familia. Los países donde más velozmente se vacían las cunas son Italia y España. España tiene la natalidad más baja del mundo. Cada española pare un promedio de uno o dos hijos, la mitad de lo que se necesita para cubrir la tasa de sustitución de habitantes. En los años 60 el promedio rondaba la media docena. Las españolas del posfranquismo ingresaron al mercado de trabajo, a la universidad y se hicieron fervorosas practicantes de la anticoncepción: 72% de los nacimientos son planificados. Las británicas también han desplazado el eje de sus intereses: 90% de las menores de 24 obtuvo alguna calificación académica, oportunidad de la que gozó sólo la mitad de la franja 35/55 años. Hay más madres mayores de 30 años que de 20, y ambos sexos coinciden en que los hijos deben llegar lo más tarde posible: el trabajo y la formación son una fuente de identidad más poderosa que los pañales. Hacer la Europa El efecto directo de la alianza entre la baja natalidad y el aumento de la expectativa de vida es que Europa empieza a encanecer y a despoblarse de niños. En 1998, 4% de los suecos, noruegos y británicos ya había cumplido 80 años. Dentro de medio siglo, de los 12 países del mundo cuya población estará conformada por 10% de gerontes, ocho serán europeos. Y uno de cada tres habitantes tendrá más de 60 años. Según un estudio de el Instituto de Estudios de Prospectiva Tecnológica de Sevilla (IPTS), sólo nacen cuatro millones de europeos al año y, a partir de 2014, la población comenzará a disminuir. Italia es la pionera: de los 57 millones de habitantes, quedarán sólo 41 en el 2050. Le siguen Alemania, Dinamarca y España. La economía también registrará el cimbronazo. En siete años la población activa comenzará a menguar. Una consecuencia halagüeña de este proceso es que a largo plazo disminuirá la cantidad de desocupados. Sin embargo, la OIT hace tiempo que alerta que sólo una minoría de la masa laboral tendrá la idoneidad para cubrir los puestos vacantes. Otro punto desvela a los políticos: cada vez será mayor el número de jubilados y menor el de trabajadores activos, cuyo aporte es decisivo para la manutención de los sistemas de seguridad social. Los dineros públicos que se dedican a paliar los efectos de la desocupación, deberán orientarse a sostener el sistema de jubilaciones y pensiones y a la atención de las enfermedades propias de la vejez. Hoy la media es de cuatro trabajadores por jubilado, en el 2050 habrá dos personas en actividad por cada jubilado. Tanto las recomendaciones de la ONU como las de los expertos de la Unión Europea, coinciden en que el despoblamiento y la reducción de la fuerza de trabajo tienen un solo remedio. Extracomunitario. Es un ingreso intenso de inmigrantes. Los turcos, los marroquíes, los sudacas, los paupérrimos de Europa del Este y todos los desesperados de las regiones más pobres del globo que anhelan que unas migajas del Estado de bienestar caiga sobre sus cabezas. Según la ONU, Europa necesitará incorporar 159 millones de inmigrantes en los próximos 25 años, 40% de su población actual. Las cifras son fabulosas: Italia necesitará 300 mil inmigrantes por año si pretende que su fuerza laboral se mantenga en los niveles de 1995. Alemania, 500 mil. El gobierno de Aragón -que tiene el 10% de sus municipios en fase terminal, con 40% de su población por encima de los 65 años- ha exigido al gobierno central un programa demográfico de apoyo a las familias y políticas radicales de asentamiento de inmigrantes. "Necesitamos gente y deberíamos dar las gracias a quienes vienen a trabajar y favorecer su permanencia entre nosotros", dijo el vicepresidente del Ejecutivo aragonés, José Biel. Sin embargo, se ve difícil que los austríacos partidarios de Heider, los skinheads alemanes especializados en martirizar turcos, y los españoles de El Ejido que se empeñaron en quemar las viviendas de los obreros marroquíes, entiendan una lógica que pone a Europa en la disyuntiva de la senectud o el mestizaje Tomado de Clarín Digital. Versión resumida por la redacción. |
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