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Cuando un chiste pierde gracia
Adrián Acosta Silva
Aquel viejo chiste de los años 60 que decía que en México se podían prever los resultados de la elección presidencial un año antes de los comicios, respondía con exactitud a los resultados de un sistema electoral diseñado para y dominado por un solo partido, donde los comicios resultaban una fórmula de legitimación de la hegemonía monopartidista. De ahí la inutilidad de las encuestas o sondeos preelectorales entre los ciudadanos. Sin embargo, en la década de los 90 el chiste y su contexto perdieron sentido y gracia. Hoy, las encuestas son un instrumento central de la competencia política, la brújula de orientación de muchos partidos y de sus candidatos en un sistema electoral donde los resultados no están dados de antemano ni los triunfos electorales previos aseguran que serán triunfos para siempre. En un país donde las encuestas eran hasta no hace mucho instrumentos exóticos de medición del pulso social y político de la ciudadanía, su irrupción en plena transición política hacia fines de los años 80 significó, primero, una señal que confirmaba la sensación de que se avecinaban nuevos tiempos políticos, y luego, su rápida legitimación entre el arsenal de recursos técnicos de analistas, medios y políticos, que se expresó en su empleo generalizado para intentar conocer (casi) cualquier cosa en el espeso y conflictivo mundo de las opiniones y creencias de los ciudadanos. Hace poco más de una década, los sondeos y las encuestas eran asuntos irrelevantes, instrumentos que eran percibidos como ejercicios fantasiosos, útiles solamente para quien los elaboraba. Hoy, no hacer caso de las encuestas es percibido como un acto de ingenuidad o de irresponsabilidad política, y el gobierno, los partidos y los medios de comunicación contratan o establecen sus propias agencias o equipos de encuestas, como un instrumento para conocer preferencias, impresiones, expectativas e intereses de los ciudadanos-clientes. Esa generalización y aceptación del uso de encuestas en la esfera política fue inducida, por lo menos, por dos factores centrales. De un lado, por el incremento de la competencia político-electoral interpartidista que genera, como en toda democracia, incertidumbre por los resultados. Este factor explica el interés de los partidos y los medios por conocer, con la mayor profundidad posible, la evolución de las preferencias electorales antes de la realización de comicios municipales, estatales o federales. Ese fue un poderoso incentivo para la creación de centros académicos y de empresas dedicadas exclusivamente a la realización de encuestas y sondeos de opinión, que proliferaron rápidamente en todo el país, y llevó a que se incluyeran disposiciones reglamentarias del IFE para el uso de dichos instrumentos en el transcurso de los procesos electorales. El otro factor importante ha sido el interés comercial e informativo de los medios de comunicación electrónicos y escritos por los resultados que arrojan las encuestas. En un país donde la política se convirtió en un asunto que vende, un tema que puede ser tratado como cualquier otra mercancía, los diarios y empresas televisivas incorporaron a sus estrategias informativas y de comercialización de los asuntos políticos del país, el uso frecuente de las encuestas para ganar espacios entre lectores, consumidores y anunciantes. Se creó así un mercado donde compiten empresas productoras de encuestas, diseñadoras de marketing político, publicistas, centros universitarios, que se diferencian por la calidad y consistencia técnica de las encuestas.
De cualquier modo, el hecho es que las encuestas se han colocado en el centro de la atención de los políticos y de la política. Muy pocos se atreven a no hacer caso de ellas, aunque todavía existen políticos que las descalifican o las consideran irrelevantes como instrumentos de medición de las opiniones de los ciudadanos. Hace poco, por ejemplo, con su habitual parquedad, el candidato presidencial del PRD respondió a un reportero, cuando éste le preguntó su opinión frente a los sondeos que lo sitúan muy por debajo de sus principales contrincantes políticos: "La verdadera encuesta será el 2 de julio". Sin embargo, estas actitudes son ya la excepción, no la regla, de la actitud de los políticos de la transición. Pero de la descalificación y el escepticismo generalizado de principios de los 80 en torno a la utilidad de las encuestas se ha pasado a la confianza ciega en lo que "dicen" las encuestas, operando en ciertos segmentos una suerte de "fetichización de la encuestolgía". Y ya se sabe, o se olvida, que las encuestas no dicen, en sentido estricto, nada, sino que ofrecen apenas "fotografías", esbozos de realidad, en torno a intenciones u opiniones políticas de los ciudadanos, en contextos determinados y coyunturas específicas. Y ello se sabe desde la aplicación de uno de los estudios pioneros que se basaron en este tipo de instrumentos para conocer opiniones. En la elección presidencial de Estados Unidos en 1940, un grupo de sociólogos encabezado por Paul Lazarsfeld aplicó una encuesta para entender y describir los cambios en la intención de voto de los ciudadanos, para lo cual tomó una muestra de residentes de un pequeño poblado de Ohio (Erie Country), a la que aplicó una encuesta. El estudio (¿El pueblo elige?) se ha vuelto clásico, tanto por sus aciertos como por sus limitaciones. Su ventaja: permite conocer lo que dicen ciertas franjas de ciudadanos sobre la manera como suponen votarán. Su principal limitación: que, en ausencia de un marco explicativo más amplio, las encuestas no muestran lo que piensan y hacen los ciudadanos en torno a los procesos electorales. Las nuevas generaciones de estudios basados en encuestas, desde luego, se han hecho más elaboradas y sofisticadas para introducir variables de control en los resultados de las encuestas; se ha elevado su grado de confianza y su capacidad de predicción de posibles resultados electorales, pero no logran, en ningún caso, explicar completamente la interrogante de cómo van a votar los ciudadanos el día de las elecciones. El ejemplo más reciente, y dramático, lo tuvimos apenas el 12 de marzo, cuando la derecha española, encabezada por Aznar, logró un triunfo arrasador sobre el PSOE, con un margen que no contempló ninguna encuesta o sondeo previo. Una lección que confirma la incómoda sensación de incertidumbre que todo proceso democrático genera en las sociedades contemporáneas, y que corrobora las limitaciones que tienen las encuestas, esa suerte de oráculos contemporáneos de nuestra modernidad política Adrián Acosta Silva es sociólogo. Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara. |
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