![]() |
el país | el mundo | dinero | columnas |
| gente | ciberia | águila y sol | medios | |
| ensayos | mañana | libros | cultura | |
| tianguis | espectáculos | etcétera | ||
|
ensayos |
||||||||||
|
crónica
|
ensayo Narcisismo y metamorfósis
Jorge Medina Viedas
Como en casi todos los regímenes democráticos o en camino de serlo, los medios de comunicación ocupan un lugar preponderante en la estructuración de los consensos sociales. Los medios fijan la naturaleza de su relación con las fuerzas políticas y culturales a partir de sus intereses, y en un momento dado su influencia puede llegar a ser determinante en el desarrollo del conjunto de la sociedad. México ha hecho el tránsito hacia la democracia con ajustes y alteraciones sociales que han dado lugar a rupturas con los viejos moldes del quehacer político, renovando y actualizando las formas de relación entre los ciudadanos, las cuales se sustentan en el paradigma democrático, cuyos lineamientos han sido una aspiración histórica de la sociedad mexicana. Vista en la perspectiva de la segunda mitad del siglo, las elecciones de 1988 constituyeron para nuestro país un parteaguas, pues la democracia adquirió un grado mayor como referente social y se convirtió en una posibilidad real de vida para núcleos de población más amplios, y como es lógico ante sucesos de esta naturaleza, sus consecuencias alcanzaron al gobierno y al partido político que lo sostenía en el poder desde hacía casi 60 años. El remolino social en que se convirtieron esas elecciones arrastró a un gran número de medios de comunicación. Con esto se quiere decir que las fuerzas sociales y los grupos emergentes fueron los que catapultaron a las instituciones periodísticas a la asunción de mayores compromisos con los valores de la democracia. A partir de esos momentos, algunos de ellos, apoyados en valores como el pluralismo o el ejercicio más abierto de la libertad de prensa, desbloquearon los angostos y señalizados caminos que ofrecía el régimen de partido único, y abrieron sus puertas al pensamiento progresista y liberal que vivía larvado en la academia o en algunas empresas editoriales del país. La nueva prensa mexicana no se nutrió ni se desarrolló en una sociedad democrática. Más bien abrevó de las luchas y de los esfuerzos que diversos sectores sociales llevaron a cabo para conseguir mayores libertades políticas. De hecho, en la prensa las cosas comenzaron a modificarse de unos años a la fecha, bajo el apremio de la presión social y por las evidencias de que una nueva sociedad civil estaba emergiendo en nuestro país. El experto mexicano Raúl Trejo Delarbre convirtió las declaraciones de dos miembros de la saga de los Azcárraga en datos explicativos de este fenómeno, que además muestran la congruencia que puede haber entre los intereses que defienden los empresarios y su visión de la realidad. Trejo recuerda que el 16 de enero de 1988, el entonces dueño de la empresa televisiva más importante del país, Emilio Azcárraga Milmo, le decía a dos reporteros mexicanos, Pablo Hiriart y Miguel Angel Rivera: "Nosotros somos del PRI, miembros del PRI, siempre hemos sido del PRI; no creemos en ninguna otra fórmula. Y como miembros de nuestro partido haremos todo lo posible por que el candidato nuestro triunfe. Eso es muy natural". Azcárraga Milmo murió el 16 de abril de 1997. Su sucesor al frente de Televisa, su hijo Emilio Azcárraga Jean, una década después, cuando el paisaje político de México se había transformado, expresó ideas muy diferentes al respecto: "La democracia es un gran cliente para la televisión", y "los medios de comunicación no deben estar al servicio de un candidato o un partido político en particular". Que el cambio de los medios es aún más verosímil, lo revela el testimonio de José Woldenberg, presidente del Instituto Federal Electoral, organismo ciudadano que sustituyó al gobierno en la organización y conducción de los procesos electorales. Woldenberg dijo hace sólo unos días, al presentar el primer informe del monitoreo de radio y televisión para evaluar las campañas presidenciales: "Hoy por hoy, a excepción del PRI (subrayo "a excepción del PRI"), todos los partidos políticos han conquistado un tiempo mucho mayor en el espacio electrónico y, sobre todo, una mejor cobertura informativa". Estas pueden parecer buenas noticias para la democracia pero no lo son, evidentemente, para el partido gobernante. Los cambios propiciados por un conglomerado más exigente, el agotamiento de los instrumentos de control político, el avance del pluralismo y la creciente modernidad del entorno interno y externo han acelerado el posicionamiento y protagonismo de los medios en la vida pública del país. En la coyuntura actual, mucho influye en su mayor activismo y en su conducta frente al poder, el ambiente generado por los resultados electorales de 1997 cuando la oposición modificó la correlación de fuerzas en su favor en el Poder Legislativo y en la ciudad de México, donde reside un importante porcentaje de los electores del país. Recambios en los medios El cambio que se operó en el ámbito mediático del país se relaciona con los factores políticos mencionados y con el avance de la tecnología, cuya dinámica aceleró la diversificación de los medios y los índices de competencia entre ellos mismos. Las razones empresariales y más claramente mercantiles se convirtieron también en un factor de cambio en los mass media mexicanos. Su desplazamiento hacia la oferta de un periodismo más crítico, más vivo y atractivo para las audiencias crecientemente exigentes, tenía relación tanto con las aspiraciones genuinamente periodísticas de muchos empresarios mexicanos, como con la necesidad de dar respuesta a las novedades del mercado a cuyo ámbito habían llegado, para quedarse, consumidores que reclamaban servicios informativos diferenciados.
Aquí el axioma de que a toda modernización económica corresponde una modernización política operó bien en los medios mexicanos, pues con la apertura de éstos se lograron escalar mayores niveles de libertad informativa. Las circunstancias particulares como Carlos Salinas llegó al poder, provocaron que los dueños y periodistas de la prensa escrita y electrónica fueran más críticos. Atrapado en un callejón sin salida, el gobierno permitió márgenes de beligerancia en medios como la radio y la prensa escrita, que no se habían visto en toda la época de gobierno del PRI. El caso es que los medios mexicanos dejaron de ser promotores o difusores de una sola visión y de un solo punto de vista. "Los medios en nuestro país, estuvieron ceñidos por largo tiempo a una casi inevitable unilateralidad, de tal forma que uno de los primeros signos del cambio que se pueden apreciar en ellos es la apertura informativa a la pluralidad de partidos y campañas que ahora hay en México" (Raúl Trejo Delarbre, 1999). De cualquier modo, observar la cobertura de los medios, hacer una medición cuantitativa y cualitativa de su comportamiento en procesos políticos específicos como las elecciones da la pauta para evaluar también su propio comportamiento y advertir si sus coberturas son un freno o un factor que ayuda a las expectativas del desarrollo de la democracia. El proceso sucesorio del año 2000 en México ofrece una excelente oportunidad para analizar y evaluar dicho comportamiento dadas las condiciones de exigencia periodística, técnica y profesional que el suceso supone. ¿Cuáles aspectos del papel que están jugando los medios en la sucesión presidencial deben ser destacados y puestos en conocimiento de los ciudadanos? ¿Influirán con sus mensajes en el voto ciudadano? ¿En qué magnitud? ¿Serán decisivos en el desarrollo general del proceso? Hay frente a estas preguntas concretas algunas respuestas genéricas que parten de la comprensión general que existe sobre los medios mexicanos: como en cualquier parte del mundo, éstos tienen un grado de influencia importante. De igual manera, unos más que otros. La televisión tiene la ventaja de que convierte las campañas políticas (o al menos trata) en un espectáculo más de su programación y la gente las sigue con más emociones que razones. En México estamos viendo unas elecciones marcadas por la presencia poderosa de los medios electrónicos. Estos se han convertido en el principal instrumento de promoción ante los electores para la conquista del voto. Aunque los mítines se produzcan esporádicamente a los largo de las campañas, parece ser que pasó a segundo término la comunicación política basada en el contacto personal con multitudes. La difusión de la mayoría de los actos de proselitismo de los aspirantes presidenciales se sustenta en sus propias imágenes y en la difusión de sus palabras a través de la radio. Es importante hacer notar que una novedad de esta contienda consiste en la comparecencia de todos ellos ante organizaciones sociales y asociaciones intermedias que han convocado sus audiencias a escuchar sus propuestas y puntos de vista. (A la fecha, 11 de estas organizaciones nacionales los han recibido.) En ese sentido, tanto los medios electrónicos como los impresos son más plurales que en el pasado y atienden a una sociedad más demandante de información política y, lógicamente, más plural; las coberturas de las campañas de los candidatos presidenciales son abundantes y, en general, salvo excepciones muy notorias, la información que se percibe es razonablemente equilibrada puesto que busca responder a las expectativas de una audiencia diversificada. Sin embargo, entre los rasgos comunes que se pueden identificar de nuestros medios está la marcada intención de algunos por imponer en la opinión pública la idea de que en las campañas políticas predominan los conflictos personales entre los candidatos, difundiendo aquellas partes de las declaraciones de éstos que les sirven para ese propósito. De continuar esta tendencia, que además se ha extendido a la mayoría de los medios, lo que puede suceder es que el proceso electoral sea conocido sólo como una guerra de frases triviales y se quede sin sustancia temática. Hay un riesgo de banalización que los medios están obligados a frenar. Quizá por ello, no pocos ciudadanos de la calle se muestran poco interesados en la sucesión presidencial. Inscritos en esa corriente de opinión o influidos por lo que reflejan algunos de sus colegas, los analistas políticos han insistido en que las campañas no "prenden" o no "levantan", pero por lo general toman como referencia aquella información que los medios privilegian y la cual nada tiene que ver con las propuestas que los candidatos han hecho a sus distintas audiencias. Las acusaciones efectistas sobre temas como el narcotráfico, la corrupción, la ignorancia de algunos candidatos e incluso su hombría, impiden que las campañas sean vistas por el común de la gente a partir de las ofertas que cada uno de los partidos plantea. No son los medios los únicos responsables de ello pero, sin duda, lo que se puede decir es que su cobertura temática y en torno a las propuestas de los candidatos, ha sido hasta hoy insuficiente. Raymundo Riva Palacio, haciendo un análisis de las elecciones de 1994, argumentaba que los medios mexicanos han tenido un impacto "deficiente" en la educación del electorado. Decía además: "No se ha dado el proceso mediante el cual exista como norma una prensa independiente, balanceada y precisa, que mantenga informado al electorado". Algo han cambiado las cosas desde que Riva Palacio hacía estas consideraciones, pero no mucho. Es cierto que la prensa es un poco diferente. Es más abierta a las propuestas periodísticas de otras latitudes, más despierta frente a temas de mayor complejidad, más plural. Pero aquella que tiene una posición estratégica en el universo de la competencia, la que arriesga en sus planteamientos empresariales o políticos, se ha ido polarizando. Hay quienes consideran que esta polarización puede tener ciertas ventajas, pues un público determinado encuentra en un medio determinado lo que busca, lo que quiere ver, oír o leer. En el contexto de la política, cada partido tendría entonces su medio de referencia. De ser así las cosas, el desenlace previsible sería el mismo tipo de relación que había en el pasado entre el gobierno y los medios: éstos decían lo que quería hacer creer el gobierno y, siguiendo con ese esquema, los diarios o noticiarios dirán lo que quiere cada partido y, lógicamente, se tendrá el resultado de que la sociedad irá por otra parte. El riesgo de las visiones unidimensionales es que anidan intolerancia e impiden el flujo de las ideas diferentes que para la buena salud de la democracia deben contrastarse frente a los ciudadanos y con ello alentar las potencialidades de este sistema político. Lo dijo atinadamente Azcárraga Jean. La democracia vende bien y hay que apostar por ella. Encaja en el proceso novedoso el hecho de que, quien antes era un postergado de los medios, el opositor por ejemplo, sea hoy un cliente como cualquier otro, es decir, un anunciante, que por añadidura es capaz de generar el combustible que hace funcionar la maquinaria de la que se nutre el medio, o sea, la información que reclama su audiencia. Este fenómeno no debe verse como algo extraordinario por cuanto ocurre de manera normal en cualquier economía de mercado y en toda sociedad democrática. En todo caso, tiene que verse como parte de la diada que ha de establecerse entre la democracia y el periodismo, en la que se exigen determinadas normas morales para quienes participan en la operación de este vínculo. No obstante, estas reflexiones no dejan de ser valoraciones meramente subjetivas acerca del protagonismo de los medios en la política. Por ello es interesante añadir algunas otras relacionadas con el desempeño que han tenido en la primera fase del proceso electoral mexicano, aquellos medios sometidos al escrutinio del Instituto Federal Electoral a través de una empresa privada, libre de todo sesgo o intención política. Debo decir que la necesidad de contar con mediciones cuantitativas y cualitativas de ese desempeño ha sido una preocupación de los partidos políticos, de grupos académicos y de estudiosos, que tiene su origen en la injusta distribución de los tiempos que se hacía en el pasado en los distintos noticiarios de radio y televisión y en la prensa escrita, cuya preferencia, lógicamente, era para el PRI. Hoy, a consecuencia de ello, el Instituto Federal Electoral está obligado a medir y evaluar los tiempos de transmisión de los espacios noticiosos en radio y televisión sobre las campañas, atendiendo lo establecido por el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales, en su artículo 48, párrafo 12. La primera evaluación comprendió los primeros 25 días formales de campaña de los candidatos y abarcó un total de 211 noticiarios de radio y televisión que la Comisión de Radiodifusión del IFE seleccionó para su monitoreo. Los primeros resultados muestran que la radio y la televisión en el país dedicaron a las campañas de las coaliciones Alianza por el Cambio (PAN y Partido Verde Ecologista), a la Alianza por México (Partido de la Revolución Democrática, Partido del Trabajo y otras formaciones sociales) y al PRI, 28.23, 25.70 y 32.02%, respectivamente, de un total de 11 mil 549 apariciones. Los partidos pequeños y de reciente registro, Centro Democrático, Auténtico de la Revolución Mexicana y Democracia Social alcanzaron 4.34, 6.63 y 3.08%, respectivamente. Si estas cifras, particularmente las que se refieren a los tres partidos más importantes, se colocan frente a las que reflejaban los estudios de 1988 y 1994, la primera conclusión es que el periodismo y los medios han cambiado de forma contundente. Algunos números podrían confirmar la anterior aseveración: en los principales noticiarios de la ciudad de México en 1988, los porcentajes de transmisión en televisión eran bastante disparejos: 83.1% lo recibía el PRI, el PAN 3.1 y el entonces el Frente Democrático Nacional, 1.6. En los comicios de 1994, el PRI concentró 42% del tiempo y el resto se repartió entre los demás partidos. Entre enero y abril de ese año, una organización ciudadana registró los siguientes datos: en el Canal 2 el PRI tuvo 52 impactos, el PAN 26 y el PRD 25; en el Canal 13, el PRI 75, el PAN 36 y el PRD cuatro.
Pero volviendo al monitoreo del IFE, vale la pena mencionar que reveló un hecho inédito: en los estados de Aguascalientes, Baja California, Campeche, Colima, Guerrero, Michoacán, Nayarit, Sonora, Guanajuato, Tlaxcala y Zacatecas, la cobertura fue mayor en 50% en favor de una coalición distinta al PRI. Nadie debería escandalizase por este fenómeno puesto que en contraste hay otros estados del país donde los porcentajes son favorables al PRI. Lo que sucede es que en el caso de los primeros, o sea, donde la cobertura favorece a las oposiciones, en la mayoría de estas entidades federativas gobierna la oposición o recién acaba de asumir el poder, lo que demuestra que en una parte importante del territorio nacional, la diada aludida entre cultura política democrática y periodismo, podría estar determinada por los intereses políticos partidistas. Por lo que se refiere al Distrito Federal, la lectura de los datos se puede hacer desde diversas perspectivas. Una de ellas es que la radio repartió su tiempo de la siguiente manera: 28% en favor de Vicente Fox; 31% en favor de Francisco Labastida y 22.8% en favor de Cuauhtémoc Cárdenas. Un aproximado de 18% fue dedicado al resto de los partidos. Aquí, sin embargo, es importante hacer una consideración: los noticiarios monitoreados por el IFE tienen distintos niveles de audiencia. Por lo tanto, aunque las cifras generales aparentemente favorezcan al PRI, la realidad es otra. Labastida, por ejemplo, logra un porcentaje muy alto en el noticiario del IMER Antena radio, de 52.9%, frente a 26% de Fox. Sin embargo, en Monitor de la mañana, el noticiario que absorbe prácticamente 60% de los radioescuchas de la capital, con una serie de repetidoras en todo el país, el panista logra 44.6%, Cárdenas 17.7% y el priista apenas logra 13.7% de la cobertura. A diferencia de Monitor de la mañana que conduce José Gutiérrez Vivó, aunque algo privilegian también a los partidos de oposición, otros conductores son más mesurados en la manifestación de sus preferencias políticas e ideológicas. Sólo si se exime el análisis de los sesgos de los conductores (o por eso mismo), la interpretación del informe citado puede llevarnos a la conclusión de que la cultura de la democracia ha dado un paso adelante en este terreno. Lo sería también si la interpretación se hace a contrario sensu de los intereses del PRI, como lo han hecho el presidente del IFE ("todos los partidos, a excepción del PRI, han conquistado un tiempo mayor en el espacio electrónico") y el director de Prerrogativas y Partidos Políticos Arturo Sánchez, quien, por su parte, aseguró que mientras hace tres años el beneficiario de la cobertura electrónica era un solo partido, el PRI, hoy la concentración no es uniforme, y la tienen en algunos estados varios partidos. Dijo Sánchez con motivo de la presentación pública del informe: "En cuatro estados la concentración más importante la tuvo Alianza por el Cambio, número similar el caso de la Alianza por México; en otros estados, en cinco entidades la concentración favoreció al Partido Revolucionario Institucional". Con tales resultados, al menos a mí, las cuentas de la democracia electrónica no me cuadran. Lo que parece demostrar el monitoreo es que ciertamente hay mayores libertades en los medios, pero no una cultura democrática. Con esto quiero decir que a pesar de sus reflejos democráticos (y sus resabios excluyentes) los medios mexicanos son más abiertos, plurales y competitivos. Otra consideración es que, a estas alturas, tampoco podemos saber si su influencia es tal que muchos de los electores, en este caso, se estén dejando llevar por las preferencias de los llamados "líderes de opinión" y por los medios que los avalan. No lo sabremos hasta el 2 de julio. Democracia incluyente o mercantilismo excluyente Dice el consultor político estadunidense Dick Morris, con toda la carga de pragmatismo de que es capaz, que: "Una vez que el político ha dado a conocer los temas de interés y sus propuestas, los medios se encargan de divulgarlos. Pero en su arrogancia, los medios sobre-estiman su poder para influir en los electores. Los editores y reporteros creen que pueden determinar las prioridades del público. Sin embargo, la experiencia de los últimos años revela que éste es quien decide sus prioridades, independientemente de los medios. La gente pondrá atención en lo que quiere, y no en lo que los medios consideren qué es importante. Los electores saben." El autor de El nuevo Príncipe (1998) añade: "La gente se ha vuelto muy suspicaz respecto a los medios y cada vez más sofisticada en detectar sus intentos de manipulación. El electorado ve a los medios como una especie de grupo de intereses específicos, no más objetivos que otros en dar sus puntos de vista. Al igual que los lectores de Pravda en la antigua Unión Soviética, los electores se han vuelto cada vez más selectivos en cuanto a qué historias creer y cuáles descartar. (...) Así que hay buenas y malas noticias para el político. La mala es que su equipo puede tener poca influencia en cómo son presentadas sus ideas por los medios. Pero la buena noticia es que en realidad no importa. El público se reserva el derecho de decidir lo que acepta y lo que no. La parcialidad de un medio tendencioso hace poco por influirlos; es abrumadoramente el contenido de las ideas lo que más cuenta".
Morris llega a esas conclusiones teniendo como referencia a la sociedad de su país. ¿La nuestra podría ser tan poco manipulable como aquélla? Hay que pensarlo dos veces. Tomemos unos ejemplos. Decíamos que en 1988 la televisión vio prácticamente una sola campaña: la del PRI. Con la ventaja del tiempo hoy podemos decir que los controles no funcionaron: se acabó "el partido prácticamente único", la popularidad de los opositores creció, el triunfo de Salinas sigue siendo motivo de debate, etcétera. En 1994 los medios se encargaron de difundir que habría un "choque de trenes". Tampoco pasó nada. Las manifestaciones por un cambio rápido del sistema político, a veces excesivamente beligerantes, pueden obedecer a razones que no estoy muy seguro de llamar "morales". Pero al menos sí se puede decir que son razones de conciencia, que es algo distinto. En su desmedido afán por desprenderse del estigma que una parte importante de la opinión pública les endosó, merced a la relación de subordinación y complicidad que mantuvieron con el régimen político mexicano, tengo la impresión de que hay más de un diario y no pocos periodistas que quieren limpiar sus complejos de culpa con esa beligerancia contra el sistema. Esto no quiere decir que no haya ahora, que no hayan existido desde hace años en el periodismo mexicano, medios y periodistas comprometidos desde siempre con su profesión y con los principios que le dan a ésta un sentido ético indiscutible. Diría que son más que aquellos. De cualquier modo, las contradictorias actitudes que se han mencionado nos llevan a relativizar el papel de los medios y a opinar con reservas respecto de estos primeros referentes cuantitativos, e indagar otros elementos que nos ayuden a formarnos un buen juicio sobre ese papel en el proceso electoral de México. En su actitud de denuncia y de abanderar causas justas, en general nuestros medios han sido bastante eficaces. En la construcción de una democracia incluyente, que ha de dar vigencia a los valores de la tolerancia y del respeto a la integridad política y civil de los ciudadanos, debemos ser más exigentes. Su participación en el proceso político que abre a México al siglo XXI, les ofrece una oportunidad irrepetible. Trejo ha dicho muchas veces y de distinta forma que "los medios de comunicación son reacios a admitir alguna supervisión o evaluación de la sociedad". Sin embargo, ya sabemos que la resistencia se relaciona con los intereses que cada uno representa. Por fortuna, en nuestro país el corporativismo no se ha apoderado de este colectivo y la mayoría de los diarios y noticiarios electrónicos del país se someten con honestidad a los juicios y críticas que contribuyen a elevar la calidad de sus propias empresas. A quienes se resisten a esa necesaria crítica y autocrítica, a los que pecan conscientemente de partidarismo o de excesivo mercantilismo, reacios por narcisismo o por conveniencia, podría exigírseles que sean menos superficiales en el tratamiento de temas sobre los que la sociedad puede estar verdaderamente interesada respecto de las campañas y los candidatos. Podría pedírseles que fueran menos sensacionalistas o que eviten convertir su mercantilismo exacerbado en palabra universal o en principio divino. La deificación del mercado en los medios puede ser la perdición de la libertad de pensar, de decir, de escribir. Ni la libertad ni la verdad deben someterse a los intereses del mercado. Si el dinero y la ganancia son el único objetivo de un medio, se está frente a una falsificación de la naturaleza del periodismo. El periodismo que se somete a los intereses privados y se aleja de los intereses del público abandona su razón de ser. Es negocio de unos cuantos privilegiados. El mercantilismo por sí mismo es excluyente y sólo puede ser moderado por una cultura democrática que arraigue en la sociedad. En la perspectiva mexicana los medios seguirán apareciendo como elementos fundamentales del desarrollo político. No son previsibles regresiones autoritarias en el sistema político. Por el contrario, todo parece indicar que nos encontramos en las fronteras de una democracia más consolidada. Por esa razón se espera que los medios electrónicos y escritos jueguen el papel de catalizadores de las propuestas democráticas. El proceso electoral que está en marcha, podrá hacerlos avanzar o retroceder en éste que debe ser uno de sus objetivos estratégicos como institución indispensable de la sociedad abierta que todos anhelamos Bibliografía Dick Morris, The New Prince, Los Angeles, Renaissance Books, 1999, Raymundo Riva Palacio, El muro de la democracia, ensayo de un libro en preparación con el mismo nombre, México, 2000. Raúl Trejo Delarbre, Medios y política en México. Procesos electorales y cambio social, tesis doctoral en Sociología, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, División de Estudios de Posgrado, UNAM, 1999. José Woldenberg, palabras en la sesión extraordinaria del Instituto Federal Electoral, 2 de marzo de 2000.
Jorge Medina Viedas es director de Notimex. Autor del libro Elites y democracia en México, Cal y Arena, 1998. |
|||||||||
|
|
![]() |