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Animales desagradecidos
Fedro Carlos Guillén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Divorciarse y morir

Fedro Carlos Guillén

La vida moderna ha traído convulsiones sociales extraordinarias; hace 30 años hablar de homosexualidad o de derechos de las mujeres era simplemente condenarse a ser quemado en la hoguera de las buenas conciencias. Una señora divorciada era una especie de leprosa que tenía que pagar las cuentas de no haber podido salvar un matrimonio que las más de las veces dependía de que el inútil de su marido no llegara con los amigotes a las seis de la mañana para pedir que le calentaran unos chilaquiles.

Hoy, la clase media enfrenta con toda naturalidad la ruptura de las parejas; los divorcios se presentan cotidianamente y nadie hace un escándalo por ello. Sin embargo, y quizá por los antecedentes históricos, existe la extendida percepción de que las mujeres sufren más que los hombres la ruptura matrimonial, que su vida se deshace a pedazos y difícilmente se pueden recuperar del trauma asociado a separarse de la pareja que tuvieron toda la vida...

Pues no.

Un estudio reciente ha señalado que aquellos varones que se han separado o divorciado tienen una amplia proclividad para entrar en el terreno de la depresión y presentan 2.5 más probabilidades de suicidarse que quienes están casados. El trabajo -dirigido por el profesor Augustine Kposowa de la Universidad de California en Riverside y publicado en la Revista Norteamericana de Epidemiología y Salud Comunitaria- ha dado cuenta de este dato que resulta ligeramente sorprendente en un contexto en el cual nos hemos acostumbrado (como otras muchas idioteces) a pensar que los hombres son de hierro y las mujeres de algodón.

Una posible explicación de este hallazgo se centra en el tipo de relaciones en las que se involucran ambos géneros; los hombres -opina Kposowa- establecen relaciones afectivas de menor intensidad y duración. En cambio, las mujeres establecen como prioridad la posibilidad de lograr lazos afectivos duraderos y profundos. Es por ello que cuando el divorcio ocurre, ellas cuentan con una red de apoyo social más amplio que les posibilita una mejor recuperación de las consecuencias que implica perder a la pareja.

Se argumenta que al ocurrir el divorcio, los padres pierden la custodia de los hijos y, en consecuencia, un rol social al cual estaban acostumbrados y los fortalecía; es difícil ser padre si uno se acostumbra a pasear a los herederos los fines de semana de cada 15 días. Asimismo, los hombres se sienten responsables directos del fracaso de la relación con más frecuencia que las mujeres, pues en muchos casos el abandono del hogar por cuestiones laborales o de otras relaciones producen la ruptura. Otro indicador importante es que con más frecuencia las mujeres inician las demandas de divorcio, lo que sugiere que tienen más asumida la decisión y están más determinadas a llevarla a cabo.

Los investigadores concluyeron que los intentos de suicidio son diferentes de acuerdo con el género. El hombre, normalmente intenta quitarse la vida bajo los efectos del alcohol o de alguna droga y lo hace utilizando instrumentos irreversibles como armas de fuego. Las mujeres, en cambio, se valen de pastillas o del corte de las venas que, en muchos casos, no acaban con la muerte de la persona.

El trabajo analizó una muestra respetable de 472 mil personas que se reunieron a lo largo de diez años. De ese número 545 cometieron suicidio; las cuatro quintas partes fueron varones. El trabajo documentó además una serie de factores que inciden en el riesgo de suicidio; los varones mayores de 65 personas de raza blanca son las personas en mayor riesgo.

Otra evidencia más que derrumba mitos de fortaleza y debilidad. Bienvenida sea

Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM y Fellow del Programa LEAD-México.

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