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el revés de la trama Extravíos de Labastida
Edgardo Bermejo Mora
1. Hay que ser muy torpe, muy apasionado o muy generoso para fustigar y pretender polemizar con un adversario a la Presidencia que tiene menos de un punto porcentual en las preferencias electorales. Elegirlo como centro de los ataques, así sea por un momento, es la consagración de la falta de tino y de malicia política de Francisco Labastida. Al atacar públicamente a Manuel Camacho, el candidato priista perdió toda proporción y de paso le hizo un gran favor a su débil adversario, a quien le otorgó completamente gratis lo que éste pedía a gritos: reflectores y micrófonos, una pizca de atención mediática para contrarrestar el terrible papelazo que hace como candidato a la Presidencia. No pudo Labastida, además, elegir peor ocasión y tema para emprender la ofensiva contra quien no lo merece, al menos no en términos de peso político y estrategias de campaña. Se trataba de un discurso solemne en el marco de una efeméride terriblemente simbólica para los priistas: el asesinato de Colosio, y no obstante lo comprometedor de la fecha, Labastida le dio vuelo a su pretendida hostilidad para desenterrar sin necesidad alguna una vieja historia, que ciertamente involucra al candidato del fantasmal PCD, pero que no es ya sustantiva para la agenda electoral del 2000, salvo por el interés que el asunto pueda tener para el propio Camacho que, a falta de fuerza protagónica en el presente, acudió como lo hizo a los sótanos del pasado para demandar su pequeña cuota de notoriedad. 2. Hay una cosa que históricamente -y yo diría que en forma congénita- les hace falta a los priistas: sentido del humor, levedad -que no cinismo, del cual ciertamente no carecen- para tomarse los asuntos de la plaza pública con menos flematismo. Como líder nacional de los priistas, Labastida no es la excepción, de otra manera no se hubiera irritado tanto por el lapsus simpatiquísimo de uno de sus fieles seguidores que en vez de lanzarle "vivas" a él se los dedicó, por un fallo momentáneo de la conexión entre el cerebro y la lengua, al camarada Fox. Si uno escucha el discurso del infortunado oaxaqueño, se dará cuenta que el orador de marras sería incapaz de formular una idea o una frase medianamente sustantiva, como no fueran los flacos insultos que aquel hombre humildemente pergeñó contra el panista -lo acusó, por ejemplo, de "apestar" a zorrillo-. De modo que priista fiel, estaba claro que esta suerte de antiDemóstenes no cometió el error con mala intención ni mucho menos siendo clara la elementalidad de su filiación priista. Sin embargo, eso no importó para los asistentes al mitin: como el pez que por la boca muere, aquel hombre descarriló para siempre su futuro político por culpa de un lapsus en una escena digna de Ibargüengoitia. Labastida y su comitiva hubieran podido reír ante el hecho, y neutralizar el desaguisado con una dosis de levedad y otro poco de sentido del humor. No lo hicieron, y al llamarse a ofensa no hicieron más que enterrarse ellos mismos aquella pobre daga sin filo que las crónicas de los diarios se encargaron de afilar. 3. Las encuestas sirven fundamentalmente para dos propósitos: tomar el pulso de la campaña, hacer cuentas y proyecciones con apego a la realidad, y afinar las estrategias en los aspectos que la propia encuesta indique. En el plano externo, sólo en algunos casos las encuestas pueden servir como recurso propagandístico. Ello ocurre cuando se dan a conocer resultados de estudios realizados por despachos privados o medios periodísticos que lo hacen por iniciativa propia y sin encargo expreso de alguno de los partidos involucrados en la contienda. En tal caso es natural e inevitable que el candidato y el partido que aparezcan punteros se vean favorecidos por la presentación pública de tales índices demoscópicos. De otro modo, por más prestigio que tenga el despacho encuestador, si sus resultados se presentan a nombre de un partido en calidad de contratante de sus servicios, los resultados se desvirtúan automáticamente. Tal es lo que ha ocurrido ya por segunda vez en el caso del PRI, que no obstante acudir a un despacho de fama internacional como Pearson, de nada le valen los resultados cuando los presenta en algo más parecido a un acto jubiloso de campaña que a un informe puntual y sobrio de los presuntos resultados científicos. Las tendencias presentadas así de nada sirven a su aparente propósito: convencer a la opinión pública de la buena marcha de su campaña, y en el fondo lo único que consiguen es que se dé marcha atrás a la consolidación de las encuestas preelectorales en México como instrumentos fiables y útiles para la democracia. Menos aún es habitual ver a un extranjero -investido en el halo de su fama profesional- defender no a los resultados obtenidos por su empresa, sino dar un paso más adelante y colocarse como defensor y promotor del partido que contrató sus servicios. Normalmente en estos casos el despacho establece en el convenio que el uso y manejo de los resultados es responsabilidad exclusiva del partido contratante, pero en este caso la gente de Pearson se puso la camiseta del PRI y quiso convencer con argumentos "científicos" sobre el triunfo inminente del PRI. Tal vez no se equivoquen en sus cálculos y eso estará por verse, pero la forma como se presentaron desacredita no menos al PRI que a su extraviado promotor y, de paso, le hacen un flaco favor al apuntalamiento de la credibilidad y de la confianza que se necesitan con rumbo al 2 de julio. 4. Pasemos por alto el asunto de las computadoras y el inglés que redujo de un plumazo el problema educativo del país; dejemos también a un lado la historieta del padre médico que fue muy bueno con los pobres y, por lo tanto, el hijo heredó automáticamente tales virtudes; no importa tampoco el recurso sobrado y desproporcionado de adjudicarle un poder al candidato capaz de llevar agua al sediento o de construir viviendas a raduales para los desamparados cuando fue gobernador; aceptemos que todos y cada uno de estos desplantes son fruto de la tiranía de la mercadotecnia y la publicidad con fines políticos, y no hay nada que se pueda hacer al respeto. Pero lo que a mí al menos me resulta peor que todas las demas, prácticamente insufrible, es el recurso no menos cursi que excesivo de apelar a lo más sensible de la gente para solicitar su voto: los hijos. Cuando Labastida dice: "Lo haré por lo más importante, lo haré por tus hijos", convierte en melodrama su plataforma electoral, y alcanza tonos de chantaje sentimental que no se merecen ni el público mexicano ni la inteligencia publicitaria. El que habla es Labastida en sus 15 minutos de Evita Perón Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx |
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