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La magia infantil de Mozart

Thelma Gómez Durán

Foto: Rafael López

Cuando en 1791 Mozart escribió La flauta mágica sólo le quedaba un año de vida. Tiempo que no le fue suficiente para imaginar la grandeza de su obra y las pautas creativas que inspiraría siglos después.

Según cuenta la historia, cuando Mozart estaba agonizando, La flauta mágica se interpretaba en un teatro, y el maestro, en su lecho de muerte y con un reloj, seguía mentalmente la obra. Verdad o simple fantasía, lo cierto es que esta ópera constituye una de las más grandes y eximias creaciones de este compositor y esto se pudo comprobar, una vez más, durante la inauguración del XVI Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México, el pasado jueves 23 de marzo.

Qué mejor que inaugurar el primer festival cultural del año 2000 con una ópera mozartiana recreada con una visión infantil y arriesgada. Quizá para los puristas La flauta mágica creada por un equipo de jóvenes juguetones, dirigidos por el experimentado Sergio Vela, la obra de Mozart y del escritor Emmanuel Schikaneder fue destrozada. Pero para muchos otros, simples observadores y escuchas, como una servidora, el trabajo de Vela (director artístico), Jorge Ballina (escenógrafo), Víctor Zapatero (iluminación) y Mónica Raya (vestuario) es un redescubrimiento del espíritu infantil de Mozart, un acto lúdico, un rescate -muy afortunado- del sentido teatral de la ópera, perdido o minimizado hasta lo ridículo en otras puestas en escena.

"Sólo hay óperas de veras si el amor a la palabra y a la música se reúne con las virtudes dramáticas de ambas. La pretensión que anima esta escenificación es, pues, alcanzar el dominio auténtico de la ópera. La integridad del hecho escénico, el discurso pleno y armonioso de aquellos elementos artísticos cuya naturaleza es dispar y que, por tanto, para lograr el fin común, deben ceder sus privilegios particulares en beneficio de un nuevo fenómeno lírico y teatral", apunta en el programa de mano Sergio Vela y esto se logra de forma muy afortunada al incluir en esta puesta un elemento novedoso en el mundo operístico, a un narrador encarnado en la actriz y cantante Sasha Sökol. Gracias a este recurso escénico, la creación mozartiana se transforma en un cuento en donde aparecen idealizados amantes sometidos a distintas pruebas, que luchan y conviven con una reina malvada, un noble sacerdote y un cómico cazador de pájaros.

Para lograr la magia de este montaje, el director artístico y el escenógrafo Jorge Ballina juegan con el espacio y el tiempo. Crean, en complicidad con la iluminación y el vestuario, un mundo de sombras y luces, una fantasía que hace uso de todos los recursos técnicos disponibles en el Palacio de Bellas Artes.

Pero esta creación juguetona no hubiera sido posible sin la participación de un grupo de cantantes dispuestos a arriesgar, convencidos de que en la ópera la travesura es un elemento indispensable.

Así, esta puesta en escena se coronó con la presencia del tenor Francisco Araiza, una de las máximas aportaciones de México al mundo del bel canto. Aunque en el inicio del primer acto, Araiza se escuchó fuera de sitio, conforme avanzó la trama el tenor encontró su lugar.

Sin embargo, los momentos más sublimes fueron otorgados por las voces femeninas. La soprano estadounidense Anna Vikre, en el papel de la Reina de la Noche, regaló una de las arias más bellas; mientras que la mexicana Lourdes Ambriz mostró de nueva cuenta sus cualidades vocales e histriónicas al dar vida a Pamina.

Otros de los cómplices de esta puesta fantástica fueron el alemán Ulrich Dünnebach, Gabriel Mijares, Jorge Alejandro Suárez, Eugenia Garza, Yvonne Garza, Grace Echauri, Jorge Lagunes, Carla Madrid, Marcela Mendoza, Danae Vergara, Pilar Flores y uno de los mejores tenores mexicanos, pero poco reconocido, José Guadalupe Reyes. Todos ellos bajo la dirección musical de Marko Letonja, quien también se dio una oportunidad de jugar y mostrar a los simples observadores y escuchas la magia infantil de Mozart

La flauta mágicatendrá su última representación este jueves 30, a las 20:00 horas, en el Palacio de Bellas Artes.

Thelma Gómez Durán estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM.

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