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¿Eliminar los microbuses?
Ruth Esparza Carvajal

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sí. Son un infierno

Julieta García González

Foto: Argento

Durante años los ciudadanos de la capital vivimos amenazados por los microbuses y sus conductores. Durante años, también, se nos dijo una y otra vez que los micros eran un mal necesario al cual nos debíamos acostumbrar. Y, de hecho, casi nos acostumbramos a no caber sentados en ellos, a asumir los golpes de pasajeros más avezados que nosotros (capaces de desarrollar estrategias indecibles para proteger sus cuerpos y sus pertenencias precisamente de nosotros). Nos acostumbramos a vivir en constante peligro al atravesar las calles, al estar parados en una esquina y al abordar cualquiera de estos aparatosos vehículos: inclinando su mole metálica, los micros dan vuelta levantando ráfagas de aire a escasos centímetros de los transeúntes, compitiendo por llegar más rápido, por volarse la preventiva, por asustar a los perros que cruzan calles, por rellenar, literalmente, hasta el último espacio posible en sus "unidades".

Negándose a ver la realidad del desastre provocado por los microbuses (seguramente porque nunca tuvieron que subirse de manera cotidiana a ellos), las autoridades nos repitieron hasta el hartazgo que la solución a los problemas de transporte en el Distrito Federal radicaba en este insólito armatoste. Los ciudadanos, sin embargo, compartimos la culpa: difícilmente se escucharon discusiones serias, análisis propositivos o rechazos reales a un sistema de transporte que no produce más que incomodidades. Pocas fueron las voces que se quejaron ante semejante imposición. No importó que las rodillas de todos los pasajeros terminaran lastimadas ni que sus pies acabaran machacados después de un viaje. No se habló de que las dimensiones con las cuales se construyeron fueron completamente ilógicas e inseguras. Asumimos que eran naves confortables y discretas.

La gente paga su pasaje incluso haciendo viajes de mosca o con la cara comprimida entre varios sobacos, hombros, brazos, cabezas... Nadie se queja mucho (a pesar del teléfono en el engomado que todo micro debe tener) porque el micro avance cuando el pasajero todavía no termina de bajar. Ni porque los choferes regañen, insulten o maltraten a quien les paga con billetes de alta denominación o a quien se rehusa a "recorrerse para atrás por favorcito" si es que su cabeza no cabe más que en el hueco de la ventilación.

Nos hicimos de la vista gorda ante la evidente corrupción que rodea a los micros, ante la exigencia de dueños o autoridades de recibir todos los días una cantidad determinada de dinero, como si la voluntad de los pasajeros pudiera establecerse por anticipado, cobrando una cuota por ella. Fingimos demencia ante los policías de tránsito excesivamente tolerantes con los conductores de microbús, incapaces de hacerle frente a un sistema amafiado. Parecimos olvidar que unidades tan mal construidas resultan sumamente peligrosas o mortales en caso de accidente y nos pareció normal que los micros fueran importantes protagonistas de la nota roja en la ciudad.

El sistema de los microbuses no podía haber sido peor. Porque a un vehículo mal diseñado, planeado para economizar y explotar su escaso potencial al máximo eincluso más, habrá que añadirle el irregular mapa citadino (parchado, remendado, inconsistente, nunca planeado), la corrupción y una disposición casi natural a las mafias en esta urbe, la falta de dinero para la capacitación de los choferes y la escasa voluntad de los ciudadanos a cumplir normas de civilidad como pasajeros y transeúntes.

Ojalá la desaparición de los micros traiga consigo un cambio en la cultura del transporte en nuestra ciudad. Ojalá aprendamos también nosotros algo y podamos exigir nuestros derechos elementales ante las autoridades. En todo caso, habrá que decir que sí a la eliminación de los micros y asumir que lo que siga tendrá que ser mejor

Julieta García González estudió Letras Hispánicas en la UNAM.
Correo: julietaga@yahoo.com

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