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en la red
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el navegante El poder del correo
Julieta García González
Quien tiene, como yo, contacto cotidiano con el ciberespacio, sabe bien de los pros y contras del correo electrónico. Es común que Internet (y las redes internas: intranet) se utilice en las empresas como una innovadora (e inesperada) forma de comunicación entre los empleados. Las cosas que circulan por los correos electrónicos suelen ser un divertimento pensado para matar las horas muertas: frente a sus computadoras, los empleados esbozan sonrisas bobaliconas cada vez que un nuevo chiste se despliega en sus pantallas. Lo seleccionan y lo envían nuevamente a su lista de conocidos. Algunas veces los chistes son simples -una lista que compara a los hombres con los perros, las diez cosas que hay que hacer para disfrutar mejor del sexo, chistes machistas, fábulas, chistes discriminatorios...; en otras ocasiones, los chistes son algo más complejos e involucran pesadas (por el tamaño que ocupan en el sistema) animaciones: una extraterrestre cantando "I will survive", actuando como Gloria Gaynor y pereciendo aplastada por una enorme bola de espejos; una rana dentro de una licuadora tratando de evitar ser molida por las aspas. El correo también sirve para difundir escenas violentas, siniestras y, en muchas ocasiones, pornográficas. No es infrecuente ver gente reunida en torno a una pantalla, riendo por lo bajo, ante la visión de unos pechos o penes enormes desplegados en un cajón de correo-e, o riendo (tal vez de nervios) ante escenas macabras de suicidios, asesinatos o muertes. Evidentemente, el correo electrónico cumple también su función original: comunicar con rapidez y sin necesidad de gastar mucho tiempo o dinero. Los colaboradores de medios solemos considerarlo una bendición. Y, los empleados que reciben el video de Pam, también se apoyan en el correo para cosas estrictamente laborales. Sin embargo, es poco frecuente escuchar comentarios o notar en los usuarios la conciencia de lo que significa que miles de personas recibamos la misma información casi al unísono. Hace unos meses, el caso de Braulio Suárez sacudió la opinión pública de la ciudadanía real y virtual. En cuestión de días recibí diez correos electrónicos con la fotografía de Braulio y la solicitud que sus padres pusieron en Internet para rescatarlo. Lo interesante del caso, hablando estrictamente en términos del correo electrónico, fue que los correos que recibí provenían de gente que no se conocía entre sí y probablemente nunca se conocerá. A manera de "cadenas", los correos electrónicos parecerían la mejor manera, la más infalible, de divulgar. Pero la comunidad cibernética todavía parece indefinida, excesivamente volátil en sus filias y sus fobias. ¿Por qué prefirió difundir la información de Braulio por encima de otras? No se debió, únicamente, a que la familia Suárez haya decidido poner en línea los datos y la fotografía de su hijo secuestrado; antes que a Braulio se buscó a Karina Yapor por Internet y se pidió la colaboración de la gente sin encontrar eco. Se podría argüir que un bebé de meses mueve más a la compasión o el caso Trevi parecía demasiado escabroso como para querer participar en él. Lo cierto es que no sabemos las razones de la actitud de los cibernautas, aunque la intuyamos. Por otro lado, la información difundida parece desaparecer de la memoria colectiva en cuanto sube a la red, perder su realidad. Es como si, una vez publicada en el ciberespacio, dejara de ser algo verdadero, molesto o perturbador. Por eso parece lógico y plausible que exista gente que envíe y reenvíe fotografías de muertos y heridos, de personas reales que han sufrido o sufrieron enormemente en el momento cuando fueron filmadas o fotografiadas. Esos seres destrozados no parecen de carne y hueso. Parecen una fantasía retorcida. Como si fueran actuaciones, pero no lo son. Hemos perdido la capacidad de sorprendernos por eso, pero respondemos ante demandas casi risibles. Si Fulana no tiene médula ósea, columna vertebral u ojos, se me dice que un click mío, el que yo "forwardee" el mensaje, la salvará. Tenemos que aprender a "vaciar" la realidad al espacio virtual para vivir como vivimos fuera de él: tratando de entenderla Julieta García González estudió Letras Hispánicas en la UNAM. |
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