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La ultra sigue ahí
Deterioro ético

Ciro Murayama

Estudiantes en la Preparatoria 3
Foto: Germán Romero/Cuartoscuro

La vuelta a las actividades en la UNAM una vez concluida la larga huelga del CGH se sabía difícil. Eso alejó a muchos jóvenes de su Universidad en definitiva y al resto le fracturó la dinámica de estudio y hasta la disciplina de asistir a un salón de clases. Los académicos también se vieron afectados y retomar el hilo de la docencia y la investigación después de un sabático forzado no es cosa que se haga en un día. Hubo, eso sí, escuelas y comunidades localizadas que desarrollaron clases extramuros y ciertas investigaciones pudieron mantener su curso mientras no fueron cerrados los institutos o cuando el trabajo era posible en el domicilio.

A la fecha, Ciudad Universitaria no ha vuelto a estar tan poblada como en marzo de 1999, y esto nos habla de los que se fueron y de quienes aún no se sienten motivados a volver. Normalizar la concurrencia a la UNAM, llenar las lagunas de los jóvenes que casi un año permanecieron sin estudiar, llevará un buen tiempo y puede haber daños irreparables.

Pero donde el daño es evidente es en la convivencia que hoy se vive o se padece en ciertas zonas de la Universidad, y a este paso se ve complicada la "reconciliación", pues sigue habiendo un extremo, el que protagonizó la huelga, impermeable a cualquier asomo de tolerancia y sensatez, mientras que sus mentores y simpatizantes, los bien conocidos "abajofirmantes", no dicen esta boca es mía para pedir mínima prudencia.

Al nuevo director de la Facultad de Derecho el CGH le imposibilitó una toma de posesión normal, el escritorio del director de la Facultad de Ciencias anduvo peregrinando a hombro de los activistas por todo CU, el rector De la Fuente y el doctor Narro han sido agredidos verbalmente cuando encabezan ceremonias comunes y corrientes, los reporteros que cubren la fuente universitaria son impedidos de hacer su trabajo y hasta se daña su equipo, los picos derriban puertas de auditorios. Eso nos dice la prensa.

En la Facultad de Economía, sin que la prensa lo refleje, desde el fin de la huelga las amenazas de cierre y de retomar el paro son sistemáticas cada semana. Profesores que hasta hace pocos años uno veía escindidos, con posturas académicas y políticas poco convergentes y hasta encontradas, ahora son quienes a las siete de la mañana se plantan a la puerta de la facultad a impedir que se la vuelvan a cerrar. El CGH, al verse incapacitado para colocar sus sellos en las puertas, recurre a otras tácticas que hablan con bastante nitidez de quienes las realizan: con sierras cortan los muros de los salones y van a tirar los bloques a las puertas de la dirección, le pegan un varillazo a un funcionario, amenazan a los profesores, acusan de pinochetista a un profesor chileno que sí sufrió la dictadura.

Obviamente, el núcleo de profesores que hoy defiende su derecho a impartir docencia y a laborar en su centro de trabajo, no puede pasársela haciendo guardia para ver a qué hora se le ocurre a la ultra volver por sus fueros, ni merece vivir bajo el acoso y la agresión verbal y física de personajes que no tienen un solo mérito académico pero que han permanecido enquistados en el activismo estudiantil y ahora tienen más en común con los integrantes del MURO que con cualquier reivindicación encaminada a mejorar la calidad de la educación superior pública (por cierto, en el pliego petitorio eso de la calidad no apareció ni por equivocación).

Está mal que los medios tiendan a preferir el escándalo, la noticia llamativa antes que la difusión de reportajes amplios sobre todo lo que encierra la vida universitaria, pero está mal que en Economía, y en otras facultades, exista ese clima de intolerancia y abuso sin que se pueda hacer nada, o casi nada.

Si esta escalada permanece, algunas facultades simplemente serán inhabitables: la matrícula se irá a pique; la integración de la planta docente se definirá por presiones estrictamente políticas; la carrera académica tendrá desincentivos adicionales a los bajos salarios, y será la ley de la impunidad la que module la vida en esos centros, que podrá ser de cualquier tipo menos tolerante y académica, es decir, ajena a cualquier propósito universitario.

Poco se puede esperar de quienes al fin de la huelga nos dijeron que amanecimos en septiembre de 1968, porque están dispuestos a conceder todo al CGH a pesar de que de ahí vengan las actitudes más reprobables. Esa es la cara de la descomposición ética de esa franja de la izquierda mexicana, incapaz de deslindarse de elementos antisistema, renuente a dejar de adular a su propia parroquia, cada día más antiintelectual y menos honesta.

Hace tiempo que esa "izquierda" dejó de ser un activo de la transformación de la Universidad e incluso se volvió un dique conservador, pero al allanarse a esta ultra que presenciamos está dando pie a que se vivan escenarios propios de ciertas universidades de provincia en los años 70.

Hasta ahora, quienes cometen los atropellos son pocos, pero para infundir temor a la mayoría por vías violentas, anormalizar la convivencia y teñir el ambiente de temor, actuando con cierta impunidad, siempre ha bastado con ser una minoría enloquecida

Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid.

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