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guía de perplejos

Robert Brasillach
El James Dean del fascismo francés

José Luis Durán King

París, en los 30
Foto: Robert Capa

Robert Brasillach -el brillante y puntilloso novelista y crítico francés profascista- fue fusilado el 9 de febrero de 1945 por órdenes directas del mismísimo general Charles de Gaulle. El James Dean del fascismo francés, como la historiadora británica Alice Kaplan llama a Brasillach en un libro denominado The Collaborator, enfrentó un destino muy similar a otros colaboracionistas. Sin embargo, la muerte de Brasillach fue diferente. ¿Por qué? Como ex editor del periódico pronazi Je Suis Partout, el novelista de 35 años de edad fue ejecutado por su coeficiente intelectual más que por sus crímenes políticos o militares. De hecho, fue enviado al paredón por lo que actualmente denominaríamos "discurso de odio". No obstante, a 55 años de distancia las interrogantes en torno al affair Brasillach son profundas y quizá irresolubles. ¿Por qué un escritor fue culpado por lo que ocurrió en Francia entre los años 1940 y 1945? ¿Por qué este escritor y no los otros? ¿Cuándo las palabras son al mismo tiempo nociones y acciones? ¿Merecía Brasillach morir por sus palabras?

La controversia continúa rodeando el destino del novelista francés. Es difícil aceptar sin perder el aplomo que alguien merezca ser enviado al cadalso por sus discursos. Así también lo consideró en aquella época un amplio espectro de intelectuales galos, entre ellos la escritora Simone de Beauvoir, quien estuvo pendiente del juicio a Brasillach, y quien opinó que el juicio a su colega fue más simbólico que judicial. El caso adquiere mayor relevancia si nos adentramos en la definición del concepto "discurso de odio", el cual es producto precisamente de los sucesos que tuvieron lugar en los años 40, el periodo en que se creó una buena parte de nuestro debate moral contemporáneo acerca de si merecen o no castigo "los crímenes intelectuales".

Charles de Gaulle más adelante declararía que si él hubiera perdonado la ejecución a todos aquellos que no estuvieron activamente coludidos con las autoridades nazis, hubiera tenido que hacer una excepción con Brasillach. "El talento -gustaba decir en voz baja el general- es una responsabilidad". Bajo esta perspectiva gaulleana, Brasillach tenía motivos de sobra para firmar su sentencia de muerte, pues poseía una pluma verdaderamente ponzoñosa.

Sólo en Francia se rumoraba en aquella época, el mal uso de las palabras puede conducir a la picota. Con la muerte de Brasillach, Francia intentó cerrar, por un lado, las terribles heridas causadas por la ocupación nazi y afirmar, por el otro, la majestad de la palabra escrita. De hecho, según consenso de diversos historiadores, de haber sido juzgado uno o varios años después, Brasillach quizá habría salvado el pellejo. Y la intelectualidad francesa, de la que muchos de sus representantes atendieron con morbo el sensacional juicio en el Palais de Justice en enero de 1945, se habría sentido menos culpable con la condena. Porque profascista lo fue una buena parte de esa intelectualidad, sólo que Brasillach nunca renegó de su condición, aparte de ser un pensador brillante, una estrella literaria, un renombrado crítico literario y un agudo y sensible autor a quien debemos una obra crítica de grandes dimensiones: L`Histoire du Cinema (1937).

Pero ahora sólo queda un tufo podrido de la historia, pues muchos de los acusadores de Brasillach -como él tuvo el cuidado de escupir en la corte- habían sido en su tiempo empleados del gobierno nazi que sojuzgó Vichy. ¿Fue Brasillach, como sus defensores clamaban, el chivo expiatorio escogido para el holocausto por las fuerzas del gaullismo en pos de una ficticia "unidad nacional"? ¿O fue su culpabilidad y su castigo simplemente dos vectores independientes que se unieron para jalar el gatillo de los sicarios institucionales de De Gaulle?

Robert Brasillach nació en 1909 en una familia acomodada de Perpignan. Su padre sirvió en la milicia colonial en Marruecos, donde perdió la vida en 1914. Tres años después de ese suceso, la madre contrajo nuevas nupcias con un doctor prominente y la familia se mudó al poblado Sens, cercano a París.

Muy pronto, el joven Brasillach convertiría a su padrastro en blanco de sus dardos envenenados, vilipendiándolo en sus escritos hasta el cansancio y culpándolo de su profascismo ulterior. En su biografía, Brasillach señala que odiaba a más no poder a su burgués "pseudo padre", por lo que, en otras palabras, su odio lo dirigía contra la "rojilla" Tercera República de los años 30, la cual para el novelista era sinónimo de su padrastro. Por supuesto es difícil aceptar que el odio al padrastro haya sido suficiente para definir de una vez por todas las proclividades ideológicas del escritor. Lo que resulta más sencillo comprender es que Brasillach, junto con Louis Ferdinand Céline y Drieu La Rochelle (ambos ubicados actualmente entre los escritores franceses más importantes del siglo XX) representan el rostro más perturbador del fascismo.

En lo que es un rasgo compartido por Céline, La Rochelle y Brasillach, estos escritores veneraban a Charles Maurras y sus revolucionarios, quienes estuvieron al frente de un periódico de derechas (Camelots du Roi) que pugnaba en favor de un monarquismo radical, y de los cuales 15 de ellos fueron asesinados por la policía parisina durante una marcha en 1934. Por otro lado, además de ideales monárquicos, esta tríada de escritores compartía otro ideal, que también fue ingrediente activo para que el fascismo sentara sus reales en Clichy: el violento racismo y antisemitismo que jamás se preocuparon por ocultar en sus respectivas obras. Pero, la pregunta básica se mantiene en el aire: ¿son suficientes las palabras para condenar a los escritores?

José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa.

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