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Maribel Ramírez

 

 

 

 

El agua

Ricardo Becerra

Puede que ya sea demasiado tarde

México es el país de los problemas gigantescos y de las soluciones a medias. La avalancha humana de su crecimiento demográfico está poniendo en cuestión prácticamente todos los logros estructurales que tres décadas de desarrollo económico habían logrado: la generación de energía eléctrica, la capacidad de nuestra agricultura para solventar los requisitos alimenticios de 100 millones de estómagos, y el agua, el suministro del vital líquido a un país que durante décadas la ha desperdiciado alegremente.

Pongámoslo así: para que las necesidades estructurales sean satisfechas (electricidad, mantenimiento de las plantas petroleras, gas natural, carreteras, telecomunicaciones, protección ambiental y agua) México necesita de una inversión de 30 mil millones de dólares durante los próximos seis años, de aquí al año 2006 (cálculo realizado por el Consejo Coordinador Empresarial y expuesto en el World Economic Forum). El punto es que esas son, precisamente, las zonas que se han pospuesto, evadido o recortado permanentemente, a lo largo de los últimos años.

Hemos llegado a límites muy peligrosos: Guillermo Guerrero Villalobos (director general de la Comisión Nacional del Agua) lo expuso así a principios de marzo: "México enfrenta perspectivas muy preocupantes en el uso sustentable del agua"; hoy, cada habitante dispone de cuatro mil 900 metros cúbicos por año; en el año 2025 dispondrá de tres mil 500 metros cúbicos. Para los estándares técnicos eso significa que el nuestro es un país que ha dejado de ser rico en el recurso para ser catalogado como uno con "baja disponibilidad de agua".

Fuente: Revista Tláloc, Asociación Mexicana
de Hidráulica. Sep-Dic, 1999.

Es un problema estratégico, en el largo plazo acaso sea más importante que el tipo de cambio, el comercio exterior o el control de la inflación. Estamos hablando ya no de una frontera económica, sino de uno de los límites físicos del desarrollo mexicano. Esto significa que se están agotando los mantos acuíferos del país. El ritmo de la demanda urbana y agrícola en la década de los 90 y en la década que viene imponen al país una obligación que no vamos a poder cubrir si seguimos con el disimulo o la ignorancia sobre el tema: disciplina ciudadana, encarecimiento radical del líquido y una amplia inversión para buscar nuevas fuentes y para obtener la tecnología de reciclaje.

Nada de esto podemos escuchar en los programas de gobierno ni en los discursos de los candidatos: pero se trata de una urgencia inaplazable, más bien, una urgencia que lleva décadas aplazándose por falta de recursos, por decisiones políticas o por simple y llana miopía de partidos y gobernantes.

Un botón de muestra: el Consejo Consultivo del Agua tardó dos años en conformarse, llegó en el último tramo del sexenio y su presentación y diagnóstico no se tradujo en estrategias sostenidas ni en medidas practicables. Si hacemos caso a un viejo diagnóstico elaborado por Julia Carabias hace ya más de una década (en el libro La desigualdad en México) es posible que el año 2000 sea ya demasiado tarde: dados los hábitos de consumo, el precio irrisorio del agua y la magra inversión hidráulica, inevitablemente nos enfrentaremos a años críticos de escasez de agua al finalizar la década que comienza. Y sin agua, no hay macroeconomía ni democracia ni globalización que valgan la pena. En tales condiciones, México será acaso una parodia, una mera ilusión estructural

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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