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la granja nostalgia personal
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memoria La disputa por Notimex
Pablo Hiriart
La rápida marcha atrás del gobierno en su pretensión de que Notimex participe en la distribución de publicidad oficial, dejó a la agencia en el peor de los mundos: el sector privado no la quiere como competencia y el oficial no tiene interés en defenderla. ¿A quién le importa, entonces, Notimex? Cuando se desató la controversia sobre los riesgos políticos que implicaba que la agencia informativa gubernamental se hiciera cargo de la distribución de la publicidad que generan las dependencias federales, funcionarios de la Secretaría de Gobernación explicaron lo inofensivo de la medida. Reiteraron que Notimex entraría a competir con las agencias privadas de publicidad, y que obtendría los contratos sólo si ofrecía mejores condiciones para las dependencias que necesitaran de los servicios de intermediación en esa materia. Técnicamente, el planteamiento de Gobernación era correcto. Además, se cumplía así con una recomendación de la Cámara de Diputados para hacer más transparente el manejo publicitario del gobierno. Quizá habría resultado más efectivo que la propia agencia hubiese entrado a la discusión para defenderse desde una posición política, y aclarara sus propósitos ante la sociedad. Desde luego, habría sido recomendable que el anuncio de la incursión de Notimex al mercado publicitario estuviese acompañado por un diseño más ambicioso de reacomodo institucional de esa agencia informativa. La idea de hacer participar a Notimex del pastel de la publicidad oficial en su carácter de intermediaria con los medios de comunicación, evidentemente iba a despertar el rechazo de las agencias privadas que perderían una buena parte de ese ingreso. Si se tomaba una medida de ese calibre, lo menos que se podía esperar es que el gobierno estuviera dispuesto a sostenerla y que no se retirara al oír los primeros disparos de una guerra que sin duda se iba a dar. El tiempo que se eligió para introducir esa medida, sin embargo, no pudo ser peor: en año electoral y con la necesidad del gobierno de no administrar más problemas de los que ya hay. Defender esa propuesta era doblemente complicado si sólo se planteaba como una medida económica sin alcances políticos aceptables para la sociedad. Por claras que fueran las explicaciones de los funcionarios de Gobernación, no había en el planteamiento gubernamental ninguna razón para que la sociedad -o por lo menos parte de la sociedad interesada en la comunicación colectiva- viera con entusiasmo la nueva función de la agencia oficial. A las agencias de publicidad, en cambio, les sobraron aliados. El terreno en que se dio el enfrentamiento del gobierno y algunos medios de comunicación que abrazaron la causa de las agencias publicitarias privadas era puramente mercantil. A casi nadie más le interesó. Nadie se sintió aludido por el conflicto, más que los protagonistas. La disposición de que Notimex compitiera como distribuidor de publicidad se planteó como un fin, y no como un medio para un objetivo superior. Y ese objetivo superior era nada menos que la autosuficiencia económica de Notimex y la conclusión de su era como agencia noticiosa del gobierno. Con la independencia económica que le permitía su papel de carrier de la publicidad oficial, Notimex podía perfectamente pasar a ser la agencia noticiosa del Estado que tanto se ha demandado. En la actualidad es propiedad del gobierno, las acciones de la sociedad están a nombre de la Secretaría de Gobernación, y a pesar de ello ha logrado desarrollarse en el terreno profesional. ¿Qué le hace falta a Notimex para ser una agencia de Estado, en la que todos nos sintamos reconocidos y representados? Le falta un órgano de gobierno autónomo y plural, y a eso se llega únicamente por la vía de la autosuficiencia financiera y con la voluntad política del gobierno para concretarlo. Eso es lo que se echó por la borda en estos días, y seguramente ese será el reto para el próximo gobierno en su área de comunicación social Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica. |
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