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tintero Poesía de la tensión
Rocío Cerón
El camino que baja es el mismo camino que sube. Roberto Juarroz, poeta argentino, indudable figura central de la poesía moderna en lengua española, en 1958 publicó su obra poética bajo un mismo título: Poesía vertical. Graduado en Filosofía y Letras de Buenos Aires (de lo cual se podría deducir su particular manera de unir filosofía o reflexión con poesía), dirigió la revista Poesía-Poesía junto al poeta Mario Morales. Su más querido amigo y también poeta Antonio Porchia dijo acerca de su obra: "Es difícil elogiar a quien merece más que elogios. En estos poemas cualquier palabra podría ser la última, hasta la primera. Y, sin embargo, lo último sigue". Juarroz murió el 31 de marzo de 1995. En este texto se rinde un homenaje a este artesano de las letras, pero nada mejor que leer su poesía. Poeta de vértigos, de vacíos y absolutos, Roberto Juarroz nos ha legado una obra cargada de comienzos y finales que se tejen unos a otros sin cesar. Escalando por la transparencia del lenguaje y descendiendo a los ámbitos de lo profundo humano en una misma línea, en la verticalidad donde -según Bachelard- reside el tiempo del poema, Juarroz transitó en el movimiento de la caída y su consecuente rebote, es decir, la ascensión. Poeta de un título único: Poesía vertical, con sólo el agregado de una ordinal en los volúmenes subsiguientes (publicó 13 libros en vida y la decimocuarta edición apareció en forma póstuma), sus poemas son joyas verbales, esenciales y concisas. Poseedor de una astucia y un estilete verbales, la temperatura poética de Juarroz siempre al acecho de la recuperación de lo entrevisto, es decir, de lo que nunca alcanzamos pero olfateamos; es siempre de fundición, de brasa de altos hornos. Para Juarroz el poema es, en sí mismo, un órgano vivo, unitario, sus partes al entrelazarse logran crear una experiencia integral del lenguaje donde surge la paradoja de lo inesperado y lo posible. Caer de línea en línea, Caer de vida en vida, Y entonces dar vuelta la caída Nacido en 1925, en Coronel Dorrego, un pequeño poblado de la pampa argentina y donde, según sus propias palabras, aprendió de los horizontes abiertos, de la noche y de los árboles, el valor del silencio. Juarroz buscó en sus poemas una síntesis poética en la cual confluyeran emoción, sensibilidad e inteligencia. Poesía que se adentra en zonas en apariencia vedadas a las personas, ya sea por temor o por falta de asombro, de curiosidad; su obra desnuda las palabras, las coloca en su real dimensión y, al mismo tiempo, las posibilita de múltiples significantes. Sus poemas incitan al lector a mirarse en lo fundamental del ser, en los cortes y recovecos donde reside la plenitud del espíritu y el cuerpo. Fiel creyente de la tensión entre materia, sentidos y alma, su poesía nos habla de lo que el hombre es y de lo que lo constituye. Su obra, en cierta forma, es una construcción arquitectónica que se gesta desde el interior, una torre creada desde la experiencia y el conocimiento de los más mínimos elementos que, al igual que la vida, no son otros que los instantes, la materia prima de toda vida, de todo acto. La lectura de la obra juarroziana es un ejercicio de apertura a la percepción de lo inefable, es decir, a la zona de las visiones verbales en la que el poema se presenta como el resorte que habrá de poner en funcionamiento el silencioso pero fulminante mecanismo de lo infinito. Razón e imaginación se rescatan una a la otra y, en un juego de intensidades, Juarroz nos conmina: Florecer por debajo de la flor, Para Juarroz lo importante no era el concepto sino vivir la realidad de lo dicho, ese misterio, o condensación, entre el ser y no ser, es decir, el acto mismo de dejarse columpiar por el vértigo. Roberto Juarroz murió el 31 de marzo de 1995, pero su desaparición corporal no ha limitado en nada su voz, su hábil manejo de la palabra, su síntesis del mundo. Las raíces de su poética son los cauces fundamentales de la condición humana, de la vida natural, de lo espontáneo. Su poesía -transparente, cristalina- tensada (tejida) por los polos de la reflexión y el sentimiento son, para cualquier lector, un hallazgo, un guiño, una sorpresa y el recordatorio de que el hombre es, en sí mismo, espejo del más hondo y alto abismo Rocío Cerón es poeta. |
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