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Narcisismo y
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Jorge Medina Viedas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

crónica

El Paso: Vivir en el límite
De fiesta en Juárez

Martha Bátiz Zuk

Frontera Cd. Juárez-El Paso Texas
Foto: Luis Humberto González/Silva

Vivir en El Paso, Texas, es como estar preso en una caricatura gringa y habitar una escenografía de Televisa. Me explico. Al igual que en Los Picapiedra, Los Superamigos o en Don Gato, los paisajes se repiten y se repiten y se repiten aunque se supone que uno va avanzando: calles parecidísimas, centritos comerciales al aire libre muy cerca unos de otros, casi siempre contiendas similares, restaurantes de comida rápida, grandes malls, muchísimo espacio en todas direcciones, todo ordenado, todo limpio. Como el Springfield de Los Simpson, pero sin planta nuclear. Las casas son de madera, construidas con piezas prefabricadas que, una vez colocados los cimientos, los obreros arman a todo vapor como si jugaran Lego. Las paredes suenan huecas, frágiles como cascarones, y cuando el viento del desierto ruge con fuerza, se estremecen, cerca de las ventanas se crea un aullido que no cesa y uno por fin entiende en carne propia lo que deben haber sentido los cerditos flojos del cuento cuando el lobo feroz intentaba derrumbar sus hogares a soplidos, y de dónde surgió la inspiración para El Mago de Oz.

Nada después de medianoche

Al principio, sobre todo si se ha vivido siempre en la ciudad de México, manejar un automóvil en calles estadounidenses es una aventura que da miedo, pues es necesario estar pendiente de muchas cosas al mismo tiempo: de no perder de vista cada letrero que indica los límites de velocidad, que cambian muy seguido -según el tipo de calle y zona por donde se transite- y, por supuesto, verificar lo que marca el tablero del auto para no excederse; de vigilar en cuál carril hay que circular porque una equivocación puede derivar en un desvío indeseado e inevitable hacia la derecha o la izquierda; de hacer un alto total y luego saber quién deberá avanzar primero cada vez que hay un signo de STOP (abundan); de aprender que, aunque los peatones aquí sean una rareza porque a pie no se llega a ninguna parte, los que se le atraviesen a uno merecen respeto y es obligatorio cederles el paso. Eso para empezar. Nada de estacionarse en doble fila ni frenar de improviso ni cambiarse de carril sin avisar ni ninguna de esas maravillas que uno hace a diario para sobrevivir en nuestra capital. Todo puede y será utilizado en contra de uno si se descuida. Nada de regar el jardín cuando a uno se le da la gana, porque para eso hay días preestablecidos por la compañía de agua. Para los adolescentes, toque de queda y multas a los padres que les permitan estar solos por las calles después de las diez u 11 de la noche. Para los adultos, nada de fiesta pasadas las 12 (sí, como Cenicienta), porque de por sí todo está cerrado y aquí sí castigan al incauto que atrapen manejando cuando ha bebido aunque sea una chela. Nada... de nada. Dicen que éste es el país de la libertad y del envidiable sueño americano y tienen una colección de prohibiciones digna de impresionar hasta a los inquilinos de Almoloya. Por eso, todo mundo se va de juerga a Ciudad Juárez. Ahí el panorama es distinto.

Para empezar, las casas son de concreto (viva el Tercer Mundo). Los paisajes también se repiten, pero por desgracia tampoco son alentadores: un hotel de paso junto a un bar feo junto a un puestito o restaurante de burritos junto a una maquiladora junto a un minisuper "Rapidito Bip Bip" con la cara del Correcaminos junto a otro hotel de paso junto a otro bar más feo junto a otro puesto de burritos junto a otra maquiladora junto a otro "Rapidito Bip Bip"... A veces entre uno y otro hay alguna tienda, pizzería, Taco Tote o Mac Donald`s o centros comerciales tipo Plaza Universidad cuando estaba recién construida y no tenía techo, o iglesias y, puestas como granos de pimienta aquí y allá, casas solas, condominios horizontales y edificios enanos (el único edificio alto de Juárez tiene seis pisos), separados a veces por algunos lotes baldíos enormes que parecen estar en espera de la construcción de otra maquila o de otro hotel de paso o de otro bar o de otro "Bip Bip"... El leit motiv de cada calle y avenida -por supuesto- son los baches, pero básicamente lo que más se ve, por las luces de neón y los colores llamativos de la pintura exterior, son antros. Las zonas residenciales de lujo son pocas pero qué barbaridad, qué casas tan ostentosas (las más grandotas, casi siempre con algún toque nacón, la gente local dice que son de los narcos...). Han iniciado un proyecto residencial nuevo, al parecer con terrenos muy caros, para cuya entrada se construyó como adorno una réplica del Arco del Triunfo de París, pero en chiquito (y, la verdad, feo).

También hay toque de queda, porque me imagino que si no, sería todavía más difícil ejercer control alguno sobre la zona, pero los juarences son más razonables: a las dos de la mañana todo cierra y uno se va a su casa a seguirla si quiere o, de plano, la corta, pero por lo menos ya se oreó como Dios manda. Los adolescentes son felices porque pueden beber hasta caerse. Los adultos también. Claro que siempre hay chance de librar a la tira con un soborno aderezado con una súplica genuina si es necesario, todo mundo lo sabe y lo hace (igual que en el DF y el resto del país). Y de camino de regreso a El Paso la fiesta sigue en el puente libre para cruzar la frontera, donde los jóvenes van muertos de la risa de un carro a otro viendo cómo camuflan o enderezan mejor a los que están ahogados de borrachos y apenas pueden sostenerse sentados, o decidiendo quién se va con quién a última hora. La gente sonríe, se saluda aunque no se conozca, se echa miradas de complicidad: ya echamos todos nuestro desmadrito hasta el último minuto posible y, cual compañeros de la misma desgraciada causa, regresamos al mismo tiempo, literalmente, nomás porque ya no nos quedó de otra (la cola que se hace a partir de las dos de la madrugada es casi tan larga como las que se forman durante ciertas horas clave del día).

El Bravo no llega a chorrito

Foto: El País Semanal

Aquí, los paisajes que se ven son tan contrastantes que los ojos y el vientre tardan en digerirlos. A quien le gusten los panoramas verdes, obviamente los parajes áridos de esta zona le van a parecer decepcionantes, o tristes, aunque en realidad tienen cierto encanto. Los colores que toma el cielo al atardecer son invariablemente sorprendentes y hermosos tanto en el estacionamiento del "Rapidito Bip Bip" como en el freeway y, se esté donde se esté, siempre dan ganas de observar la puesta de sol de principio a fin. Si uno va transitando por la autopista I 10 (el freeway) rumbo a México se pueden apreciar, de un lado, las Montañas Franklin que, pelonas y tamaño cerro como son, bastan para esconder El Paso entero, y del otro, una de las colonias más pobres de Ciudad Juárez. La cercanía entre ambos lugares en ese punto y lo evidentes que son sus abismales diferencias, impresionan. Me dijeron incluso que ha habido iniciativas estadounidenses para bardear ese trecho y ocultar el caserío miserable...

El río Bravo aquí es un mito. No bastaría ni para ilustrar la canción más famosa de Cri-Crí.

Por otro lado, es importante decir que este lugar ofrece opciones interesantes para realizar estudios superiores, tanto en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez como en la Universidad de El Paso, Texas (UTEP), como en la Universidad de Nuevo México en Las Cruces, puesto que estos estados están casi a pasos de distancia (para quienes fuimos damnificados de la huelga de la UNAM es muy importante saber dónde hay otras universidades a nuestro alcance). De hecho, hay un punto específico al cual románticamente se le conoce como "el sitio en el que se unen dos países y tres estados", que puede verse desde la autopista que atraviesa y comunica a El Paso con el resto de Texas y del país.

Por supuesto, del lado gringo todos trenzan el español con el inglés de verdad como Dios les dio a entender, y terminan diciendo cosas como que "hay que pagar los biles" (las cuentas), o simplemente combinan ambos idiomas, incapaces -al parecer- de elaborar una oración completa en uno solo de los dos. Flota en el ambiente y fluye en la sangre una paradoja punzante de la que nadie que haya estado aquí puede dejar de hablar: los mexicanos que nacen o se han criado de este lado de la frontera son -o se sienten- estadounidenses, pero su físico latino se encarga de recordarles que no lo son, que siempre van a ser una minoría considerada ciudadanía de segunda, por mucho que en todas partes se diga que no es cierto, que todos los hombres son iguales, y tengan sus papeles muy en orden. La confusión que se adivina tanto en sus ojos como en su habla causa sensaciones encontradas que ayudan a explicar por qué tanta gente viene a esta región solamente para escribir de ella y su gente, o hacer documentales e investigaciones. Es cierto: este pedazo de tierra es otro país que no es México y tampoco es Estados Unidos y uno no puede imaginárselo realmente hasta que lo ve en persona.

Antros y estrellas

"Las casas son de madera que los obreros
arman a todo vapor como si jugaran Lego"

Sin embargo, vivir aquí presenta más ventajas prácticas de las que al principio uno pudiera imaginarse. Cuando se siente la menor nostalgia por la patria, se puede cruzar al otro lado y estar de nuevo como en casa, aun en medio del paraje de hoteles y antros poco agraciados. Se pueden hacer compras en los supermercados mexicanos, conseguir más baratas algunas cosas y cruzarlas sin problemas, lo cual a la larga significa un ahorro importante. En resumen, se tienen al alcance de la mano cosas buenas de dos mundos: la eficiencia gringa, con todas sus prohibiciones pero también sus aspectos favorables, y la alegría mexicana, que en el norte tiene un sabor más especial todavía. En la noche se pueden ver las estrellas, lo que para cualquier defeño es un espectáculo rarísimo, y el ruido es prácticamente inexistente...

¿La inseguridad? ¿Las mujeres asesinadas? En Juárez no se habla mucho de eso o, al menos, no me ha tocado escuchar el tema en conversación alguna, más bien uno se entera porque se menciona mucho en los periódicos y noticieros locales y nacionales. En los programas paseños de noticias, por ejemplo, siempre mencionan lo ocurrido en Juárez con horror, incluso en mayor medida que en los programas mexicanos que últimamente han dedicado horas a analizar o enlistar los problemas que hay en esta ciudad. Pero, en general, me da la impresión de que la gente de Juárez está acostumbrada a lo que sucede en su ciudad, pareciera que ya nada los toma por sorpresa, los sucesos violentos no son protagonistas en sus pláticas. Eso sí, se toman precauciones (a ciertos lugares es mejor no ir a tales horas, a otros de plano mejor ni acercarse, aunque algunos de los más concurridos se dice, a veces, que también son centros de esparcimiento de los narcotraficantes, o sus lugares favoritos para comer...). Pero estas y otras precauciones son acaso iguales a las que se deben acatar también en la ciudad de México, de modo que para un emigrado capitalino no hay un cambio drástico de vida en ese sentido.

A nivel cultural, para ser una zona geográficamente clave que habitan un total de dos millones de habitantes (un millón 500 mil en Juárez, el resto en El Paso), el panorama es pobre todavía, sobre todo si se le compara con Tijuana. No obstante, se están haciendo esfuerzos, tanto del lado estadounidense como del mexicano para enriquecer la oferta cultural. Por ejemplo, en El Paso hay un teatro grande y bonito que hace las veces de casa de ópera. Hay una orquesta sinfónica de calidad mediana que ofrece conciertos con regularidad y presenta espectáculos operísticos dignos. Se acaba de realizar un festival de teatro del Siglo de Oro donde se presentaron puestas en escena de compañías de diferentes partes del mundo, y hubo funciones tanto en El Paso como en Ciudad Juárez, con un programa variado e interesante. Se hacen congresos de escritores, se presentan libros, en fin, hay mucho por hacer, pero la gente está ávida de organizar actividades y/o de asistir a ellas. Eso da esperanzas.

Hay muchos aspectos de la vida en este lugar que vale la pena analizar y sentir con calma y mayor profundidad. Sobre todo del lado mexicano de la frontera. Porque, insisto, vivir en El Paso es como estar preso en una caricatura gringa y habitar una escenografía de Televisa, y eso sí dudo que vaya a cambiar

Martha Bátiz Zuk es escritora. Su novela más reciente es A todos los voy a matar (Ediciones Castillo).

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